Historia

La historia de Porfirio Barba Jacob en Cali: un rescate histórico de la prensa local

La prensa caleña de principios de siglo registró y publicó el paso del gran poeta colombiano.

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Porfirio Barba Jacob
Foto y caricatura de Miguel Ángel Osorio Benítez, quien fue conocido como el poeta Porfirio Barba Jacob (1883-1942). | Foto: Fotos de archivo con diseño de ChatGPT

2 de sept de 2026, 02:11 a. m.

Actualizado el 2 de sept de 2026, 02:11 a. m.

Por Hansel Mera, historiador.

Especial para El País

La muerte mustió el canto de la prolongada agonía en los propios labios del poeta y puso fin a un martirio que iba ya más lejos de la resistencia física de quien, por exceso de fuerza espiritual, había debilitado sus reservas orgánicas hasta el extremo de no poder cambiar la línea horizontal de su sufrimiento (…) Barba Jacob fue un hombre incomprendido e incomprensible y, sin embargo, el más exacto interprete de la congoja humana, de la emoción humana, de ese esquivo pensamiento humano que todos llevamos dentro pero que muy pocos privilegiados pueden traducir en palabras y modelas a su antojo.

Relator, Cali, 14 de enero de 1942.

“Falleció Hoy en México”. Con este titular, ubicado sobre una fotografía centrada entre columnas y sin autoría explícita, en la primera página de Relator se anunció la muerte de Porfirio Barba Jacob. Aunque una errata en la fecha refiere que la impresión corresponde al 14 de enero de 1941, en realidad el poeta murió ese día, aunque en 1942. Su agonía y enterramiento en Ciudad de México fueron seguidos de cerca por el cónsul Jorge Zawadsky, su esposa Clara Inés Suárez de Zawadzky e hijos.

Los nombres de un periódico suelen asociarse con principios plasmados en sus prospectos y en su devenir intelectual. El diario caleño, fundado en 1916, homenajeaba con su título al combativo impreso liberal creado por Felipe Pérez en Bogotá (El Relator, 1877), que sirvió como plataforma electoral y espacio de denuncia durante la guerra de 1885. Relator nació en un contexto de expansión del mundo impreso en el Valle del Cauca, en primer lugar, caracterizado por el predominio de rotativos afines al ideario de Rafael Uribe Uribe producidos en talleres modestos y de existencia efímera (El Tábano, El Gato Negro, La Democracia); Y, en segundo lugar, por la continua labor del periódico conservador Correo del Cauca (1903 -1939) y, al menos desde la década de 1920, por la presencia del periódico conservador Diario del Pacifico y de órganos del Partido Socialista Revolucionario (La Humanidad, El Soviet).

Sin embargo, Relator desde sus orígenes fue el órgano de la familia Zawadsky, un sector comercial adscrito al Partido Liberal que ganó preponderancia en las esferas políticas locales y regionales durante la primera mitad del siglo XX. Además, fue el espacio impreso más consistente y diverso en términos literarios de la capital del Valle al menos hasta mediados de siglo XX. De hecho, desde la década de 1920 contaba con secciones editoriales, deportivas y sociales que convivían con páginas en las que se imprimían cuentos y columnas de autores extranjeros (Shaw, Chocano, Benavente, Mistral) y nacionales (Sánchez Gómez, Rivera, Silva, Arango Peláez, etc.). Tal cual decía un anónimo comentarista en Colombia Occidental (23 de marzo de 1929) las ediciones dominicales de Relator eran suplementos literarios pare el pensamiento “y la divina poesía”.

Porfirio Barba Jacob
Barba Jacob, el mensajero. Biografía sobre el poeta antioqueño, escrita por Fernando Vallejo. | Foto: Penguin Random House

Relator siempre incluyó críticas a libros, muestras de los catálogos de librerías de la ciudad y anuncios de novedades, como ocurrió el 5 de enero de 1927, con Rosario Benavides, obra de Gregorio Sánchez Gómez, “una verdadera novela nacional, laureada por la Academia Colombiana de la Lengua”, ganadora del “primer premio de novelistas colombiano”, ejemplar impreso por “la casa editorial de Relator”. De igual manera anunciaba la aparición de revistas literarias como Punto y Coma, Actualidades y Semana Literaria; esta última estaba “inspirada en La Novela Semanal de Bogotá, recogiendo cuentos cortos, pequeñas novelas y crónicas rojas. No es descabellado afirmar que Relator expresaba los tempranos desarrollos en la ciudad de un incipiente capitalismo editorial que desde finales de la década de 1920 empezaba a ser más evidente.

Hay otros vasos comunicantes que atan esta historia. Según Fernando Vallejo, en mayo de 1939 el embajador de Colombia, Jorge Zawadsky y su esposa Clara Inés Suárez de Zawadzky, llegaron a México como personal diplomático y “Barba Jacob se apresuró a saludarlos con uno de sus “perifonemas” de Últimas Noticias de Excélsior” (Vallejo, 2019, p. 239). Por entonces, Barba Jacob alternaba sus recitales poéticos y su trabajo como un reconocido periodista de gran capacidad narrativa e incidencia en distintos contextos políticos centroamericanos, partícipe y fundador de revistas y periódicos como Contemporánea en Guatemala o folletos extensos como El Combate de la Ciudadela (1913) o El Terremoto de San Salvador (1917) (Vallejo, 2019)(García Aguilar, 2009). En esa intensa esfera pública de discusión, Barba Jacob se forjó como maestro periodista y poeta, cargando sus tintas de belleza, ritmo, musicalidad o mordacidad. En su texto autobiográfico La Divina Comedia (1920), comentaba:

Entré al periodismo, y rodando, he venido hasta el de la capital (…) el alto periodismo. Ya sé su secreto: lo aprendí pocos días después de llegado a Monterrey. Consiste en escribir muchos artículos cortos con desenvoltura comedida, opinar sobre todos los temas que uno no conoce, saber ponerse romántico todos los días de distinto modo, profesarle horror a la verdad, y urdir todos los días pequeñas trampas donde caigan los lectores ingenuos, que aún quedan algunos (…) de redacción en redacción, empecé a afirmar la conciencia de mi ciudadanía en el mundo. Me hice hombre.” (Barba Jacob , 2002, p. 20)

Hace bien Vallejo al narrar que Porfirio Barba Jacob conocía a Jorje Zawadzky desde Cali, pero hay que delimitar todo ello de mejor manera: ocurrió después del 9 de abril de 1927, cuando el poeta proveniente desde el Perú se embarcó en el Callao para fondear Buenaventura el martes 12 y ser puesto en cuarentena por temor a la viruela negra (Vallejo, 2019, p. 186)Nada más sabemos, pero desde Buenaventura la marcha en el Ferrocarril del Pacifico hacia Cali era ruta obligada y la prensa de la ciudad solía recoger los nombres de los viajeros célebres que arribaban a la ciudad, aunque esta vez, no haya mención alguna a Barba Jacob, Ricardo Arenales, Emigdio Paniagua u otro de los nombres usados por el poeta a lo largo de su vida. Sin embargo en esa misma sentida edición de Relator que extensamente comenta su muerte - 14 de enero de 1942- se relatan episodios íntimos de la vida del periódico y del poeta, aunque con las imprecisiones propias de las reconstrucciones que tratan de hacerse desde la memoria, sus olvidos y asociaciones. En un aparte, se lee: “Porfirio Barba Jacob llegó a Cali en noviembre de 1928 acompañado de su hijo Manuel Osorio’(…) para trabajar “accidentalmente en Relator” y le correspondió “precisamente escribir los sensacionales folletines cuando Baltazar Pélaez Sierra dio muerte a Teresa Uribe Galeano, en los barrios bajos de la ciudad”. Nos enfrentamos esta vez a una errata en la fecha referida de cuyas consecuencias nos libra un análisis más detenido.

Ya durante la década de 1920 la prensa local, y en especial, Relator, daban cuenta de la relación de crímenes cotidianos como robos, riñas, faltas al aseo, tránsito de mulas y, muy pocas veces, homicidios. De hecho Relator enviaba siempre un reportero que tomaba nota de los comentarios que los jefes de policía de la ciudad emitían día a día, funcionando como una esfera crítica de la actuación de la policía municipal y departamental. Tampoco era una novedad que en el lenguaje de época se hablara de barrios bajos de la ciudad, refiriéndose a todo un poblamiento popular que rodeaba la Plaza de Mercado de El Calvario y un corredor de viviendas de bahareque que funcionaba como bodegas, comercios, cantinas e inquilinatos, entre mangas, siguiendo una pendiente hacia el sur de la ciudad, hasta los alrededores de la quebrada de La Chanca y las vecindades del Matadero Municipal, contornos de los actuales barrios de Santa Rosa, El Calvario, San Pascual y San Bosco.

Mucho de ese espacio funcionaba como una heterotopía de licor, de juego de cartas, de cocaína y prostitución, de robos y navajazos, de aguas inundadas y restos orgánicos por doquier, de notas criminales sobre fuertes altercados que solían decir “ayer en las horas de la noche en el barrio denominado El Calvario”, pasando a la relación de nombres y el acto violento hasta llegar al frívolo y abreviado desenlace. Todo ello ya había convertido a esa zona de la ciudad en un motivo literario, como lo cantaba el periódico El Comején: “El martes en la esquina, / En la esquina del calvario, / Iba habiendo las del diablo / Entre unas mesalinas. / por fortuna que arrimó. / El bravo don Eleazar / Aquel viejo policía / Y a la Central las mandó”. No cuesta mucho imaginar a un Barba Jacob por esos lares, en alta noche y siguiendo los humos verdes de sus vicios y pasiones.

Saber más sobre la criminalidad de época ayuda en este aparte. Una mirada al periodo 1912-1930 con base en las estadísticas levantadas por la Policía Municipal desde categorías y concepciones de época da cuenta de una sociedad que atravesaba un proceso de modernización urbano en el cual los homicidios no preponderaban, en comparación con delitos en torno a la moral, la higiene pública, el patrimonio o violencias como riñas. Aun así, entre 1925 y 1930 el homicidio alcanzaba su máximo lugar ocupando un 4.2% del total (Mera, Rodríguez Caporalli, Guzmán, & Pérez, 2026). Durante ese quinquenio, la noche del jueves 30 de junio de 1927 fue inusualmente violenta con dos homicidios, tal cual lo deja ver de nuevo Relator (1 de Julio de 1927); primero, el caso del sargento Soublette, un ferrocarrilero que en alta noche visitó las “mujeres públicas” del barrio Obrero -la casa de Leonor Gómez, Ana Salgado y Alejandrina Sarria- donde “se puso a tomar licor”, pasando a la vecina cantina de El Gran Guayabo, propiedad de Antonio Diaz, “en donde siguió tomando y al ruido de la grafónola se provocó de bailar, invitando, como pareja, al mismo Diaz”, a quien asesinó con “un disparo que le dio en el corazón”. Por otro lado, el caso de Teresa Uribe Galeano “degollada por su amante, que realizó el crimen después de muchos meses de pensarlo”.

Porfirio Barba Jacob
Imagen 1: Fotografía detalle El Horrendo Crimen de anoche en la calle 10. Fuente: Relator, Cali, 1 de julio de 1927, p 1. | Foto: Archivo Hansel Mera

El asesinato de Teresa Uribe Galeano por Baltazar Pélaez Sierra ocurrió la noche del jueves 30 de junio de 1927 y la edición vespertina del día siguiente de Relator -1 de julio - presenta un folletín de crónica roja en su primera página, como gran primicia, narrativa que arranca en el plano medio bajo de la hoja y con titulares especiales, sumando dos fotografías en ovalo de los rostros de los presuntos víctima y victimarios, muestra de cómo, al decir de Robert Darnton , “el diseño tipográfico orienta al lector y conforma el significado de las noticias”, tomando la forma de “un relato compuesto por profesionales siguiendo convenciones que han aprendido en el curso de su formación”, haciendo que la noticia no sea lo que pasó “sino el relato de lo que pasó” (Darnton , 2010, p. 39). Y que aquí, agregamos, folletín escrito por Barba Jacob: El Horrendo Crimen de anoche en la calle 10.

Ese título se fue modificando una vez la crónica se fue ampliando en venideras ediciones -en gran medida publicadas los días viernes del mes de julio- acentuando referencias a Dostoievsky y Crimen y Castigo, a testimonios que arrastraban la inquieta mirada del lector, referencias al cuerpo violentado, e incluso detalles sobre la singular mente del asesino remitiendo a la criminología positivista, con alusiones sobre los efectos de la cocaína y la quirología astrológica de Fany Loraine, un parapsicólogo itinerante que estaba de visita en Cali atendiendo desde el Hotel Europa. Hacer del crimen un espectáculo escrito, como lo hacía desde las décadas finales del siglo XIX la prensa estadounidense y un poco luego la mexicana, pero en Cali, y por alrededor de un mes durante el cual se siguió publicando a intervalos el referido folletín de crónica roja, es otra hazaña más en la vida de Porfirio Barba Jacob. Lamentablemente, una imagen de la copia con que arrancó la primera parte de ese texto acusa bastante deterioro.

¿Luego, a qué se debe la confusión en esa referencia a 1928 como año de publicación del folletín sobre el asesinato de Teresa Uribe Galeano? En parte, se explica por los mismos efectos del mundo impreso, su vorágine de textos, la fuerza de la competencia entre los impresos y su relación con la demanda de lectores ávidos de crónica roja, todo lo cual conllevó a que distintos apartes del folletín escrito por Barba Jacob se siguieran reproduciendo y sin miramiento alguno a la hora de especificar su autoría. El ejemplo perfecto lo brinda en 1929 Antonio Llanos en las páginas de Colombia Occidental, una revista ilustrada pensada en la ciudad como escenario de representación de una incipiente clase media, incluyendo segmentos literarios, sociales y, por supuesto, crónicas rojas como “La desconcertante tragedia pasional de Baltasar Pélaez y Teresa Uribe Galeano”, en la que se acusa una supuesta foto inédita de la víctima. (Imagen 2)

El otro hilo también es una cortesía de Fernando Vallejo y tiene que ver con la actuación de Barba Jacob esta vez atacando a Relator “por días con su periodiquito improvisado La Vanguardia”, logrando una victoria efímera, una vez que “enloquecidos por el triunfo, él y su socio impresor se bebieron el triunfo en una gran borrachera. Y con el triunfo el porvenir: los obreros indignados por no recibir su pago les destrozaron la pequeña imprenta” (Vallejo, 2019, p. 239). ¿Qué se sabe de La Vanguardia? Lamentablemente no hay registro alguno de ella en las hemerotecas nacionales, por lo cual, lo que Porfirio Barba Jacob haya escrito entre sus páginas se ha perdido. Aunque algunos trazos permiten situarla de mejor manera en el tiempo, y con ello, de nuevo palpar la presencia del poeta en Cali. De hecho, la edición de Relator del 3 de agosto de 1927 saludaba la pronta circulación de La Vanguardia desde mediados de ese mes, bajo la dirección de Simón Henao (Santos Santa), “diario de combate pero a la vez una alta tribuna de ideas, cultura y tolerancia”, vespertino y editado “en imprenta propia, lo que quiere decir, tiene bases sólidas de existencia”.

Porfirio Barba Jacob
Imagen 2: Fotografía detalle: La desconcertante tragedia pasional de Baltasar Pélaez y Teresa Uribe Galeano”. Fuente: Colombia Occidental, Cali, 6 de abril de 1929, p 3. | Foto: Archivo Hansel Mera

Es decir, tras la publicación del folletín en Relator, durante el mes de julio, ahora, por agosto, Barba Jacob escribe desde La Vanguardia. ¿Qué más puede decirse sobre su estadía? En El hombre y su máscara (1952) Lino Gil Jaramillo dejó cuenta de las palabras de Simón Henao sobre su trabajo como reportero en Relator, y su amistad con los escritores Horacio Franco y Adán Jaramillo, habiéndose este último retirado de Relator para abrir “una oficina judicial en un local situado en la carrera 5, entre calles 9 y 10,” (Gil Jaramillo, 1952, p. 50). En esa dirección funcionaba la imprenta de Lázaro Hincapié y “justo un bien día se presentó Horacio Franco” acompañado por un “señor muy raro” , entiéndase, “el maestro Porfirio Barba Jacob” (Gil Jaramillo, 1952, p. 52). Al poco tiempo, durante los 9 días que duró en circulación La Vanguardia en la segunda mitad de agosto de 1927, Simón Henao conoció en carne propia al poeta, a quien llamó un “planfletista formidable” que “escribía casi todo”, incluyendo “siluetas de figuras locales” como Jorge Enrique Cruz y Hernando Navia, además de un artículo contra la Raymond Concrete Pile Co. (Gil Jaramillo, 1952, p. 54).

En esa casa nació La Vanguardia y en ella se alojó Barba Jacob, proveyéndose de utensilios de cocina y ollas de barro, cocinando sus alimentos en la imprenta, durmiendo sobre el ladrillo frio en compañía de su hijo, sin más tendidos que los periódicos y sin más abrigo que su viejo gabán. Un Barba Jacob que invariablemente portaba un bastón y de cuyos labios jamás se separaba una boquilla de ámbar, estética y estampa de un personaje que encarnaba la bohemia y el escándalo aunque no como fin en sí mismo. Nada de ello, pues ese estilo de vida era “parte esencial del contradiscurso que impuso la renovación modernista” (Salgado, 2012, p. 154).

Poeta maldito que solía efectuar “en las galerías las compras necesarias para pasar el día” - entiéndase los alrededores de El Calvario- y que sufría “una imperceptible pero insistente tos” atendida en Cali por el médico Gonzalo Mejía, quien prescribió “una alimentación más nutritiva, un lecho más reparador y el abandono de sus dos vicios más visibles: el aguardiente y el cigarrillo”, en vano, por supuesto, pues Barba Jacob al recibir los remedios “prescritos y proporcionados por sus amigos los arrojó al suelo diciendo que le dejaran vivir su vida” (Relator, 14 de enero de 1942). La antesala de su marcha es recordada así:

Su figura fue adquiriendo los perfiles de un espectro merced a su intemperancia y al uso inmoderado de la marihuana, que logró introducir de México en su equipaje de franciscano. No se le veía en la calle sino de noche. El resto del día lo pasaba en lo que no se podía siquiera llamar un apartamento. Corregía sus versos con microscopio y un día que al cajista se le escapó una coma, empasteló la imprenta. En esos tiempos vivía en Ibagué una hermana suya casada y de alguna fortuna económica que al darse cuenta del regreso y de su precaria situación le giró algunos dineros para que se trasladara a la capital del Tolima. Trashumante (…) desapareció cualquier día sin decir adiós a nadie y sin indicar el horizonte a donde se dirigía. Se cargó con los libros de su compañero de periodismo fugaz, a quien dejo sobre su escritorio una tarjeta con esta sola leyenda: “me los llevo porque usted no los entiende. Una cosa es el oro del sonido y otra muy distinta el sonido del oro” (Relator, 14 de enero de 1942)

Y así se fue Barba Jacob, diciendo que Cali ere “un garaje con obispo” (Vallejo, 2019, p. 296). Con todo el enojo posible ante el poco o escaso reconocimiento que obtuvo en la ciudad, sin ningún recital del que demos cuenta, sin ninguna bienvenida rimbombante como tantas que hasta entonces había recibido, tras su estadía entre junio, julio y agosto de 1927, dejando un texto que aguarda por ser leído, y apuntando contra las fauces sonrientes que celebraban la reciente designación del presbítero Luis Adriano Diaz como obispo para la ciudad. Es todo.

Referencias

Barba Jacob , P. (2002). La Divina Tragedia. In P. Barba Jacob, La estrella de la tarde: Antología poética. antologia poetica. . España: Signos Ed.

Darnton , R. (2010). Las razones del libro: futuro, presente y pasado. p 39. España: Trama Editorial. .

García Aguilar, E. (2009). Orientaciones para violar el sarcofago periódistico de Porfirio Barba Jacob en México. In E. García Aguilar, Porfirio Barba Jacob: escritos mexicanos. Colombia: Fondo de Cultura Económica.

Gil Jaramillo, L. (1952). El hombre y su máscara. Cali.

Mera, H., Rodríguez Caporalli, E., Guzmán, Á., & Pérez, S. (2026). Policía y criminalidad en Cali (1870-1930): de la violencia política al orden urbano. In E. Rodríguez Caporalli, & J. F. Sánchez Salcedo, Prácticas policiales, ciudad y ordenamiento social: Cali, 1910-1930. Cali: ICESI.

Salgado, M. (2012). Porfirio Barba Jacob: la poética demoníaca del “ruiseñor equivocado”. Revista Internacional d’Humanitats, 26.

Vallejo, F. (2019). Barba Jacob el mensajero. Colombia: Penguin Randon House Grupo Editorial.

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