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Santidad, vida y muerte

Una cosa es cierta: la muerte no debe buscarse, pero cuando llegue debe acogerse con la esperanza de que las promesas hechas en nuestro favor se cumplirán.

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Cali: Regreso de jovenes a la iglesia catolica. La Maria, Pance.foto José L Guzmán. EL País
Como San Francisco de Asís entendió que la muerte en sí misma no es castigo, sino medio para llegar a la vida, no la condenó, sino que, por el contrario, la reconoció como hermana. | Foto: José Luis Guzmán. El País

31 de oct de 2026, 09:44 p. m.

Actualizado el 31 de oct de 2026, 09:44 p. m.

Por: Monseñor Luis Fernando Rodríguez, arzobispo de Cali

El mes de noviembre nos hace una serie de invitaciones litúrgicas, comenzando por la gran Solemnidad de Todos los Santos, el día 1.º del mes.

Luego, nos va llevando a través de otras celebraciones a la plena convicción de que la santidad es una meta a la que no solo debemos aspirar, sino a la que estamos llamados desde siempre. Ya afirmó San Pablo en su carta a los Efesios que “Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante Él por el amor”, (Ef. 1, 4).

Es así como durante este mes de noviembre, la iglesia nos propone también las figuras de numerosos santos y santas que con su ejemplo nos ayudan a redescubrir el llamado a la santidad, de manera que podamos afirmar sin miedo que, si ellos pudieron llegar a ser santos, ¿por qué nosotros no?

Pero hay una memoria litúrgica que no podemos olvidar y es la del 2 de noviembre. Se trata de la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Esta celebración nos debe llevar a preguntarnos cuál es el papel de la muerte en nuestro itinerario de vida y de fe, y cuál ha de ser nuestra actitud y respuesta ante esta irrefutable realidad de que un día vamos a morir. Nos unimos en el recuerdo y la oración de sufragio por todos los difuntos conocidos y desconocidos.

Las situaciones de dolor que hemos podido vivir: atentados, asesinatos, pandemia, catástrofes de la naturaleza, accidentes de movilidad, las enfermedades naturales, el terremoto del 10 de agosto que han dejado cifras importantes de fallecidos en nuestro país en los últimos años, nos tienen que hacer pensar sobre lo frágiles que somos y que la ‘hermana muerte’ está siempre al acecho. Como San Francisco de Asís entendió que la muerte en sí misma no es castigo, sino medio para llegar a la vida, no la condenó, sino que, por el contrario, la reconoció como hermana; así nosotros debemos entender la muerte como el paso natural que un día nos llegará.

La mayoría de los cristianos, por no decir todos, queremos entrar al cielo, pero cuando llega el momento de la muerte nos atemorizamos, queremos que ella no llegue nunca.

Una cosa es cierta: la muerte no debe buscarse, pero cuando llegue debe acogerse con la esperanza de que las promesas hechas en nuestro favor se cumplirán. “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”, (Jn. 6, 54).

En resumen, uno de los desafíos más grandes que tenemos los creyentes en nuestra vida en la búsqueda de la santidad es perderle el miedo a la muerte y entender que ella es camino necesario para alcanzar la gloria de poder ver cara a cara a nuestro Redentor.

Que nos anime el salmista: “Una cosa pido al Señor, eso buscaré, habitar en la casa del Señor, todos los días de nuestra vida”, (Salm. 27)

Mensaje escrito por el Arzobispo de Cali y sus obispos auxiliares para los lectores de El País.

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