Los niños de la guerra

"¿Dónde están y cuál es la suerte de cinco mil niños que entraron en los últimos meses a Italia o de otros mil que lo hicieron a Suecia? Nadie parece saberlo. Si a ello se le puede llamar de alguna forma es indolencia, primero de Europa y en general del mundo entero, sobre una crisis humanitaria que golpea a los más débiles".

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"¿Dónde están y cuál es la suerte de cinco mil niños que entraron en los últimos meses a Italia o de otros mil que lo hicieron a Suecia? Nadie parece saberlo. Si a ello se le puede llamar de alguna forma es indolencia, primero de Europa y en general del mundo entero, sobre una crisis humanitaria que golpea a los más débiles".

El mundo creyó haberlo visto todo en septiembre pasado con la imagen de un policía que sostenía en sus brazos el cuerpo del niño sirio Alan Kurdi, de tres años de edad, ahogado en una playa turca. Él, con su familia, buscaban en vano un lugar dónde refugiarse.Cinco meses después, el viento se ha llevado los titulares de prensa y los golpes de pecho de ese momento de dolor colectivo. Pero miles de niños solitarios siguen deambulando por Europa, con los rigores del invierno encima y a merced del crimen organizado.La Policía del viejo continente acaba de dar por desaparecidos a unos diez mil de ellos. Y si se parte del hecho de que los niños representan cerca de un 30% de la oleada de refugiados que a diario llegan de Oriente Medio, ese cálculo se puede quedar corto. Lo único que se sabe es que hay un mismo perfil para todos ellos: no tienen más que lo que llevan puesto, no conocen a nadie y mucho menos saben cómo comunicarse con las gentes locales. El drama parte de los dos millones de niños sirios que, según Unicef, han tenido que dejar su nación. De ahí en adelante la suerte de cada uno depende de las circunstancias. Hay quienes, con algo de suerte, logran permanecer al lado de sus familias. Otros, huérfanos o víctimas a causa de los bombardeos o los enfrentamientos, no eligen siquiera su destino. La guerra decide por ellos. Algunos han llegado a Europa porque sus padres los han encomendado, previo pago de unos 1250 euros por cabeza a las mafias del Egeo que los tiran al agua en rústicas embarcaciones que muchas veces terminan en el lecho del océano.Y viene lo que ahora se devela: las bandas criminales de las que lo único que se sabe es que vienen obrando desde año y medio para cazar a los pequeños solitarios y venderlos a postores que los utilizan como correos del narcotráfico o para ejercer la prostitución.A la vista está que la Unión Europea ha sido desbordada por la avalancha. Otra cosa es que sus dirigentes siguen sin llegar a acuerdos efectivos para garantizar al menos los derechos de esos menores de edad. Las denuncias sobre cómo ciertos Estados meten a los pequeños en centros de reclusión para adultos que pagan penas, con todas las consecuencias que eso puede traer sobre su seguridad e integridad, muestran el nivel de improvisación con que se está manejando el problema.¿Dónde están y cuál es la suerte de cinco mil niños que entraron en los últimos meses a Italia o de otros mil que lo hicieron a Suecia? Nadie parece saberlo. Si a ello se le puede llamar de alguna forma es indolencia, primero de Europa y en general del mundo entero, sobre una crisis humanitaria que golpea a los más débiles. Eso es a lo que el Papa Francisco ha llamado “la globalización de la indiferencia”.Aunque hay que decir que no es la primera vez que sucede y al parecer no será la última. A las imágenes de niños convertidos en botín de guerra, como sucedió en los campos de exterminio nazi o en los campos de concentración de los Balcanes se suma un nuevo capítulo, este que nos asombrará, aunque, ya se sabe, no por mucho tiempo.

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