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El amor sostiene la vida
La esperanza es un motor que ayuda a una madre, por ejemplo, a persistir un poco más, hasta la llegada del ser querido.
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31 de oct de 2026, 09:43 p. m.
Actualizado el 31 de oct de 2026, 09:43 p. m.
Me ha tocado ver morir mucha gente, y no deja de sorprenderme cada vez que ocurre la forma como las personas con un cuerpo abatido por dolencias físicas insuperables, en apariencia desconectadas intelectual y emocionalmente, se resisten a abandonar este mundo, hasta que el último ser querido llega a despedirse. Lo vengo observando desde hace años, con mis seres queridos, allegados y pacientes.
Un caso frecuente es el de la mujer en condiciones médicas terminales, con el cuerpo rendido, supuestamente desconectada, que parecía no reconocer a nadie. Pero faltaba un hijo por llegar. Cuando finalmente este hijo aparece, la madre le aprieta la mano, cambia su ritmo de respiración, disminuyen los latidos del corazón y horas después sobreviene el fallecimiento.
El sociólogo David Phillips (BMJ 1992) postuló que, si la gente pudiera posponer la muerte, debería morir con menos frecuencia antes de fechas importantes y más frecuentemente, justo después de ellas. Analizó más de un millón de certificados de defunción y encontró, entre mujeres de origen chino, una tendencia: muchas menos muertes ocurrían en la semana previa al Año Nuevo chino que en la semana posterior. En otro grupo encontró que algo similar ocurría entre mujeres judías en las fechas cercanas al Pésaj, una fiesta judía muy familiar. Young y Hade (Jama 2004) confirmaron tendencias similares mediante un estudio de 300.000 muertes por cáncer en Ohio, alrededor de cumpleaños, Navidad y Acción de Gracias. Shimizu (J Psychosom Res 2012) revisó 22 estudios de este tipo y concluyó que el fenómeno de ‘aplazamiento’ existe y es más probable en muertes lentas, producto de un cáncer, insuficiencia cardiaca o de otras condiciones clínicas crónicas debilitantes.
No es un acto consciente en el cual el paciente decide: “Ahora voy a morir”. No. Es la interacción de dos sistemas nerviosos: el simpático y el vagal. Durante los últimos días o momentos de vida, la persona está en modo simpático, regida por la adrenalina y el cortisol. El corazón va más rápido y la presión arterial se mantiene. Como resultado, la persona está vigilante, aunque esté agotada. Ese sistema nervioso es el encargado de mantener viva a la madre moribunda hasta que llega el hijo ausente. Es psiconeuroinmunología básica. Podemos denominarla la ‘biología del amor’.
La esperanza es un motor que ayuda a una madre, por ejemplo, a persistir un poco más, hasta la llegada del ser querido. Cuando por fin llega, hay un mensaje silencioso que parece decir: “Ya te puedes ir tranquila”. En ese momento hay una retirada simpática y una entrada vagal masiva. El cerebro de la madre asimila que la espera ya no es necesaria y que ya se puede dejar ir. Entonces baja el nivel de adrenalina, baja la presión, el corazón se calma. En un organismo ya al límite, ese cambio es suficiente para que en pocas horas se produzca la muerte.
Así parezca que un paciente terminal no está escuchando, muy probablemente entiende y agradece el contacto humano o el beso en la frente. Esas palabras y ese contacto le pueden ayudar a reducir la culpa de morir, que muchos pacientes sienten. Pero al mismo tiempo se le está dando el permiso para descansar. Para irse en paz. A veces, por amor, aguantamos un poco más, y por amor, también, soltamos.

Carlos E. Climent es médico de la Universidad del Valle y psiquiatra de la Universidad de Harvard. Durante30 años trabajó en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad del Valle, y durante 20 se desempeñó como miembro del Panel de Expertos en Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud.
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