Columnistas
El falso ocaso de las alianzas
En Washington y en capitales aliadas, es que esta vez el daño es irreversible.
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19 de ago de 2026, 01:54 a. m.
Actualizado el 19 de ago de 2026, 01:54 a. m.
A nivel global, se ha vuelto un lugar común afirmar que el orden internacional liderado por Occidente está en su fase terminal. “El Occidente como lo conocíamos ya no existe”, declaró Ursula von der Leyen; “la vieja relación con Estados Unidos se acabó”, sentenció el primer ministro canadiense Mark Carney. Y no les faltan razones: en menos de dos años, la segunda administración Trump ha amenazado con quedarse con Groenlandia, ha impuesto aranceles a sus amigos, ha retirado tropas de Alemania y ha prodigado cumbres y halagos a Pekín y Moscú. El diagnóstico dominante, en Washington y en capitales aliadas, es que esta vez el daño es irreversible. Ese fatalismo, sin embargo, está sobredimensionado —y, peor aún, corre el riesgo de convertirse en una profecía autocumplida.
La historia ofrece perspectiva. Como recuerdan Kurt Campbell y Rush Doshi en Foreign Affairs (‘How Alliances Survive’), la supuesta ‘edad dorada’ de las alianzas occidentales nunca existió; su historia real es una de crisis recurrentes. En 1956, Estados Unidos amenazó con la calamidad financiera al Reino Unido para frenar su intervención en Suez. En los sesenta, Francia se retiró del comando unificado de la OTAN y expulsó a las tropas estadounidenses de su territorio. En 1971, el ‘Nixon shock’ acabó unilateralmente con la convertibilidad del dólar en oro, y la apertura hacia Pekín tomó por sorpresa a Tokio y Taipéi. En cada episodio se pronosticó el colapso; en cada episodio las alianzas se adaptaron y salieron fortalecidas. La razón es que nunca se han sostenido en el afecto ni en la nostalgia, sino en intereses materiales compartidos. Y esos intereses, lejos de desvanecerse, hoy pesan más que nunca.
Porque la amenaza que les dio origen no solo persiste: se ha intensificado y convergido. El eje que conforman Rusia, China e Irán, con métodos distintos, pero propósito común, busca instaurar un sistema internacional inestable y de suma cero, donde la fuerza reemplace a las reglas y las esferas de influencia a la soberanía de los Estados. China se ha convertido en el ‘facilitador decisivo’ de la guerra rusa en Ucrania, según los propios comunicados de la OTAN, construyendo la base industrial militar que hoy amenaza a Europa; Moscú y Pekín realizan patrullajes conjuntos de bombarderos estratégicos alrededor de aliados de Estados Unidos; y Teherán aporta la desestabilización regional que completa el cuadro. A esto se suma la coerción económica: Pekín explota su control sobre las cadenas de suministro —domina el 90 % de los minerales de tierras raras— para castigar gobiernos y fracturar coaliciones antes de que cuajen. Frente a semejante desafío, la pregunta relevante no es si las alianzas occidentales sobrevivirán, sino algo más ambicioso: cómo aprovechar esta crisis para reinventarlas.
Ahí está la verdadera oportunidad. El modelo de la Guerra Fría, un Estados Unidos protector y unos aliados dependientes, ya cumplió su ciclo. Lo que viene, si se hace bien, es lo que Campbell y Doshi llaman ‘escala aliada’: alianzas concebidas como plataformas para agregar capacidades, con flujos de beneficio en doble vía, donde todos aportan mercados, inversión, tecnología y capacidad militar. Los números justifican el esfuerzo: una coalición de democracias sumaría más del doble del PIB chino ajustado por poder adquisitivo, más del doble de su gasto militar y la mitad de la manufactura global. Las tensiones de una era, muestra la historia, producen las capacidades de la siguiente: el maltrato de Trump ya empujó a Europa a un rearme de 860.000 millones de dólares y a Japón a duplicar su gasto en defensa. La tormenta, paradójicamente, está construyendo el material del nuevo edificio.
¿Y América Latina? Esta vez no tenemos por qué mirar desde la tribuna. La nueva arquitectura de alianzas no se organizará solo alrededor de tratados militares, sino de cadenas de suministro confiables, minerales críticos, energía, alimentos y tecnología, exactamente lo que la región puede ofrecer. Japón ya negocia acuerdos comerciales con América Latina, y las coaliciones de potencias medias que están redibujando el mapa dejan espacio para países que lleguen con propuestas serias. Pero la puerta no está abierta para todos: estará abierta para las democracias que defiendan las reglas, no para los gobiernos que coquetean con el eje de Moscú, Pekín y Teherán creyendo que el ‘Sur Global’ es una estrategia y no una consigna. Colombia, con dos océanos, potencial minero-energético y una relación estratégica con Washington que ha sobrevivido a presidentes de varias perspectivas e intereses políticos, tiene mejores cartas que casi cualquier vecino para sentarse en esa mesa.
La lección es clara: el ocaso de las alianzas occidentales es un pronóstico, no un destino. Los sistemas de alianzas no mueren por sus crisis; mueren cuando sus miembros dejan de trabajar en ellos. Para América Latina, y para Colombia en particular, el momento de decidir de qué lado de la nueva arquitectura queremos estar no es cuando esté terminada: es ahora, mientras se están repartiendo los planos.
Postdata: El lunes 10 de agosto, Colombia, y en especial el Chocó, el Valle del Cauca, Risaralda y Caldas, sufrió los efectos devastadores de un terremoto. La tragedia ha dejado tres heridas: vidas perdidas, viviendas destruidas y secuelas que tardarán años en sanar. Pero también ha revelado lo mejor de nosotros: ciudadanos que, en la medida de sus posibilidades, se arremangaron para ayudar, se organizaron para reconstruir y se volcaron a consolar a quienes más lo necesitan. Hubo quienes intentaron aprovechar el dolor en el afán de likes; la ciudadanía los rechazó con contundencia. Porque esta tragedia sacó a flote una conciencia colectiva que dejó a un lado la polarización, superó las tensiones políticas y se concentró en lo esencial: una mano que ayuda, una palabra de aliento, un abrazo. La reconstrucción, sin embargo, será una tarea de largo aliento, y asegurar que la solidaridad perdure es responsabilidad de todos. Quienes tuvimos la fortuna de salir bien librados, como yo, cargamos con la mayor: aportar nuestro tiempo, nuestro conocimiento y nuestros recursos. Solo así volveremos a construir ciudad, región y nación. Que esta vez no nos preguntemos qué perdimos con el terremoto, sino qué estamos dispuestos a dar para que la solidaridad deje de ser la excepción y se vuelva costumbre.
MARIO CARVAJAL CABAL, Analista Internacional
Twitter: @Mariocarvajal9C

Internacionalista de la Universidad Javeriana, magíster en Estudios Latinoamericanos de la University of Oxford y magíster en Economía Política Internacional del London School of Economics, donde se graduó con Mérito. Analista de política internacional y geopolítica.






