Cultura

Julio César Londoño recibió el doctorado honoris causa de Univalle: De estudiante expulsado a Doctor en Literatura

El escritor palmirano, divulgador científico y crítico literario, recibió la más alta distinción que otorga la Universidad del Valle.

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Julio César Londoño
Julio César Londoño estudió cinco semestres de ingeniería eléctrica en la Universidad del Valle y, aunque no concluyó esta carrera profesional, la formación en ciencias fue determinante para su oficio como divulgador y su particular estilo literario. | Foto: Raúl Palacios

8 de feb de 2026, 04:13 p. m.

Actualizado el 8 de feb de 2026, 04:13 p. m.

En 1775, cuando Samuel Johnson tenía 66 años, siendo ya un consagrado ensayista, crítico literario y lexicógrafo —autor del diccionario más personal de la lengua inglesa—, finalmente recibió el título de Doctor en Letras por la Universidad de Oxford, la misma institución donde había estudiado en su juventud y de la que fue retirado al quedarse su familia sin recursos para pagarle la manutención, a pesar del evidente genio intelectual que poseía.

Julio César Londoño
"Seríamos muy pobres si el lenguaje solo nos sirviera para informarnos, si no pudiéramos apreciar la poesía de un ensayo o morir con la línea de una canción. La palabra es la mejor traducción que tenemos de las cosas. Es lo que hay, y no es poco”. Discurso de aceptación del Doctorado honoris causa en Literatura, Julio César Londoño. | Foto: Cortesía Julio César Londoño

Entre las definiciones que dejó en su famosa obra hay varias acepciones de doctor: “1. Alguien que ostenta el rango más alto entre los estudiosos de la divinidad, la ley o la física. Originalmente no era un título tan honorífico, sino más bien el certificado de que un hombre estaba tan versado en una materia que podía también enseñarla a otros. 2. Hombre diestro en cualquier profesión. 3. Un médico, alguien que puede ocuparse de mitigar la mala salud o curar enfermedades de manera definitiva. 4. Un hombre capaz, poderoso o sabio”.

James Boswell su amigo y biógrafo, cuenta que el doctor Johnson, como lo llamaban popularmente, pedía que no se dirigieran a él por “doctor”: quería pasar siempre por un gentil hombre del común, lo que en Inglaterra se conoce como “gentleman”.

***

En el patio de su casa, en la Villa de las Palmas, entre árboles y plantas en materas, sentado en una colorida mecedora tejida con tiras de plástico —y con las interrupciones melódicas de un bichofué—, converso con el escritor Julio César Londoño, quien a sus 71 años, siendo ya un consagrado ensayista, crítico literario y divulgador científico, recibió el Doctorado Honoris Causa en Literatura de la Universidad del Valle.

La misma institución académica que lo expulsó por bajo rendimiento en los años 70, el periodo de su juventud en el que Londoño intentó en vano estudiar ingeniería eléctrica, muchos años después decidió honrarlo con su máximo reconocimiento.

Julio César Londoño
El rector de Univalle, Guillermo Murillo Vargas, entregó el título al escritor y destacó “su obra variada y erudita, que refleja la enorme disciplina de su formación intelectual”. | Foto: Luis Rodríguez - Comunicaciones Univalle

Para empezar, pregunto:

—¿Ahora debemos llamarlo doctor Londoño, o prefiere pasar por un hombre del común, como Samuel Johnson?

—No podría ser tan modesto como él, estaría mintiendo. La verdad es que no me molestaría ser llamado doctor, aunque sé lo que eso puede significar en este país, pero es que un doctorado de la Universidad del Valle es para llevarlo con orgullo. Perdón por tanta vanidad.

—Pero, ¿y qué siente al obtener esta distinción de la universidad que lo expulsó?

—Toda mi vida fui un nerdo irredento, pero, justamente en los dos años que estudié ingeniería, me volví muy desaplicado. Fue un tiempo de bohemia muy linda, muy productiva también en lo intelectual, pero fatal en el rendimiento académico, y además tuve un problemita político que, por esa época, determinó la decisión de sacarme.

Ahora reconozco que yo estaba un poco perdido en la ingeniería, en realidad no era lo mío. Y fue lo mejor que pudieron hacer, ese fracaso universitario fue el que permitió o, mejor dicho, me impulsó a dedicarme por completo a la literatura.

Tampoco puedo negar que el hecho de volver ahora, por un doctorado honoris causa, tiene como el sabor de una revancha.

***

Durante su discurso de aceptación, leído durante la ceremonia del 14 de noviembre del 2025, realizada en la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero, el escritor palmirano se refirió a la dualidad que sentía por el alto reconocimiento, por un lado el orgullo desmedido y, por el otro, un sentido autocrítico suicida.

“Así somos todos. Un momento somos divinos, superinstagram, y un segundo después somos humildísimos, ínfimos Gregorios Samsa”, dijo.

Julio César Londoño
El escritor vallecaucano ha ganado múltiples premios a lo largo de su trayectoria, entre ellos, el Jorge Isaacs de Ensayo, Juan Rulfo de Cuento y el Simón Bolívar de Crítica Literaria. | Foto: Raúl Palacios

“Cuando recuerdo que son doctores en letras de esta universidad Estanislao Zuleta, Juan Manuel Roca, Manuel Zapata Olivella, Fernando Cruz, Enrique Buenaventura, Manuel Mejía Vallejo, Óscar Collazos, siento la incomodidad del fulano que no encaja en la foto, sospecho que los astros confundieron a los severos jueces del claustro de la Escuela de Literatura, del Consejo de la Facultad de Humanidades, el Consejo Académico y el Consejo Superior, quienes sopesaron mis labores y decidieron abrumarme con un doctorado que acepto con una mezcla confusa de orgullo y embarazo”, declaró inseguro.

Y, tomando el ‘cartón’ y con una sonrisa en su rostro, no dejó de confesar que “dudo de mis méritos para ser doctor en literatura. Todos vacilamos. Dudan los artistas de sus obras, de sus experimentos los científicos, de sus dioses los santos”.

***

—Su caso podría ser el de uno de los últimos autodidactas geniales, ¿qué representa un título honoris causa que reconoce a personas que se formaron a sí mismas?

—Los oficios y la erudición son anteriores a la universidad, que apenas tiene diez siglos. Los títulos honorarios de la universidad reconocen esta realidad, y lo hacen con un estatuto bello y horizontal: “El doctorado es un reconocimiento que la universidad otorga y a la vez recibe”. Es como decir: estamos orgulloso de que usted sea doctor de esta casa.

Escritor Julio César Londoño, participa en el festival de literatura, Oiga Mire Lea. Recibirá el título de Doctor Honoris Causa en Letras, de la Universidad del Valle. Fotos Jorge Orozco.
Julio César Londoño dirige desde hace 16 años el Taller de Escritura en el Centro Cultural Comfandi. | Foto: Jorge Orozco

—¿A quién agradecería por este reconocimiento?

Primero a mi mamá, una viuda que levantó siete hijos, una modista que podía hablar con la boca llena de alfileres, una mujer pobre que solo pudo darme dos regalos: los números y las letras. Gracias, mamá.

A mis hermanos, que trabajaban mientras yo me dedicaba al oficio más principesco y delirante del mundo: leer. Nunca me lo reprocharon, a pesar de que no éramos una familia de señoritos. Así perdí la oportunidad de contestarles: “Estoy preparando mi doctorado en letras”.

Y a los lectores. Qué sería de los escritores, de los poetas, de los periodistas, de los historiadores, de los ensayistas de ciencia, sin esa multitud de amigos.

¿Cómo concilió en un mismo escritor la divulgación científica, la crítica literaria y la narrativa?

—Como no pude ser científico, me consolé escribiendo sobre ciencia. Al mismo tiempo que escribía mis cuentos, todo estaba mezclado, porque yo era lector de Julio Verne y en su obra había tanto de divulgación como de narración.

También me influyó una revista Scientific American, donde leí un artículo sobre un cucarrón que está moviendo una gran piedra: quedé completamente impresionado por esa superposición del lenguaje científico y el artístico. Y me marcó sobre todo que no pude comprar la revista. Cuando una experiencia así, epifánica, está asociada con la pobreza, se forma una vocación perfecta.

¿Y el crítico literario?

—Cuando yo decido ser escritor, tengo claro que no voy a seguir en la universidad. Entonces, como iba a ser autodidacta, mi primera aproximación fue la mirada racional de Edgar Allan Poe, entender la escritura casi como una matemática.

Me conseguí entonces una gramática de Andrés Bello y comencé a estudiar teoría literaria, con unos libros muy escolásticos, manuales de preceptiva literaria con más de 50 años, de los que usaban en los colegios. Allí estaban las escuelas literarias, las fechas, la métrica de los versos, las formas clásicas de la poesía, todo de una manera muy elemental.

Pero, como yo no aspiraba a escribir otro manual plano, por ejemplo como el de Gardeazábal, sino escribir con más carácter y emoción, textos que fueran estimulantes de la inteligencia, en eso me fueron esenciales las enseñanzas de Oscar Wilde y Borges, mis grandes maestros.

El escritor Julio César Londoño recibirá alta distinción en Univalle  | El País Cali

—Su carrera literaria inició como cuentista y no le fue mal, ganó algunos premios importantes del género. ¿Por qué abandonó la narrativa?

—Pasaron dos cosas: una fue la decepción con el Premio Juan Rulfo, que me gané en Francia. La Editorial Planeta se interesó en mí y, efectivamente, me publicó un libro de cuentos. Todo eso me pareció como una consagración de escritor. Pero no pasó absolutamente nada, se vendieron como 500 ejemplares y no más. Así que me estrellé con esa realidad, que aquí ni con un premio es suficiente.

Pero para esa época ya estoy escribiendo columnas para El País, de Cali, y después para El Espectador. Que no me llevaron a la gloria, pero por lo menos me dieron de comer. Desde entonces entré en el hábito de escribir una columna cada ocho días, y esto me permitió trabajar con más dedicación el ensayo, porque, para mí, una columna es un ensayo. Y termino dejando de lado el cuento, una cosa que me ha dolido, porque cada género tiene una emoción. Aunque yo no podría decir “soy más feliz haciendo esto que lo otro”, sé que en el cuento se desarrollan unas destrezas y unas emociones que no maneja el ensayo.

Con el cuento sigo manteniendo un cariño entrañable, pero de lejos, y con la novela nunca he sido muy cercano. Ciertamente no soy buen lector de novelas y solamente he escrito una, ‘Proyecto piel’, que algunos consideraron como un poco de cuentos eslabonados débilmente, según dijo un crítico.

Julio César Londoño
'El arte de tachar’, su nueva antología de ensayos, publicada por El Bando Creativo en 2026. | Foto: El Bando Creativo

—¿Cuál es su definición personal del ensayo?

—Debo decir que en la academia hacen un ensayo muy riguroso y muy tieso, pero para mí el ensayo literario es algo mucho más abierto y cercano al lector común.

El ensayo no son los tratados, las monografías y los papers con que se gradúan en las universidades. El académico busca atrapar la verdad y eso no tiene relación con la palabra ensayo que, como ella misma dice, es un boceto o una aproximación, no es un resultado definitivo.

Podría definir mi poética del ensayo por oposición al ensayo académico, aunque para algunos vaya contra las convenciones. Nos dicen que el ensayo debe tener mucho rigor. Creo que aquí no aplica eso, al menos no con ese autoritarismo.

El ensayo literario es otra cosa, un juego de especulación o de conjetura, como le digo ahora, porque la palabra especulación ya es como peyorativa. Es decir, se arriesga a barajar explicaciones por fuera de lo esperado. La imaginación del ensayista es su capacidad de conjeturar.

Dicen que un ensayo se hace con investigación. No creo que un ensayo literario se pueda hacer con golpe de investigación. Uno no puede decir esta noche voy a investigar sobre células madre y mañana voy a hacer un ensayo de mucho vuelo intelectual sobre el tema.

Para hacer un ensayo, como yo lo entiendo, se tiene que trabajar con asuntos que hayas tenido un buen tiempo en la cabeza y en el corazón. Metido en el tema desde lo racional y en lo emocional es que puedes tener ideas propias.

La investigación y la erudición no son un punto de llegada para un ensayo literario, son apenas un punto de partida. Al ensayo académico vos le agradecés que tenga buenos datos. Al ensayista literario le pedís que sea capaz de ir más allá de la información, que pueda crear pensamiento propio y tenga raptos de imaginación, a partir de todo lo que leyó. Es eso lo que uno necesita, que el ensayista tome información vieja y la refresque con un lenguaje cuidado.

—Pero, en el ensayo de divulgación científica, ¿cuál es el límite de la especulación? ¿El ensayista corre el riesgo de desinformar?

La desinformación se hace por fanatismo o por mala fe, que viene siendo la misma cosa. El que desinforma conoce la verdad, pero la sesga por voluntad, saca de contexto una foto o lo que dijo alguien, en un acto que me parece no solo falto de ética, sino claramente pervertido.

Julio César Londoño
‘La letra, el número y la cosa’, crítica y divulgación. | Foto: Editorial Planeta

En tanto que la conjetura, o la especulación, es más una demostración de ingenio que conecta con la inteligencia del lector, un juego consciente del ensayista y quien lo lee.

A mis alumnos en el taller de escritura que realizo desde hace 16 años, les hago esta demostración:

Recordemos que cuando estaban discutiendo por qué la mayoría de la población humana era diestra, se barajaron varias hipótesis. Una proponía que somos diestros porque el área de broca de la mano está un poquito tirada hacia la izquierda, y eso hizo que evolutivamente haya una conexión cruzada con la mano derecha.

Otra explicación, más cultural, decía que los seres humanos nacían mitad zurdos y mitad diestros, pero que, a punta de garrote, enderezaban a los siniestros.

Pero entonces llega un señor y dice: “Yo creo que los seres humanos somos diestros porque así la mano que empuña el cuchillo está más cerca del corazón del enemigo. Si nos ubicamos 200 mil años atrás, eso significó una ventaja evolutiva importante y podría justificar la lateralidad dominante de nuestra especie”.

Esto es una especulación, pero tiene mucho piso de lógica. Aquí no hay desinformación, porque el lector sabe que yo no estoy hablando de hechos científicos, sino de probabilidades. Pero también hay mucha poesía y una dosis saludable de malicia en lo planteado. Ese tipo de vuelos que combinan inteligencia e imaginación, son para mí esenciales al ensayo.

-Como escritor y maestro de escritura, ¿cuál es su posición frente al uso de la IA en la literatura? ¿Qué reflexiones le suscita esta tecnología?

-Aunque ya tiene resultados pasmosos, creo que no pasará de ser una secretaria extraordinaria para el escritor. Con la prudente desconfianza la podemos utilizar para consultas, en alguna búsqueda específica, pero verificando cada dato. Pero no la recomiendo para los que están empezando a escribir.

Periodista y escritor, entre sus publicaciones destaca el volumen de ensayos ‘Libro de las digresiones’. Reportero con experiencia en temas de cultura, ciencia y salud. Segundo lugar en los Premios Jorge Isaacs 2022, categoría de Ensayo.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Gaceta