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¿A eso fue que vinimos?

En el mundo material la desesperanza invade porque allí no hay respuestas que colmen la integralidad de un ser humano.

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Gloria H.
Gloria H. | Foto: El País.

21 de abr de 2026, 03:19 a. m.

Actualizado el 21 de abr de 2026, 03:19 a. m.

Cuando se da una mirada global al mundo en el que estamos viviendo, incluido nuestro entorno más cercano, la familia, el barrio, la ciudad, hasta proyectarla más afuera, a la tecnología, la información, el cosmos, es posible que nos invada una sensación inmensa de impotencia y desconcierto. ¿A qué fue que vinimos? ¿Qué es lo que estamos haciendo en este plano terrenal? ¿Cuál es el sentido del ser humano, de ser terrícolas? O como le imprecaba un hijo a sus padres: ¡¿para qué me trajeron a este mundo?! ¡Yo no les pedí que lo hicieran! La inquietud está en el ambiente; aún más, está en nuestro interior. ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Para qué fue que vinimos? Que alguien (¿?) nos devuelva el instructivo y nos aclare cuál es el sentido de la existencia, porque es inexplicable este despelote actual.

Y es entonces cuando percibes que muchas de tus creencias (valores), o lo que calificabas como verdades incuestionables, o personajes que admirabas por su actitud profesional y hasta por su coherencia, se desdibujan a pasos agigantados. ¿Qué está pasando? Pensadores y filósofos estructurados te repiten como si fuera un mantra: “El mundo es perfecto”, “nada es contra ti”, “has escogido el plan de tu vida”, “la familia no es un accidente”. ¿Qué es lo que pasa? ¿Cómo encajar la desesperanza con estos planteamientos que pregonan los pensadores más profundos?

Pero no eres el único en tu cuestionamiento. Los estudios muestran cifras aplastantes: 1 de cada 8 universitarios ha querido suicidarse. Ellos, que son la juventud, que tienen “todo por delante”, si hasta ellos “no creen en el futuro”, ¿para dónde vamos? Como si la vida fuera una estafa, como si estuviéramos formando para un mundo inexistente, como si viviéramos en un universo de mentiras, como si fuera totalmente válido cambiar de criterio cada día, como si el mundo fuera un escenario de locura, donde el “todo vale”, “sálvese quien pueda” se convirtieran en los nuevos paradigmas de vida y convivencia. De pronto esta avalancha nos cogió desprevenidos, ubicados en la comodidad de la inconsciencia, y el tsunami del mundo actual nos obliga, sí o sí, a replantearnos verdades, creencias, expectativas.

Vivir significa enfrentar posibilidades, lo dice la cuántica. No hay futuro de allí que pueda invadirnos la desesperanza porque tenemos que construirlo a diario, muchas veces sin saber cómo: improvisando, ensayando, equivocándose. Y en este tsunami de cambios e incoherencias, ¿de qué me agarro? ¿Dónde encontrar un mínimo de seguridad para continuar? Las nuevas generaciones posiblemente no tienen memoria de momentos armónicos que no estén cosidos al mundo externo: apariencia, dinero, éxito… Los mayores sí pueden tener anclajes en experiencias sostenidas por aquello en lo que se creía, que no necesariamente estaban ligados a lo material. Lo que vuelve prioritario enfocar el lente de la vida hacia verdades donde no solo lo externo provea de sentido. Para empezar, hay que hablar, conversar, enseñar sobre la muerte, sí, sobre la muerte.

Es una paradoja, pero es claro que la certeza del morir aporta sentido a la vida. Para muchos la muerte es una enemiga por esconder. Pero la muerte está ligada a la trascendencia, a elementos que ni se ven ni se compran en el mundo materialista y no se transmiten porque no son tangibles, pero presionan a encontrarle sentido a la existencia. La muerte es la puerta entre dos dimensiones. Sin esta mirada, estamos dejando sin anclajes a la vida y de allí el desconcierto, la desesperanza y, en definitiva, la crisis de salud mental. En el mundo material la desesperanza invade porque allí no hay respuestas que colmen la integralidad de un ser humano. Es una crisis total, pero a su vez es un grito desgarrador para cambiar de rumbo e incluir lo trascendente en lo cotidiano. O damos el paso o nos enloquecemos colectivamente. No vinimos a ser espectadores de un caos. ¿A qué vinimos?

Psicóloga, conferencista de temas de pareja, cambio y espiritualidad. Licenciada en Letras. Directora de los programa de televisión “Revolturas, Despertar de la Conciencia” en el Canal 14, y "Consultándole a GloriaH" en el Canal 2 en Cali. Colaboradora habitual de la radio en “Oye Cali”, “El corrillo de Mao” . En 2009, ganó el premio Rodrigo Lloreda Caicedo a la mejor columna de opinión en El País. Autora de los libros “Hablemos del Amor” , "Amarte no es tan fácil" y “Dónde esta mi papᴔ.

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