Matar a Santa, un cuento de Luis Eduardo Valencia

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Matar a Santa, un cuento de Luis Eduardo Valencia

Diciembre 08, 2019 - 01:38 p. m. Por:
Luis Eduardo Valencia / Especial para El País
Papá Noel

EFE

El camión se detuvo frente a la casa, tres hombres descendieron y se dieron a esparcir la nieve por todo el antejardín, aferrados a los bultos. La señora de la casa, desde el umbral les ofreció agua y felicitó su labor:

«De verdad que parece real», declaró sorprendida, contemplando el icopor diseminado sobre la yerba. Era época de navidad y los hombres le desearon buena suerte mientras recogían las cosas para subir al camión. Ella había instalado, en los bordes de la casa; las guirnaldas, los cuernos de alce y los cascabeles que por cortesía harían sentir a Santa como en el Polo Norte.  

Jonty, un ladrón aficionado, armaba un cigarro bajo la copa del nogal diagonal a la enorme casa de dos plantas. Se había fumado el día entero ahí, y ahora, viendo el cuadro de la familia acotado por el marco de la ventana, llegaba a la conclusión de que sí; el gordo del trineo volador debía morir. Jonty era un oportunista que para hacer del oficio una profesión, había bruñido su experticia con actitud primorosa, aprovechando cualquier puerta, ventana o garaje al voleo. Su vida de ladrón encubría los dolores de una infancia mustia y pobre. En cierto modo le abastecía, muy dentro, con la misma felicidad que otros ostentaban. Había fumado marihuana desde su infancia y hubo una época en que, por petición de su madre, lo dejó todo para acompañarla en los hálitos previos a su muerte. Que, para su infortunio, poco después le condujo por la autopista del desespero, hasta llenarlo de resquemor. Sucumbió de nuevo al mundo oscuro que le había estado esperando y para solventar su dolor robó a una anciana. Sentía que cargaba consigo la responsabilidad nociva de la injusticia y por eso estaba allí, fumando y burlándose de la nieve falsa que frente a sus ojos el viento hacia remolinear suavemente.

Pasadas las seis, arribó el señor de la casa con el abeto real y una pala. Dejó todo listo para ser armado en un rato e irrumpió en la cocina con un saludo que a la vez sirvió para reclamar el plato de comida. Los niños, sonoros, corrían por la casa mientras la señora, sin descuidar su proceder, daba cuenta de un revés en la peluquería: «Sí, solo pude arreglar mi cabello», le dijo tranquila a su esposo, fiel a su postura pedante que la hacía sentir lasciva. Él le prestó atención. Siempre lo hacía. Se conquistaban superponiendo sus miradas en silencio. Era navidad y todo simulaba el invierno en una comedia recomendada por los noticieros. Una tradición local reciente para los niños que, decididos habían empezado a armar el árbol con los gorros puestos. La felicidad surcaba al interior y desde cualquier ángulo parecían una familia feliz. De hecho, lo eran.

Aún era temprano.

Jonty estaba seguro de que sobre ese tejado aterrizaría el gordo en su trineo. Creía contar con las razones para hacerle justicia a los niños como él. Ellos, que no creen en nada y que no reciben regalos. De Santa Clós sabía que llevaba siglos de vejez y que, aunque solo se lo ve pegado, por estas épocas del año, en las cajas de cereal y en las pantallas, llegaba a esta zona de casas amplias, provistas de jardín con regadera y chimenea. Jonty se había preparado, sabía que el gordo era un cretino. Había visto sus películas y revisado sus paradas en los últimos años. Para él la utopía de la buena voluntad en lo mítico se resumía en una verdad que debía sepultarse. Santa era una de esas. Había desarrollado la belleza de la alegre credulidad en lo simple, pues de pascuas y monedas bajo la almohada solo creía en la manifestación del dinero arrebatado. Una magia posible gracias a la profesión. Santa debía de tener mucho, pensaba expulsando el humo espeso que tardaba en diluirse.

La señora de la casa salió y se percató del espacio. Era delgada y rubia, como la pata de un pollo. Ahí estaba, sola, dando vueltas en el antejardín. Ante sus ojos hacía un conjunto exacto de abalorios a la mano ágil de un ladrón. Luego entró, y al rato su esposo, un poco más entrado en años, apareció con la pala para ordenar la forma de la nieve. La inmensidad del cielo empezaba a estrellarse.

Los niños comieron cordero, queso y vino. Jonty, a través del ventanal, los observó hambriento desde el nogal y fue, aunque borrosa la imagen, testigo de lo acontecido entre el señor y la señora. Vio cómo se divirtieron hasta perder los motivos de su vigilia. Las luces se extinguieron.

La calle entera se sumió en una extraña maraña de gente que salía de las casas a despedirse. Las últimas luces del barrio desaparecieron y la noche creció. Jonty se preguntaba si Santa aborrecía las luces a la madrugada. Él sabía, que los niños ávidos de sus regalos, también advertían a sus padres de cumplir paso a paso lo que se exigía.

Días atrás, su tiempo giraba en torno a rodar en una bicicleta. Recorría la cuadra sin cansancio –drogado–, esclareciendo su maquinación. Se convenció de encontrar en su acto lóbrego la sensación de un mejor porvenir para todos. Había pensado en que tenía que desaparecer a un individuo tan petulante como Santa. Pensó en envenenarlo, luego en pincharlo. Le daba risa su ingenio e imaginaba su traje rojo de felpa acicalado con sangre. «Mejor lo enveneno».

Un poco antes de las dos, desde el cielo, las nubes en cirros anunciaron que pronto aparecería. Todo estaba en completa calma, y sobre la nieve la luna brillante iluminaba como si fuese el día. Jonty sacó la ganzúa. Se incorporó sin problema. Sabía lo que hacía. Estaba oscuro. Detestó el orden de las guirnaldas, y apreció el espíritu navideño que armonizaba la casa. Entró a la cocina y acabó con los restos de la cena. Sobre el mostrador largo, colgaban los calcetines y, como en las películas, habían dejado galletas y leche: «Santa es un garoso, por los siglos de los siglos», pensó riendo. Afuera, en el rincón más oscuro, estaba yerto el árbol que la familia había instalado con fe y dinero. Cajas grandes y pequeñas habrán emergido de sus raíces por la mañana. Sus ínfulas de aficionado le daban seguridad. Tenía, en su otro bolsillo, la papeleta de raticida. El gordo morirá, pensó sonándose la nariz. Luego vio el sofá y se echó a esperar a que el gordo llegara pensando en lo bello que sería verlo caer. «Tengo mis razones», se repitió entre dientes.

Santa, saldría de la chimenea en forma de vapor y tomaría de nuevo su figura así; con la bolsa mágica y el resplandor de la navidad. Con el polvillo amarillo cercando su figura de botas negras. Luego, se tragaría las galletas y diría Jo, Jo, Jo… con los cachetes bermejos que bien podrían estar llenos de alegría que de sangre.

Del techo llegó el sonido de los renos intentando pararse en silencio. Rudolf, Trueno y el resto mantenían el buggy del viejo en el aire. Y cuando menos lo pensó, apareció; medía más de dos metros con veinte, y era ancho como un bote. A Jonty le bastó con observar su cara para saber que moriría. Santa no tenía el brillo que imaginó, pero lucia como si fuera inmortal.

―Coño si me asustas, muchacho. ¿Quién eres? ―preguntó Santa.

―¿Toda esta mierda para un día?

―Sé cómo se ve ―espetó el gordo―, la barba, los paquetes, volar... ¿Te parece malo?

―Sabes de que hablo. ¿Lo sabes?

El gordo se metió la mano entre los calzones rojos de felpa para rascarse las huevas.

―¿Alguien de la familia?

―Eso no importa.

―Ya, el celador de la casa; sabes, los ladroncillos aprovechan estas fechas.

―¡Calle, gordo! No sabe de qué habla, usted es un clasista. Solo trae regalos donde hay chimenea y hay nieve, aunque sea de icopor. Nunca, nunca, ni una vez, fuiste con tus malditos renos a mi casa, ni un solo puto regalo.

―¿De dónde vienes?

―De donde no hay chimeneas y tampoco nieve.

―Entenderás por qué, cómo esperas que llegue… los negros deberían tener su propio Santa. Cada vez voy a menos casas de las que debería. Tú sabes, yo apenas soy el transportador, a mí me llegan los regalos, yo lo que hago con mi mujer es envolverlos y entregarlos. Cada vez llegan menos regalos… te lo cuento por si te sirve algo.

―¿Para qué me serviría? Dígame lo único que no me ha dicho, gordo, que para mí nunca hubo regalos.

―Entiende, muchacho, es mi trabajo, es lo que hago.

―¡Pura mierda! Sé que lo va a decir; y no crea, habría de dónde, me he comido la mierda de la vida. Ni nieve, ni chimenea, ni casa, ni padres, ni mierda de nada, gordo. ¿Entiende?

Santa suelta una risotada y se levanta para dirigirse a la cocina:

―Ven, muchacho, veamos los del icopor qué me han dejado. Cada vez es peor… han sido capaces de dejarme leche en polvo y Saltinas.

Santa toma una galleta y la muerde.

―…veamos…ah, una auténtica cookie…bien horneada, satisfactoria.
Y empina el vaso y se manda un resto de leche entera. Jonty retrocede lento, Santa se limpia con la manga de la chaqueta y le extiende la bandeja de galletas. Come, le dice, están buenas.

―Te pasas. Solo venís por estos lados a joder. Harías un favor al dejar todo esto tirado ¡Piénsalo! No tendrías que esforzarte nunca más.

―Bueno, es que allá tampoco hay chimeneas ¿Cómo esperas que entre?

―No quiero sus galletas.

Jonty sintió en la transparencia del gordo el feroz golpe de la buena voluntad.

―No me has dicho tu nombre.

―Soy Jonty, no te olvides, gordo... soy tu karma.

―¿Yonki?

―No, gordo, Jonty ―corrigió, dirigiéndose hasta la puerta que había forzado con limpieza y antes de partir se volvió para echarle una última mirada al gordo, que se había servido más leche y se encargaba de las galletas. Antes de partir oyó decirle, atragantado:

―Jo, jo, jo, feliz navidad, Yonki.

―Jonty, gordo, Jonty.

Y cuando salió tuvo la exacta impresión de estar en la nieve por primera vez. Un frío oscuro le envolvió el corazón y sobre el techo escuchó a los renos bufar.

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