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¿Voy a morir a los 100?
Hablar de la muerte es difícil, es confuso, implica tener una conversación sobre una realidad no tangible y muy ajena al presente que vivimos.
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21 de abr de 2026, 03:18 a. m.
Actualizado el 21 de abr de 2026, 03:18 a. m.
Esta semana una de mis estudiantes trajo al colegio un libro que se llama ‘La vida de Jesús’, compuesto de narraciones para niños. Cuando se sentó en el tapete a leerlo o interpretarlo a su manera, otros dos niños se sentaron con ella a intentar descifrar lo que este nuevo libro contaba. Los escuché teniendo conversaciones bastante complejas sobre la vida, el mundo, Jesús y, sobre todo, la muerte. Paré lo que estaba haciendo y me senté a observar y escuchar. Después de un rato de voces infantiles preguntando cosas como “Si Jesús creó el mundo, ¿también creó a mis papás?” y “Si Jesús murió, ¿significa que nosotros también vamos a morir?”.
Como se pueden imaginar, mientras esto pasaba, yo estaba boquiabierta y sorprendida, no podía creer lo que estaba escuchando, y lo que me pareció más hermoso fue la manera como entre ellos mismos -niños de cuatro años- se respondían todas estas dudas y encontraban las respuestas juntos. Llegó un momento en el que uno de ellos se paró, y con cara de intensa preocupación se me acercó y me preguntó: “Cuando tengas 100 años, ¿vas a morir?”, a lo cual yo le respondí algo como “no lo sé, de pronto sí o de pronto no”. En cuestión de microsegundos, sus cejas se juntaron, sus ojos se aguaron y su boca gritó “¡Nooooo! ¡No te puedes morir!”, y empezó a llorar.
No entraré en detalle sobre las explosiones emocionales que ocurren dentro de mi aula; a lo que voy es que este momento me pareció supremamente importante, no solo en la vida de un niño, sino en la vida de todo ser humano. Estos son los instantes de conexión y apertura que más nos permiten aprender sobre nosotros y sobre la vida misma. Instantes de conversación sobre temas tan naturales y a la vez profundos como la muerte.
Este corto momento me llevó a pensar y a reflexionar sobre muchas cosas de mi propia infancia y, a la vez, de mi profesión. Y a lo largo de este hilo de pensamiento, me acordé de una de las columnas de mi abuela, Aura Lucía Mera, en la cual narra explícitamente una conversación que tuvo con sus hijos hace poco sobre la muerte, y acerca de lo que ella quería que su muerte representara y cómo quería ser recordada y celebrada.
Este conjunto de ideas y de recuerdos me llevó a pensar que, como seres vivientes, no hablamos lo suficiente sobre la muerte. Desde que somos niños es un tema que nuestros padres, nuestros profesores y los adultos que nos rodean no tocan mucho, sea porque no saben muy bien cómo manejarlo o simplemente no entienden qué deben decir al respecto. Hay un vacío enorme en cuanto a el dialogo sobre el dolor y la muerte.
Cuando somos niños, este es un tema muy lejano y ajeno, que cuando lo escuchamos o lo vivimos de manera más cercana, trae consigo un tumulto de emociones intensas y confusas que no conocemos y no sabemos cómo gestionar; pues significa llegar a sentir, aceptar y entender que somos finitos, y a la vez que nuestros padres, hermanos y seres queridos lo son también… ¡Qué susto! ¡Qué confusión!
Más adelante, cuando somos adolescentes, pensamos que somos inmortales, nos creemos invencibles, pensamos que nada ni nadie podrá interponerse en nuestra vida. Pero de pronto algo evoluciona, somos capaces de pensar más allá de nosotros mismos, y con el paso del tiempo nos volvemos jóvenes adultos. En esta etapa, usualmente solemos tener un encuentro más cercano con la muerte, sea de algún ser querido, un familiar de algún amigo o alguien cuya presencia tuvo significado en nuestra vida. Algo dentro de nosotros hace ‘clic’ y de repente entendemos que no somos invencibles ni infinitos, y que las personas que amamos tampoco lo son. En esta etapa le damos sentido a lo que cuando niños escuchamos, pero no comprendemos en su totalidad.
Hablar de la muerte es difícil, es confuso, implica tener una conversación sobre una realidad no tangible y muy ajena al presente que vivimos. Sin embargo, hablar de la muerte es tan importante como hablar de la vida. Nacer significa vivir y vivir significa morir. Es el ciclo natural de la vida; lo vemos en los animales, en la naturaleza y en todo lo que nos rodea. Entonces, les propongo que en vez de evitar este tema, más vale nos preguntemos: ¿cómo queremos hablar sobre la muerte en nuestra vida?, ¿cómo queremos hablar sobre lo que nos duele? Podemos escoger hablar con miedo, angustia, arrepentimiento o evitación. Podemos ignorar la realidad de que somos finitos, evitar hablar sobre lo que nos duele y escapar del malestar que nos genera sentir.
O, por otro lado, podemos escoger exponernos a la incomodidad de hablar sobre lo que no entendemos muy bien, a hacernos preguntas incomodas, a cuestionarnos, y a abrazar todas las emociones que todo esto conlleva; pero no en silencio, sino en conjunto. Si queremos guiar a nuestros niños a entender que no debemos evitar lo que duele, lo que incomoda y lo que genera malestar, también debemos ser ejemplo a seguir, para así enseñarles a cómo atravesar en dolor, cómo sentirlo, cómo manejarlo, y cómo soltarlo.
Así que con esto los invito a que hablemos más sobre la muerte, así como mi abuela invitó a sus hijos a hacerlo, y así como su muerte nos ha invitado a mi familia y a todos los que la admiramos a hacerlo también. Es tarea fundamental aprender a hablar sobre lo que nos habita internamente, sobre lo que escondemos debajo del colchón, sobre lo que nos pone los pelos de punta, lo que nos agüa los ojos, lo que nos hace sentir ese nudo en la garganta, sobre lo que nos inquieta y nos hace ruido por las noches, sobre lo que nos talla y sobre todo a lo que no logramos encontrarle sentido solos -incluyendo hablar sobre lo que trae consigo la muerte-. Les puedo garantizar 3 cosas: primero, que es muy desafiante; segundo, que implica ser vulnerable con nosotros mismos primero, y tercero, que es necesario. Esto me lo enseñó mi abuela, y hoy les comparto esta pequeña dosis de su infinita sabiduría.
Hoy, en medio de un duelo inexplicable, puedo decir que le agradezco profundamente a ella por hablar de la muerte con frescura y con calma -no con estoicismo ni total conocimiento- pero sí con apertura y honestidad. Le agradezco por hablar sin pelos en la lengua y enseñarme desde que era una niña que siempre tengo lugar en la mesa y mi voz siempre merece ser escuchada. Es así como hoy sé que ella me sonríe desde arriba, y cada día me aplaude por tener las conversaciones difíciles que a ella le fascinaba tener; solo que ahora yo las tengo con niños de cuatro años y con ustedes.
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