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‘Lluvia de frailes en la selva’, la novela más bárbara y divertida de Evelio Rosero: “dejé en total libertad mi imaginación”

El escritor bogotano presenta su más reciente novela, una historia de imaginación desbordada en la que milagros delirantes y actos de barbarie inhumana son lo cotidiano.

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Escritor: Evelio Rosero. Lluvia de fusiles en la selva. Foto José L Guzmán. El País
Evelio Rosero estuvo en Cali para lanzar su más reciente novela 'Lluvia de frailes en la selva'. El escritor bogotano desde hace por lo menos tres años no visitaba la ciudad. | Foto: José Luis Guzmán. El País

22 de mar de 2026, 07:46 p. m.

Actualizado el 22 de mar de 2026, 07:46 p. m.

El fraile dominico Jacobo de la Vorágine cuenta en su ‘Legenda aurea’, libro hagiográfico del Siglo XIII, que cuando san Antonio decidió seguir el cristianismo, regaló todos sus bienes y buscó refugió en el desierto de Egipto, escapando de las necesidades mundanas y para hacer penitencia como eremita, pero allí descubrió tentaciones que superaban lo material.

En lucha contra el demonio, tuvo que soportar el deseo sexual y la ambición insensata de conocimiento, hasta que el mismo Cristo lo liberó.

Mientras estaba dominado por las artes del diablo, san Antonio tuvo toda clase de delirios, vio al enemigo bajo la forma de un niño negro, huyó de mujeres hermosas que ofrecían toda clase de placeres, se abstuvo de comer manjares que hubieran deseado reyes y rehuyó de conocer los secretos de Dios.

Escritor: Evelio Rosero. Lluvia de fusiles en la selva. Foto José L Guzmán. El País
Evelio Rosero es uno de los escritores más relevantes de la literatura actual de Colombia, ganador del Independent Foreign Fiction Prize, de Reino Unido, en 2009 y del Premio Nacional de Novela, en 2014. | Foto: José Luis Guzmán. El País

“A sus 105 años de edad, tras despedirse de sus discípulos con el ósculo de la paz, descansó en el Señor, en tiempos del emperador Constantino, que comenzó a reinar hacia el año 340 de la era cristiana”, concluye su relato el fraile dominico.

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En el tríptico del Siglo XVI, donde Hieronymus Bosch, El Bosco, recrea ‘Las tentaciones de San Antonio’, aparecen toda clase de alimañas bestiales y bizarras, como un hombre cuyo trasero es la entrada a una cueva, una rana-pez voladora, un clérigo con cabeza de alce, una criatura de dos patas con cabeza de ave y orejas de perro, un trovador con cara de puerco, un hombre cuya cabeza es su vientre, donde tiene las orejas y ningún ojo, así como un puñal clavado.

Pero donde El Bosco lleva su imaginación grotesca al exceso de maravilla y horror es en el tríptico de ‘El jardín de las delicias’. Basta ver el retablo del ‘Infierno’, habitado por cientos de monstruos, como el demonio con cabeza de ave que devora un cuerpo de cuyo trasero salen cuervos, al tiempo que defeca otro cuerpo, y la cerda con velo de monja, o un perro con piel escamada, un hombre con una partitura tatuada en sus nalgas, y más engendros imaginarios que hoy continúan inquietando.

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Un universo delirante, repleto de milagros y barbarie, que retoma el fondo religioso para la parodia, pero trasladado a la literatura, y con un escenario que remite al paraíso infernal de ‘El jardín de las delicias’ y al desierto de ‘Las tentaciones de San Antonio’, es la nueva novela del escritor colombiano Evelio Rosero, titulada ‘Lluvia de frailes en la selva’, cuya prosa desmesurada solo puede compararse, en primer lugar, con el extraordinario arte del pintor flamenco.

Y, en segundo lugar, puede afirmarse que estamos ante una de las pocas novelas —quizá la única— en la literatura colombiana que alcanza un estilo carnavlesco que Mijaíl Bajtín definió como “realismo grotesco”, influenciado directamente por ‘Gargantúa y Pantagruel’, la obra de François Rabelais.

Evelio Rosero
La novela, con la que Rosero reinventa las narraciones sobre la selva, en la tradición de ‘La vorágine’, también será presentada en el marco de la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá. | Foto: Penguin Random House

Si bien es cierto que Rosero ya venía desarrollando este estilo desde novelas como ‘Los almuerzos’, ‘En el lejero’, ‘La carroza de Bolívar’, ‘Muertes de fiesta’ y ‘Casa de furia’, es con ‘Lluvia de frailes en la selva’ que deja de contenerse y lleva su imaginación al exceso de una verdadera parodia barroca, rompiendo todos los límites de la moralidad y lo políticamente correcto, pero conservando un tono festivo, incluso para describir los actos humanos más degradantes.

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En ‘Lluvia de frailes en la selva’ hay trece religiosos, como la sumatoria de Jesús y sus apóstoles, que acompañados de cuatro monjas, son enviados como misioneros a diferentes puntos de una región selvática que —aunque no es nombrada— reconocemos como la Amazonía, para ‘civilizar’ a los pueblos indígenas y mediar en el conflicto que tienen con los militares que se apropiaron de una zona petrolífera.

Uno de ellos, fray Mardoqueo Vanín, es un personaje bosconiano. “No tenía voz propia sino que imitaba la voz humana. Su boca parecía bostezar para siempre y no resultaba muy distinta del hocico de un perro: abierta era verdaderamente horripilante, peor que la peluda y resbalosa boca de la Muerte, tan semejante al sexo de mujer, pero con dientes”.

Mardoqueo, cuya cara “daba miedo”, está convencido de que es el nuevo mesías y lo demuestra con toda clase de milagros: espantar hordas de mosquitos solo con su aliento, salvar a todos los pasajeros de un accidente aéreo en la selva, caminar sobre las aguas del río amarillo, levitar a tres metros de altura y revivir a una mujer llamada Lázara, hablar con los animales, entre otros prodigios que, a lo mejor, son producto de alucinaciones colectivas, porque en este lugar inhóspito, todos tienden a la demencia.

De algún modo, Rosero escribió una versión carnavalesca de ‘La Vorágine’, retomando la tradición literaria inaugurada por José Eustasio Rivera hace un siglo, ya no en forma de denuncia lírica, sino como una sátira brutal, que se conecta con la historia de la Conquista y el despojo moderno por parte de los capitalistas en los territorios de Latinoamérica.

Escritor: Evelio Rosero. Lluvia de fusiles en la selva. Foto José L Guzmán. El País
Rosero es un destacado cuentista con libros como ‘34 cuentos cortos y un gatopájaro’, y también un escritor de literatura infantil. | Foto: José Luis Guzmán. El País

Por eso, los lectores entrarán en una galería grotesca donde cada rincón esconde bondades y bajezas, como cuando los religiosos bendicen una masacre de indígenas cometida por los militares, o cuando en otro punto de la selva explotan a una tribu, obligándola a hacer aguardiente en la selva.

Tampoco son menos desaforados los relatos de las monjas, como sor Teodora “la envenenadora”, que ordeña a una serpiente gigante y luego se pierde en la manigua, convirtiéndose una especie de medusa. O el destino de sor Dídima que termina en un amorío con Nena Madagascar, la matrona que tiene un prostíbulo para los militares.

El guiño con su maestro es evidente, puesto que uno de los innumerables personajes de esta populosa narración —al principio se habla de 492 frailes y también 27 monjas— es el dominico José de Vorágine, “el incorruptible”, que al final será el encargado de castigar a Mardoqueo Vanín y a sus seguidores por desafiar la autoridad del Papa. La selva no los devoró, pero en ella fueron crucificados los herejes, “uno al derecho y el otro al revés”.

“Como con ‘El Quijote’, he leído ‘La vorágine’ en tres momentos diferentes de mi vida, siempre con nuevas miradas y es una obra inagotable. Es uno de mis libros predilectos y diría que incluso me afectó más que ‘Cien años de soledad’, de García Márquez”, afirma Rosero.

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En la Librería Nacional del Oeste de Cali, una tarde fresca y ventosa, pocos días antes de la Semana Santa, converso con Evelio Rosero sobre esta novela bárbara, escrita con un sentido del humor macabro, donde la violencia podría parecer desproporcionada de no ser porque, como afirma el autor —y como vemos a diario en las noticias—, “esos hechos son los únicos que sí tomé de la realidad”.

Escritor: Evelio Rosero. Lluvia de fusiles en la selva. Foto José L Guzmán. El País
Evelio Rosero es una de las voces más interesantes de la literatura colombiana contemporánea. | Foto: José Luis Guzmán. El País

—En novelas anteriores, como ‘En el lejero’, ‘Muertes de fiesta’ y ‘Casa de furia’, los escenarios de la barbarie son delimitados, un pueblo, una pensión y una vivienda, espacios cerrados, ¿por qué ahora decide trasladar su imaginación a un espacio abierto, sin límites, como la selva?

Esta es mi decimocuarta novela y es como la nota disonante en la narrativa que me caracteriza. Si bien está presente la violencia, tiene otro escenario que es la selva, una selva que empezó siendo el Amazonas, la región entre Colombia, Perú y Ecuador y terminó siendo mi propia selva, por eso la despojé de nombre preciso en la novela.

Estuve hilvanando la historia de estos frailes con mi imaginación, alrededor de esa selva que es otro personaje, durante casi 3 años. Hasta ahora todas mis novelas están ubicadas en pueblos de Nariño o Bogotá, la única metrópolis colombiana, donde confluyen colombianos de todas partes del país. Y, aunque la selva es otro espacio, no es nuevo para mí.

Nací en Bogotá, pero mis padres son de Nariño, siempre viajábamos al sur. Y cuando estaba pequeño también íbamos a Puerto Leticia, en el Putumayo, y allí estaba la entrada a la selva, las carreteras cruzadas por ríos, los micos que uno veía saltar de árbol en árbol. Todo eso es lo que a mí me alimentó para desarrollar por fin una novela de aventuras como las que a mí me gustaba leer de niño y en la juventud, desde Julio Verne, Emilio Salgari y Joseph Conrad, aquellas donde hay acción y también hay oscuridad, sufrimiento y sensualidad, todo ese montón de pasiones humanas que son para mí lo más importante en una obra cuando soy lector o cuando soy el escritor. Con esto yo di rienda suelta a la escritura, con total libertad como cuando escribía para niños.

—Retoma el conflicto entre civilización y barbarie, un discurso con el que durante la Conquista española pretendieron someter a los pueblos indígenas, pero lo incorpora con un tema del presente como la apropiación de la selva y su riqueza para satisfacer la ambición de los empresarios capitalistas aliados con el estado.

Sí, pero con una perspectiva irónica, no como denuncia, porque de hecho, fue una novela en la que me reí mucho, tiene un humor que no nació conscientemente, sino de manera involuntaria, mientras abordaba con esta mirada la Conquista de América y las experiencias de los misioneros con los indígenas en el Amazonas.

Para hacerlo tuve que investigar mucho alrededor de la vida de los misioneros. Por ejemplo, descubrí que cinco de ellos del Instituto Lingüístico de Verano, al final de la década de los 50, fueron alanceados por los indígenas huaoraní de la selva ecuatoriana, muertos por ellos, igual que otros dos, uno español y una monja colombiana, que también quisieron imponer la palabra de Dios entre estas culturas.

En la novela se encuentran todas esas circunstancias humanas alrededor de esa primera mirada entre el indígena aborigen y el blanco, el conquistador, delegado de los invasores, causantes de ese genocidio que fue la llegada a América, donde el único bien que llegó a nuestras manos fue El Quijote, como lo dice un fraile escritor en la novela. Y todo esto aún se mantiene aunque de acuerdo a nuevos intereses.

—En la novela, un grupo de frailes franciscanos bendice a los indígenas asesinados por los militares, exculpándolos de sus crímenes y luego un historiador borra todos estos hechos del relato oficial...

Así ocurrió y sigue ocurriendo, antes había excusas religiosas y ahora económicas para subyugar a una población indígena. En Ecuador la excusa fue que ellos estaban ocupando un gran territorio de suelo petrolero y tenían que sacarlos para seguir explotando. Esa parte no me la inventé, así fue y hasta el presidente intervino para desalojar a los indígenas y seguir avanzando con la petrolera que estaba en el Ecuador, en ese momento.

—En ‘Los almuerzos’, los protagonistas son una parroquia y sus sacerdotes, y en ‘Plegaria por un papa envenenado’, abordó la vida y misteriosa muerte de Juan Pablo I, ¿por qué esta fascinación suya por los personajes religiosos?

Yo estudié en colegios religiosos toda mi vida, desde niño hasta la adolescencia, con jesuitas, agustinos, recoletos y de otras órdenes. Íbamos con frecuencia al Monasterio de la Candelaria, en Ráquira (Boyacá), a la famosa convivencia donde nos ponían a orar y hacer ejercicios espirituales.

De modo que toda esta cultura católica para mí fue decisiva. Ahora bien, yo no estoy en contra de los religiosos, me parece que entre los sacerdotes hay grandes filósofos y pensadores, así como también hay una gran multitud de enfermos, sodomitas de los que hemos tenido noticia a través de los años, siempre encubiertos por la iglesia.

Mi imaginación como escritor y mi vida están impregnadas por esto, porque viví en estos colegios, mi familia es católica apostólica romana, mis padres nos llevaban a misa todos los domingos y, a veces, casi que todos los días en el colegio, por las mañanas, hacíamos misa cantada.

Tal vez por eso también escribí ‘Plegaria por un papa envenenado’, porque Albino Luciani, para mí fue uno de los papas más prometedores, mucho más que el Papa Francisco. Juan Pablo I se proponía acabar con ese lado enfermo de la iglesia y también con la banca del Vaticano y, al parecer, la misma curia romana lo habría envenenado.

Todo esto se acumula y va terminando por configurar una obra literaria donde la presencia de la religión es tan importante como en la historia de nuestro país. La iglesia ha sido determinante tanto como los partidos políticos. Es otro partido, una institución crucial.

—Mardoqueo Vanín, Torcuato Sanpedro, Remolino Santángel, Augusto de Jesús Recto Pacífico, Pelagio Sincara, sor Dídima y sor Teodora, Silveria Oreja de Perro, Nena Madagascar, el general Máximo Agrícola, el historiador Alexander von Geier, son solo algunos de la multitud de personajes, cada uno con características particulares, que pueblan su novela. ¿Cómo los va creando y qué método tiene para nombrarlos?

Mis personajes son desmesurados, con deformidades y rasgos animalescos, pero no los etiquetaría como de un realismo mágico, sino más bien como pantagruélicos. Para crearlos me liberé de la carga del compromiso ideológico que sentí, por ejemplo, cuando escribí ‘Los ejércitos’, ‘En el lejero’, ‘Los almuerzos’ y ‘La carroza de Bolívar’. Me sentí como un escritor para niños otra vez, con toda la imaginación feliz y cruel que implica esta inconsciencia, aunque con una densidad histórica y situaciones para adultos.

Los nombres y esas características surrealistas vienen de la ‘Historia natural’ de Plinio el viejo. Allí hay descripciones de animales reales, peces, felinos, y de otros parecidos a dinosaurios, mejor dicho, seres estrambóticos, toda una colección de zoología fantástica. Yo leí con mucha atención esa gran obra de Plinio y apliqué muchas de esas descripciones a mis personajes, fue como un juego literario con el que me divertí, usando esas cualidades de animales en personajes humanos.

Los nombres de algunos frailes salen de la Biblia y de la historia religiosa del catolicismo. También de la ‘Historia augusta’, los relatos de estos emperadores romanos que no se sabe si fueron escritos por seis autores o si fue uno solo anónimo. Esta obra determinó nombres como los del general Máximo Agrícola, es una obra que me fascinó, la subrayé por todas partes.

Periodista y escritor, entre sus publicaciones destaca el volumen de ensayos ‘Libro de las digresiones’. Reportero con experiencia en temas de cultura, ciencia y salud. Segundo lugar en los Premios Jorge Isaacs 2022, categoría de Ensayo.

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