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¿Y si dejamos de hablar de desigualdad?

La Ocde estima que el 41 % de los trabajadores está en empleos que no corresponden con su nivel educativo.

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Álvaro Benedetti
Álvaro Benedetti | Foto: El País

20 de abr de 2026, 02:03 a. m.

Actualizado el 20 de abr de 2026, 02:03 a. m.

Que somos un país desigual, el más desigual de la región, es un diagnóstico que repetimos como un mantra. Es cierto, los números lo muestran y se ve todos los días. Pero repetirlo ya no ayuda a entender mejor el problema. La desigualdad se volvió un punto de llegada, no de partida, se describe, se condena y, por supuesto, se explota en campaña, pero ahí se queda la conversación.

En lo corrido del siglo el país sí ha hecho cosas, y no menores. Las transferencias y subsidios han evitado que muchos hogares caigan, y programas como Familias en Acción sostuvieron ingresos en momentos difíciles. Eso es evidente en los datos, pero también lo es que el avance ha sido lento y muy dispar entre regiones. Hemos puesto la mirada en el ingreso inmediato, sin mover con la misma fuerza lo que permite generarlo de forma sostenida.

Mire algunos datos: la Ocde estima que el 41 % de los trabajadores está en empleos que no corresponden con su nivel educativo; en regiones como La Guajira, la cifra llega al 50 %. Es decir, el problema no es solo de redistribución, sino de cómo estamos usando el capital humano. En 2024, Cali registró un Gini de 0,509 y una informalidad de 42,5 % entre diciembre de 2025 y febrero de 2026. Hay actividad -y mucho circulante-, sí, pero sigue mal conectada con empleo formal y trayectorias laborales estables.

Ahí es donde toca mover la conversación. Menos énfasis en repartir y más en producir. La referencia útil, si se quiere mirar qué funciona, no es cómo bajar la desigualdad sino cómo lograr que más personas generen ingresos de forma sostenida. Suena básico, pero no es ahí donde está el debate ni donde se están poniendo los esfuerzos.

Cuando todo se mira desde la desigualdad, se terminan metiendo en el mismo saco problemas distintos. Falta de ingresos, baja productividad, informalidad y brechas territoriales no son lo mismo, y tratarlos como si lo fueran lleva a soluciones a medias. Hablar de productividad, sin rodeos, obliga a bajar a tierra. Calidad de la educación, formación que sí sirva, reglas claras para contratar, costos de formalizar y condiciones reales para sostener actividad económica.

Esto no es un argumento contra la redistribución, en un país como este, es necesaria, pero tiene límites, sin una base productiva más amplia, los recursos no alcanzan y la política se desgasta rápido. Se puede aliviar en el corto plazo, pero no sostener mejoras en el tiempo. No debe haber atajos en eso.

En el marco de la campaña presidencial, el desbalance es evidente. En ambas caras de la moneda, muchas propuestas siguen centradas en repartir mejor y no en producir mejor, ofrecen alivio inmediato, pero evitan los cambios de fondo. Es rentable en votos, pero limitado en resultados y termina empujando al país a administrar la escasez. La discusión de fondo no es izquierda o derecha, sino si se amplía la capacidad de generar valor. Por eso, hablar solo de desigualdad ya no alcanza.

Insistir en productividad no esquiva la equidad, la hace viable en la práctica. La evidencia comparada es consistente en mostrar que las reducciones sostenidas de pobreza y desigualdad coinciden con aumentos en productividad y mayor formalización laboral. En Colombia, el rezago productivo y la alta rotación entre empleo formal e informal siguen limitando la estabilidad de los ingresos. No es ideología, es un problema operativo. Sin ampliar la capacidad de generar valor, cualquier mejora distributiva será inevitablemente frágil.

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Claridades: la productividad también depende de la confianza. Sin reglas claras, estabilidad y algo de capital social, la inversión no llega o no se queda. Ojo ahí en campaña, menos promesas y más señales creíbles.

Álvaro Benedetti, consultor internacional @bac.consulting

Consultor internacional, estructurador de proyectos y líder de la firma BAC Consulting. Analista político, profesor universitario.

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