El terremoto del pasado 10 de agosto dejó una herida en el Valle del Cauca que no puede medirse únicamente en cifras. Detrás de cada vivienda destruida hay una familia que perdió su refugio; detrás de cada escuela averiada, un niño cuyo futuro quedó en suspenso; y detrás de cada hospital afectado, una comunidad que hoy enfrenta la incertidumbre de dónde será atendida si enferma.
El balance con corte al 17 de agosto confirma la magnitud de la tragedia: 66 personas fallecidas en el departamento; 2070 heridos en la región; 45.098 viviendas averiadas y 9906 destruidas. Hay además 488 edificaciones colapsadas, 66 centros de salud afectados, 623 instituciones educativas con daños y 117 vías comprometidas. Son números que estremecen, pero que todavía no alcanzan a reflejar la dimensión humana de la emergencia.
El norte del Valle ha sido, sin duda, una de las zonas más golpeadas. Municipios como El Cairo, donde se estima que hasta el 80 % del casco urbano quedó destruido, enfrentan una tarea de reconstrucción que será larga y costosa. Roldanillo, El Águila, La Victoria, Toro, Alcalá, Ulloa, Argelia, Ansermanuevo, Zarzal y otros municipios deben ser atendidos con la misma urgencia. Buenaventura, con 3965 viviendas destruidas o averiadas, 19 fallecidos y 330 lesionados, representa otro caso crítico que no admite demora.
La emergencia hospitalaria merece una prioridad absoluta. El hospital de El Águila quedó inservible; el de Roldanillo sufrió daños severos y otras instituciones presentan afectaciones que comprometen su operación. No puede permitirse que una población damnificada quede también desprotegida en materia de salud. Se necesitan soluciones temporales, hospitales móviles, equipos, personal y recursos mientras se reconstruye una infraestructura que, en muchos casos, será necesario volver a levantar casi desde cero.
Igual de urgente es garantizar el derecho a la educación. Cientos de instituciones tienen daños y miles de niños y jóvenes no pueden regresar normalmente a las aulas. La virtualidad debe convertirse desde ya en una herramienta de emergencia: conectividad, dispositivos, plataformas y acompañamiento para que una tragedia natural no termine convirtiéndose en una tragedia educativa.
Y está el enorme desafío de reconstruir las viviendas y los negocios. No basta con entregar ayudas humanitarias. Se requieren subsidios, materiales, créditos blandos y mecanismos que permitan a las propias comunidades participar en la recuperación de sus hogares y fuentes de ingreso. La propuesta de articular recursos de la Nación, la Gobernación y los municipios debe avanzar con rapidez y transparencia.
Esta no puede ser una tarea exclusiva del Estado. El Valle necesita la solidaridad de Colombia y del mundo. La comunidad internacional, los organismos multilaterales, la Unión Europea, el empresariado vallecaucano y colombiano, las fundaciones y la sociedad civil tienen aquí una oportunidad para demostrar que la solidaridad también construye país.
El reto es gigantesco, pero la respuesta debe estar a la altura. Reconstruir el Valle del Cauca no significa solamente levantar paredes: significa devolver hogares, escuelas, hospitales, empleos y esperanza. Que nadie se quede solo frente a los escombros. El
Departamento necesita ayuda, pero sobre todo necesita que esa ayuda llegue pronto, de manera coordinada y con una visión de largo plazo. Esta reconstrucción debe ser el gran compromiso colectivo de los próximos años. Cada aporte contará, cada gestión será necesaria y cada familia atendida será una razón para no bajar los brazos ante esta enorme responsabilidad.