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Alberto Medina López: el periodista que destejió los hilos reales de las grandes novelas colombianas

Confirmó los hechos, personajes y lugares que fueron la base histórica para los clásicos de la literatura colombiana.

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Alberto Medina López, 'La realidad de la ficción'
El periodista visitó al escritor vallecaucano Gustavo Álvarez Gardeazábal para consultarlo sobre la historia de León María Lozano, el protagonista de su clásica novela sobre la violencia bipartidista en Colombia. | Foto: Cortesía Alberto Medina López

23 de feb de 2026, 11:01 a. m.

Actualizado el 23 de feb de 2026, 11:01 a. m.

La lectura de ficciones —como sostuvo Mijaíl Bajtín— opera de forma dialógica: diversos sentidos fluyen en paralelo, contradictorios y complementarios, coexistiendo como una idea viva y en movimiento, que nunca deja de renovarse y encontrar nuevas conexiones con la realidad.

En otras palabras, la lectura de una gran novela jamás concluye, aunque cerremos el libro: un germen —o virus, como lo llamó Jorge Volpi— crecerá en nuestra mente, donde queda alojada como una experiencia más de vida, a la que volveremos como un modelo ético o motivacional: la historia imaginaria deviene en otra memoria de lo que somos.

Alberto Medina López, 'La realidad de la ficción'
El autor ha publicado las novelas ‘El credo de los amantes’ y ‘Para el alma no hay éxodo’, así como el libro de cuentos ‘En todas partes hay mariposas negras’. | Foto: Penguin Random House

Recordar a Gregorio Samsa, en ‘La metamorfosis’, convertido en un bicho, es pensar en nosotros mismos cuando la sociedad decide pisotearnos por no cumplir sus expectativas, a pesar de nuestros ridículos esfuerzos.

Recordar a Rose Joad, en ‘Las uvas de la ira’, es pensar que podemos ser generosos aun en medio de la desgracia, que el acto más bello es entregarlo todo sin exigir nada a cambio.

¿Quién no se siente a veces un Meursault, de ‘El extranjero’, sentenciado a muerte por un error que, sin importar su honestidad y rectitud, no pudo evitar? ¿Quién no desea obrar con la dignidad y justicia de un Jean Valjean en ‘Los miserables’, sacrificándose por otros, a pesar de que el mundo nos calumnie y siga maltratándonos?

Las ficciones son como nuestra fe alternativa. Quizá por eso para el cristianismo es indiferente que haya pruebas o no de la existencia histórica de Jesús, porque para el creyente sus enseñanzas son verdad.

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Volviendo a la teoría dialógica, entre muchas, podríamos establecer dos grandes fuerzas que interactúan en la lectura de ficción: la fuerza de fuga (el lector escapista) y la fuerza de interpretación (el lector detective). En tanto el primero es un desesperado en busca de otros mundos más acordes a su gusto fantasioso, el segundo es un obsesivo —a veces delirante— descifrador racional de claves ocultas en lo imaginario, que espera hallar una revelación útil para darle un poco de sentido al mundo real.

Alberto Medina López, 'La realidad de la ficción'
Alberto Medina López con el historiador cienaguero, Guillermo Henríquez, bajo el árbol en el que se firmó el pacto de Neerlandia, tanto en la realidad como en la ficción de 'Cien años de soledad'. | Foto: Cortesía Alberto Medina López

En algunos lectores, como Alberto Medina López, el talento investigativo y un carácter analítico resultaron ser más determinantes en su aproximación a la ficción literaria, llegando al punto de proponerse encontrar con objetividad histórica hechos, personajes, lugares y hasta objetos, que fueron la base real —y en algunos casos la inspiración directa— de la que partieron grandes escritores colombianos para sus novelas.

En su libro ‘La realidad de la ficción’, desteje la narrativa y “sigue los hilos verificables” de siete clásicos de la literatura colombiana: ‘Siervo sin tierra’, de Eduardo Caballero Calderón; ‘La vorágine’, de José Eustasio Rivera; ‘La marquesa de Yolombó’, de Tomás Carrasquilla; ‘Cóndores no entierran todos los días’, de Gustavo Álvarez Gardeazábal; ‘María’, de Jorge Isaacs; ‘La rebelión de las ratas’, de Fernando Soto Aparicio, y ‘Cien años de Soledad’, de Gabriel García Márquez.

En ‘El último lector’, Ricardo Piglia hace una descripción de este extraño sujeto literario, “el lector detective” dice que es “el que descifra lo que no se puede controlar (...) lee lo ilegible, lo que se esconde”, y no hay nada más oculto en las novelas que la información verídica, un nombre alterado o una anécdota transformada, que los maestros narradores entretejen y hacen desaparecer con prestidigitación de mago en la gran trama.

Pero Alberto Medina López, escritor y periodista nacido en Filandia (Quindío), con larga experiencia de reportero, de aquellos que a partir de un solo dato concreto pueden descubrir una historia, conoce muy bien el truco y sabe hallar el conejo al fondo del sombrero.

Como él cuenta, “este libro derivó de un primer documental que realicé para Caracol Televisión cuando ‘Cien años de soledad’ cumplió 50 años de publicación”.

Estrenada en 2017, la producción que se llamó ‘Un lugar llamado Macondo’, fue un viaje al Caribe colombiano para recorrerlo en clave literaria. “Visitando, por supuesto, esos territorios que están prefigurados en la novela, porque Gabo nos da muchas pistas de dónde quedaría el Macondo real”, recuerda Alberto.

“Él es muy preciso cuando cuenta que esa caravana de migrantes se movió por toda la sierra desde Barrancas, en La Guajira, para llegar a ese lugar donde fundaron el pueblo. Desde lo más alto de la sierra vieron una ciénaga, que en realidad es Ciénaga Magdalena, un paisaje vital de esta historia, además, porque allí ocurre uno de los hechos históricos que también se cuenta en la novela, que es la masacre de las bananeras. Según mi investigación, Ciénaga Magdalena y Macondo son el mismo”, asegura.

Después realizaría otros dos documentales con el objetivo de “rastrear lo que de real tengan las novelas clásicas colombianas”.

En ‘Sangre blanca’, viaja hasta la Amazonía para descubrir las huellas de la explotación cauchera descrita por José Eustasio Rivera en ‘La vorágine’, profundizando en el personaje de Julio César Arana, empresario y político peruano fundador de la terrorífica Casa Arana, donde los capataces sometieron a los indígenas y cometieron los más bajos crímenes.

Mientras en el territorio colombiano, para los indígenas, fue un monstruo, cruzando la frontera, en la ciudad de Iquitos, de la que fue alcalde, Arana aún hoy es considerado un visionario, el hombre que llevó la electricidad y el progreso al Perú.

En ‘La otra cara de María’, viajó hasta el puerto de Turbo, en el Urabá antioqueño, para rastrear el origen del esclavismo en Colombia, partiendo de la historia de Nay y Sinar, esa desgarradora novela dentro de la novela que incluyó como una denuncia Jorge Isaacs en ‘María’.

“Esther, como sabemos, es el verdadero nombre de María, porque ella era judía y venía de afuera, aquí es donde la adoptan y se vuelve cristiana. Ella ingresa a Colombia por el puerto de Turbo, en la época en que los esclavos aún entraban de contrabando, ya que estaba prohibido. Allí su historia se cruza con la de Nay, la querida sirvienta de la familia de Efraín, a la que llamaron Feliciana, para borrarle sus raíces africanas”, explica Alberto.

Durante la investigación, y tras el lanzamiento del documental en televisión, fue muy conmovedor, para el periodista y escritor, comprobar que “al contar la historia de ‘María’ desde Turbo, un territorio afrodescendiente, y establecer ese vínculo con sus raíces a través de los personajes de Nay y Sinar, a partir de ese momento esta obra de Jorge Isaacs se convirtió en una de las más leídas”.

Alberto Medina López, 'La realidad de la ficción'
Casona de lujo construida por los caucheros en Iquitos (Perú), durante los años de la masacre perpetrada por la Casa Arana en el Amazonas. | Foto: Cortesía Alberto Medina López

“Es maravilloso que, después de tantos años, una novela siga despertando el interés por conocer nuestros orígenes. Ahora los profesores de colegios en Turbo leen ‘María’ con sus estudiantes. Eso me parece una de las cosas más bellas que me han ocurrido como periodista”, complementa.

Para su investigación sobre ‘Cóndores no entierran todos los días’, no solo entrevistó al autor vallecaucano en su finca de El Porce, también logró hablar con Violet Lozano, la única hija de León María Lozano ‘El Cóndor’.

Durante casi diez años, en medio de viajes a casi todos los extremos de Colombia y países vecinos, Alberto Medina consultó a historiadores, escritores, expertos, habitantes de lugares referidos en las novelas y descendientes de personajes reales que fueron protagonistas, y leyó cientos de páginas sobre estas obras literarias para confirmar cada dato real que extrajo y ahora son parte de su libro.

Con un método propio, asegura que puede seguir así con más novelas, “Hace poco hice un especial de televisión sobre ‘Changó, el Gran Putas’, de Manuel Zapata Olivella, y ahora estoy preparando esa historia de los pueblos esclavizados y la diáspora africana, las culturas que fueron secuestradas y traídas por la fuerza. La investigación de esta novela la incluiré en una nueva edición de mi libro”.

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“Siempre que me siento a leer una novela y hasta un poema, me pregunto si será verdad lo que allí cuentan, o si son reales los personajes. De allí parto, tomando apuntes y marcando datos, para confirmar que tanto de realidad tienen, encontrándome con muchas sorpresas”. Alberto Medina López

El crítico Víktor Shklovski plantea que la literatura tiene la propiedad de hacernos redescubrir la realidad, verla como algo nuevo y extraño que parecía estar oculto, en la medida en que nuestra percepción está automatizada y solo funciona a un nivel superficial. “Si la vida compleja de tanta gente se desenvuelve inconscientemente, es como si esa vida no hubiese existido. Para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que la piedra es piedra, existe eso que se llama arte. La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión”, dice en ‘El arte como artificio’.

Para el formalista ruso, la literatura, entendida como arte de las palabras, “está creada conscientemente para liberar la percepción del automatismo”.

En este sentido, no está muy lejos el método de lectura periodística que aplicó Medina López a las grandes ficciones colombianas, pues señalar lo real en la ficción es una forma de identificar nuestros propios rasgos en el espejo, todo lo que tenemos de bello y feo.

“El ángulo que yo escojo es el de rastrear la realidad, pero lo último que yo quisiera quitarle a cada novela es la ficción, toda su carga de poesía. Simplemente hago una invitación a reconocernos a través de estas novelas en la historia, porque la literatura colombiana abre caminos hacia la verdad, cuentan lo que somos de una forma libre, creativa y compleja, y hasta personajes tan increíbles como Aureliano Buendía están construidos con rasgos físicos y psicológicos de hombres reales que estuvieron en hechos como La Guerra de los Mil Días”, reflexiona.

Y concluye que “si bien la identidad colombiana no puede reducirse a una novela, cada clásico de nuestras letras es un pedazo que nos ayuda a armar el retrato de nosotros mismos. Yo destaco siete novelas, pero tenemos muchas más. Además, escritores y escritoras actuales están redefiniendo ese rostro con cada obra que aspira a ser un nuevo clásico”.

Periodista y escritor, entre sus publicaciones destaca el volumen de ensayos ‘Libro de las digresiones’. Reportero con experiencia en temas de cultura, ciencia y salud. Segundo lugar en los Premios Jorge Isaacs 2022, categoría de Ensayo.

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