Masacre de El Dovio: conozca la historia del 'ángel de los muertos' del río Cauca

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Masacre de El Dovio: conozca la historia del 'ángel de los muertos' del río Cauca

Diciembre 16, 2018 - 11:40 p.m. Por:
Redacción de El País
María Isabel Espinosa Hincapié El Dovio

Sentada bajo el samán que le sirvió de ‘oficina’ durante varios años, mientras esperaba registrar los datos de los muertos que bajaban por las aguas del río Cauca, María Isabel Espinosa Hincapié escribió varios de los poemas que son hoy la historia lírica de una guerra inexplicable.

Hugo Mario Cárdenas / El País

Podrá sonar supersticioso o rebuscado, pero María Isabel Espinosa Hincapié llegó a este mundo con el más insólito de los designios: registrar muertos y llorar hijos ajenos.

Nacida en Pereira, madre de tres hijos y con alma de poeta, tenía una vida dedicada exclusivamente a sacar adelante, junto a su esposo, su mayor proyecto de vida: la familia.

Mientras trabajaban en ese propósito en zona rural de Pereira, en el municipio de El Dovio se libraba una cruenta guerra entre guerrillas, paramilitares y bandas criminales al servicio del narcotráfico por el control del cañón de Garrapatas, corredor vital para el tráfico de drogas por el Pacífico.

Ella por su parte, vivía en el lugar más parecido al paraíso. Administraban una casa quinta con un hermoso jardín en la segunda planta y un vivero colorido que cuidaba con el mismo amor que se protege a un hijo.

“Cuando subía a remojar ese jardín tan hermoso, veía como ese sol terminaba en la tarde su recorrido y se iba a agonizar sobre nubes de algodones y siempre me preguntaba: ‘¿Dios, qué habrá donde se oculta el sol? ¿Qué habrá donde muere ese atardecer tan lindo y tan lejos de mí?”, recuerda María Isabel con tonada poética.

Tiempo después de insistir con su pregunta, siente María Isabel que Dios la llevó para que ella viera con sus mismos ojos lo peor de ese ocaso.

Ocho de los poemas que les escribió María Isabel para esos cuerpos que bajaban por las aguas del río Cauca, fueron publicados en un texto de la Real Academia de la Lengua.

El lugar prometido

Un sábado se mudaron de la casa quinta para otro trabajo como administradores de una finca cerca de Cartago, con una vivienda donde el río Cauca corría por el patio. Ese mismo día mientras se acomodaban en la nueva casa salió maravillada con el atardecer y el arco iris. Esos atardeceres se repitieron el domingo, el lunes, el martes y el del miércoles trajo un elemento adicional.

El espectáculo colorido del sol contra las montañas la tentó a salir nuevamente y el espejo de luces reflejado sobre las aguas del río Cauca la obligó a bajar la mirada. “Lo que vi fue horroroso; ver una puesta de sol y un atardecer tan lindo profanado por esa escena macabra”.

“Eran como cinco muertos a cierta distancia uno de otro y ahí mismo llamé a mi esposo y le dije ‘amo, mira como bajan los muertos por el río; él se asustó también y yo lloré mucho, me decía que no me preocupara, que quién sabe dónde se habrían ahogado y que no me preocupara que eso no volvería a pasar”, cuenta María Isabel.

Vea también: 'En video: el testimonio de Luz Ángela, una voz de las víctimas ignoradas de El Dovio'.

Al siguiente día, a eso de las 9:00 de la mañana, salió a botar unas cascaras y otra vez la muerte le mostró la cara en una escena dantesca. Un joven de unos 18 años de edad, cabello largo, ondulado y con nueve tiros en el pecho; además le habían mutilado las manos, le ataron los brazos con alambre de púa y con un trapo le llenaron la boca.

“Esa escena me acabó de derretir”. El llanto la obliga a una pausa y varios segundos después retoma, “Entonces le dije a mi esposo, amo yo no voy a poder vivir aquí amo; yo me tengo que ir, ¿uno con hijos y viendo esto?, vámonos mejor y él me dijo que esperáramos”.

Entendió entonces que Dios la había llevado hasta ese lugar para cumplir una misión, pero aún no sabía cuál. En los días siguientes las cosas no mejoraron y el río siguió escupiendo cuerpos contra el barranco que sostenía la vivienda de María Isabel. Pese a su fragilidad, sintió la fortaleza y el valor para empezar a registrar detalles de cada muerto en un cuaderno ajado.

Ese fue el prefacio de la relación sentimental que María Isabel y el río entablaron una tarde de febrero del 2003 y que se convirtió en un noviazgo que ha dado la vuelta al mundo.

María Isabel Espinosa Hincapié El Dovio

Así reseñó María Isabel los muertos del norte del Valle que bajaban por el río.

Hugo Mario Cárdenas / El País

En el mundo que creó María Isabel Espinosa a través de prosa y verso, logró subir el río Cauca al Metro de Medellín, donde fue invitada a recitar sus poemas.

Aliados insólitos

Revestida de un valor que no conocía en ella, se sentaba cada tarde en alguna de sus ‘oficinas’, como llama el palo de mango, el guanábano y el samán, a esperar como centinela a que bajaran los cuerpos.

Interpretó perfectamente bien que esos cuerpos no podían pasar como si nada. Que había que registrarlos y creó su propio formato con el día, el año, la ropa que llevaba, la forma en la que iban y otras señales que le permitieran a una madre descubrir si alguno de esos cuerpos era el de su hijo.

“Entonces empecé a trabajar, me equipé de unos binoculares muy potentes y los gallinazos me ayudaron mucho porque eran los centinelas. Ellos bajaban sobre los cuerpos y yo de inmediato me cercioraba de que fuera un ser humano; que no fuera un animal muerto. Anexo a ello, me dio Dios la habilidad de sentarme a escribir poemas, facilitándome esa labor que me encomendó”, recuerda.

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Además, en una asociación lícita y una coordinación perfecta con el río, un remolino se formaba cerca a sus ‘oficinas’ y envolvía o atrapaba los cadáveres o partes de ellos mientras María Isabel les hacía el registro.

Rápidamente llegaron los resultados y las satisfacciones. “Es inexplicable lo que se siente cuando una madre me dice: ‘María Isabel, ya no lo busco más, ya no lo lloro más, ya lo encontré porque sé que por aquí pasó”. Muchas de esas madres llegaron desde El Dovio esperando una respuesta.

“Pero a mucha gente le gusta la crueldad y me preguntan que si no les tomé foto. Yo se las pude haber tomado, pero no lo hice porque en las condiciones en las que bajan esos cuerpos sería una bofetada para una madre. Yo no creo que una madre quiera ver un hijo como lo vi yo. Por eso se los entregué en una forma lírica”.

Esos poemas que escribió María Isabel, a quien muchos llaman ‘la novia del río’, fueron una especie de ritual fúnebre para quienes nunca tuvieron una misa de despedida. “Yo esos cuerpos los saqué con tinta y papel; con cada poema los encomendaba a Dios y le decía ‘Dios, no tomes en cuenta lo que hayan hecho porque con lo que vivieron ya está más que pagan sus culpas y ten misericordia de ellos”.

Esa labor explica por qué María Isabel y el río Cauca tienen una relación; un noviazgo lleno de sentimiento, de tristeza y de dolor mutuo por las más de 500 personas que vieron bajar.

“La gente que conoce mi historia se extraña de que una persona tenga un noviazgo con un río, pero no es tan desatinado porque ese afluente lleva a unos seres humanos y yo tuve también seres humanos; la única diferencia es que yo di vida y él da vida, pero le ha tocado también recibir la muerte”.

"Yo le trabajé al que mató a mis papás"

La cruda guerra que se aposentó sobre el municipio de El Dovio durante varias décadas, auspiciada por el narcotráfico, no permitió que Lizeth* conociera a sus padres ni tuviera dónde llorarlos.

Tenía solo 3 meses de vida cuando los desaparecieron del sector de El Castillo, en el Municipio de El Dovio, en 1990, y todo lo que tiene de ellos es una fotografía de su matrimonio.

“Me cuentan que quienes los desaparecieron solo se iban a llevar a mi papá, pero mi mamá dijo que si se lo llevaban a él también se la tenían que llevar a ella porque ellos decían que solo era un momento y que en un rato lo liberaban; entonces se los llevaron a ambos y nunca volvieron a aparecer”, recuerda Lizeth.

Lizeth El Dovio

Esta es la imagen que guarda Lizeth de sus padres, antes de que los desaparecieran en el municipio de El Dovio, en 1990.

Hugo Mario Cárdenas / El País

Desde ese momento quedó al cuidado de sus abuelos, quienes buscaron a sus padres en morgues, hospitales y el río Cauca, hasta que una llamada les advirtió que si seguían buscando, les pasaría lo mismo a sus otros hijos y cesó entonces la búsqueda.

“Yo me vine a dar cuenta a los cinco años que mis papás estaban muertos; solo recuerdo un sueño y era mi mamá, la misma de la foto, vestida con esa falda larga en un caballo blanco; y yo le decía mamá, usted porque no me lleva… lléveme en el caballo y súbame al anca y ella me decía ‘no mija, yo no me la puedo llevar’”.

Desde los 14 años Lizeth empezó a trabajar y consiguió un empleo interna en una casa de familia. Realizaba arduas labores domésticas, pero se sentía a gusto hasta el día que se enteró que fueron sus patrones quienes ordenaron la muerte de sus padres.

“Yo voy a una iglesia cristiana y he aprendido que es Dios el que se tiene que encargar de ellos. Hace poco hubo un evento y esa gente se sentó al lado mío, ese día sentí que Dios le ayuda a uno a sanar y a perdonar”.
Lizeth, quien aprendió que el silencio, al menos en El Dovio, es sinónimo de miedo, espera que la asociación de víctimas tenga el apoyo de los gobiernos departamental y nacional para evitar que se pierda la memoria y llegue repetirse la masacre de El Dovio.

*Se cambia el nombre por seguridad

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