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Arvo Pärt: aprender a escuchar el silencio

En una época que parece incapaz de quedarse quieta, la música del compositor estonio propone una experiencia casi insólita: detenerse. Escuchar una nota hasta el final. Permanecer en una pausa. Y descubrir que el silencio, lejos de ser vacío, puede convertirse en una forma de presencia.

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Rodrigo Obonaga Pineda.
Rodrigo Obonaga Pineda. | Foto: El País.

19 de ago de 2026, 02:00 a. m.

Actualizado el 19 de ago de 2026, 02:00 a. m.

El silencio que no es vacío

¿En qué momento dejamos de soportar el silencio?

Tal vez no lo sabemos. Encendemos el teléfono mientras esperamos el ascensor, ponemos música cuando estamos solos, revisamos mensajes durante una comida, miramos una pantalla antes de dormir. El silencio aparece y casi inmediatamente buscamos algo que lo cubra.

Nos hemos acostumbrado a vivir acompañados por una corriente permanente de sonidos, imágenes, noticias y conversaciones. La hiperconexión nos permite saber qué ocurre a miles de kilómetros, pero no siempre nos deja tiempo para preguntarnos qué ocurre dentro de nosotros.

Por eso la música de Arvo Pärt puede resultar, al principio, extraña.

No porque sea difícil, sino porque no tiene prisa.

Para quien nunca haya escuchado al compositor estonio, puede producir incluso cierta incomodidad. Una nota aparece, permanece, se extingue. Después queda un espacio. Y esperamos que suceda algo.

Pero no sucede.

O, mejor dicho, sucede otra cosa: empezamos a escuchar el espacio.

Pärt nació en Estonia en 1935. Durante sus primeros años como compositor exploró diferentes lenguajes musicales y atravesó experiencias compositivas muy distintas. En 1968, con Credo, llegó a un punto de ruptura. Después comenzó un largo período de búsqueda en el que se apartó de la actividad compositiva pública y volvió su atención hacia la música antigua y hacia su propia vida espiritual.

Estudió el canto gregoriano y la polifonía medieval y renacentista. Su relación con la tradición cristiana ortodoxa se hizo cada vez más profunda.

Fue un silencio fértil.

A veces la vida también nos obliga a entrar en períodos semejantes. Hay momentos en los que las respuestas conocidas dejan de servir. Lo que antes parecía claro se vuelve confuso. No sabemos todavía qué vendrá después.

Desde fuera puede parecer que no ocurre nada.

Pero quizá allí empieza algo.

De aquella búsqueda surgió el tintinnabuli, el lenguaje musical que Pärt desarrollaría a partir de 1976. La palabra significa ‘campanillas’. Su construcción es rigurosa y sencilla: una línea melódica se relaciona con las notas de una tríada. Pero lo que importa para el oyente no es tanto comprender el procedimiento como experimentar su resultado.

Una música en la que cada sonido parece tener un peso específico.

Für Alina, de 1976, fue la primera obra de este nuevo período. Escucharla es entrar en un mundo donde los sonidos no compiten entre sí. Hay espacio entre ellos.

Y ese espacio importa.

Estamos acostumbrados a pensar que la intensidad necesita acumulación: más instrumentos, más volumen, más velocidad, más acontecimientos. Pärt plantea una pregunta diferente:

¿Qué ocurriría si escucháramos profundamente una sola nota?

En Spiegel im Spiegel, escrita para piano y violin, la repetición parece detener el reloj. La música avanza y, sin embargo, produce la sensación de permanecer en un mismo lugar.

Quizá por eso cada persona puede escucharla de manera distinta.

En un momento de serenidad puede parecer luminosa. En una noche de insomnio puede resultar melancólica. Después de una pérdida puede adquirir una gravedad que antes no habíamos percibido.

La música no ha cambiado.

Hemos cambiado nosotros.

Y el silencio permite que esa diferencia se escuche.

Cuando la música acompaña el dolor

Hay una frontera en la que la música deja de ser solamente una experiencia estética.

Es la frontera del dolor.

De profundis, compuesta en 1980 para coro masculino, percusión y órgano sobre el Salmo 130, nos conduce hacia ese territorio. La obra no busca suavizar la oscuridad del texto. La voz humana aparece desde una profundidad casi física, mientras el órgano y la percusión crean un espacio de gravedad.

Y entre los sonidos aparecen pausas.

No son simples descansos.

Son momentos en los que el oyente queda suspendido.

Quizá por eso esta música puede acompañarnos cuando las palabras dejan de ser suficientes.

La muerte tiene esa capacidad: reduce el lenguaje. Ante la pérdida de alguien querido, muchas de las frases que utilizamos habitualmente parecen pequeñas. Decimos “lo siento”, “estoy contigo”, “todo pasará”, pero sabemos que ninguna de ellas puede reparar aquello que acaba de ocurrir.

Lo mismo sucede frente a una catástrofe.

Un terremoto nos recuerda, de manera brutal, que nuestra sensación de seguridad puede desaparecer en segundos. El suelo que parecía inamovible se mueve. Una casa deja de ser refugio. Una rutina puede quebrarse de un momento a otro.

¿Qué puede decir la música frente a eso?

No puede explicar la tragedia.

No puede devolver a los muertos.

No puede reconstruir una casa.

Y sería injusto pedirle que lo hiciera.

Pero puede acompañar.

A veces eso es lo que necesitamos: no una explicación, sino un lugar donde permanecer mientras intentamos comprender lo incomprensible.

Silouan’s Song, de 1991, inspirada en los escritos de San Silvano el Atonita, pertenece a esa dimensión contemplativa de Pärt. La obra establece una relación íntima entre palabra, sonido y silencio.

La música parece respirar.

Una frase surge. Se sostiene. Se desvanece.

Y queda el espacio.

Ese espacio puede ser vivido como espera, como oración, como memoria o simplemente como silencio. No es necesario pertenecer a una determinada tradición religiosa para experimentar su fuerza.

La espiritualidad de Pärt nace de una raíz cristiana profundamente definida, pero su música ha encontrado un camino hacia oyentes muy diversos. Quizá porque antes de hablarnos de una doctrina nos habla de algo que todos conocemos: la necesidad humana de detenernos cuando la vida nos sobrepasa.

La era de la hiperconexión

Vivimos en una paradoja.

Nunca hemos tenido tantas posibilidades de comunicarnos y, al mismo tiempo, quizá nunca nos haya costado tanto estar verdaderamente presentes.

La pantalla llena los espacios vacíos. La notificación interrumpe el pensamiento. La información ocupa el silencio antes de que podamos descubrir qué había allí.

No se trata de demonizar la tecnología. La conexión también nos acerca, nos ayuda y nos permite acompañar a quienes están lejos.

El problema aparece cuando ya no sabemos desconectarnos.

Cuando cada espera necesita una pantalla.

Cuando cada comida necesita conversación.

Cuando cada noche necesita una serie.

Cuando cada pensamiento incómodo necesita ser inmediatamente desplazado por otro estímulo.

Entonces el silencio puede convertirse en una amenaza.

Porque el silencio no solamente elimina el ruido exterior.

Nos devuelve a nosotros mismos.

Y ahí podemos encontrarnos con preguntas que habíamos conseguido mantener a distancia.

¿Estoy bien?

¿Qué estoy evitando?

¿A quién extraño?

¿Qué me duele?

¿Qué necesito cambiar?

Tal vez por eso Pärt resulta tan contemporáneo. Su música no nos ofrece otra forma de entretenimiento. Nos ofrece otra relación con nuestra atención.

Frente a la velocidad, propone espera.

Frente a la saturación, propone espacio.

Frente a la reacción inmediata, propone escucha.

Frente al ruido permanente, propone silencio.

Y escuchar profundamente puede convertirse, en una época de distracción permanente, en una pequeña forma de resistencia.

Aprender a contemplar el silencio

Hacer silencio no significa abandonar el mundo.

Significa regresar a él de otra manera.

El silencio puede ser un espacio para recordar, para respirar, para llorar, para contemplar. Puede ser también un lugar donde el dolor no tenga que convertirse inmediatamente en una explicación.

Pärt no nos enseña a escapar del silencio.

Nos enseña a permanecer en él.

Y quizá ahí está la dimensión más profunda de su música.

No necesitamos saber teoría musical para acercarnos a ella. Tampoco necesitamos comprender todos los aspectos religiosos de su obra.

Podemos comenzar de una manera mucho más sencilla.

Una invitación a escuchar

Elegir una obra.

Für Alina. Spiegel im Spiegel. De profundis. Silouan’s Song.

Apagar el teléfono.

No hacer nada más.

Sentarse unos minutos y escuchar.

No intentar descubrir inmediatamente “qué significa”.

Escuchar cómo aparece una nota.

Cómo permanece.

Cómo desaparece.

Escuchar la respiración del intérprete.

Escuchar la reverberación de la sala.

Y escuchar también aquello que sucede dentro de nosotros.

Puede que al principio nos incomode.

No hay que escapar.

Puede que aparezcan pensamientos.

No hay que expulsarlos.

Puede que aparezca tristeza.

No hay que esconderla.

Puede que aparezca paz.

No hay que retenerla.

Simplemente escuchar.

En tiempos de incertidumbre, cuando la muerte, la enfermedad, las catástrofes y las pérdidas nos recuerdan que no controlamos tanto como creemos, esta posibilidad adquiere un significado especial.

La música no elimina la fragilidad.

La hace audible.

Nos recuerda que también somos seres que esperamos, que perdemos, que recordamos y que necesitamos ser acompañados.

Quizá esa sea la razón por la que una obra de Pärt puede escucharse de manera diferente después de una tragedia, en una iglesia, en una sala de conciertos o a solas durante la noche.

No porque la música tenga una respuesta para todo.

Sino porque no pretende responderlo todo.

A veces basta con permanecer.

Una nota.

Una pausa.

Una respiración.

Un recuerdo.

Y después otra nota.

En un mundo que nos pide hablar constantemente, Pärt nos devuelve el derecho a callar.

En un mundo que nos exige reaccionar, nos recuerda la posibilidad de esperar.

En un mundo que confunde movimiento con vida, nos invita a permanecer quietos unos minutos.

Tal vez el silencio nos incomode precisamente porque todavía tiene algo que decirnos.

Y quizá por eso escuchar a Arvo Pärt hoy no sea simplemente escuchar música.

Sea aprender, aunque solo durante unos minutos, a estar presentes.

Porque el silencio no es el lugar donde termina la música.

Es el lugar desde donde empezamos a escucharla.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.

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