Estamos muy cerca de las próximas elecciones para la presidencia de la república. Sus resultados los conoceremos, después de cuatro años, mediante el porvenir económico y social de los ciudadanos colombianos, o el deterioro de sus oportunidades y avances. Depende de quien elijamos, el crecimiento de las oportunidades o su posible deterioro. Sin embargo, las convicciones que nos embargan al respecto, para definir por quién votar, en una proporción muy amplia, están orientadas por la brújula de nuestros sentimientos, pasando a un segundo lugar la racionalidad y el buen juicio. Mediante elección popular designamos en las democracias el más alto ejecutivo del país.
También existe la tendencia en el género humano hacia el egoísmo, la vanidad y el bienestar personal. Cuando se presenta la oportunidad de un beneficio que debe ser compartido, la inmensa mayoría prefiere lucrarse personalmente. No obstante, esta tendencia puede controlarse mediante la expedición leyes o normas con origen en diversas dependencias del estado, por ejemplo: el trabajo y la inmensa mayoría de las profesiones están claramente reguladas, lo mismo que las transacciones económicas, la salud y demás actividades de la vida privada. En cambio, el poder de un presidente en Colombia se encuentra muy concentrado, así que sus decisiones pueden acarrear graves daños o beneficios muy atractivos.
Desafortunadamente, gran parte de nuestros compatriotas no están capacitados intelectualmente para vencer sus pasiones y hacer una elección racional y objetiva. La elección indiscriminada del sistema democrático, en ocasiones conduce a elecciones equivocadas que perjudican el bienestar de la sociedad.
Otro efecto del sistema electoral es el hecho de que en los grupos sociales se destacan líderes que admiran la inmensa mayoría de los electores. Se convierten en un ejemplo para la sociedad, donde ejercen sus actividades. Sus opiniones son acatadas por su contundencia y asertividad. Ellos son quienes guían la opinión de la gran mayoría y definen una elección. No siempre están bien orientados. Las equivocadas pasiones también influyen en sus opiniones.
Hoy, la ciudadanía está convocada para elegir la máxima autoridad del poder ejecutivo, donde se toman las decisiones más trascendentes para la salud económica de sus ciudadanos. De nuestra parte exige ejercer la ponderación en máximo grado, para controlar nuestras pasiones y ejercer un detenido análisis de las capacidades y confiabilidad de la mejor opción para el país.
Las democracias, a pesar de estar expuestas a las pasiones y otras debilidades del género humano son consideradas el sistema político más adecuado. Su mayor virtud es la autocorrección en el tiempo. Se equivoca, pero tiene la facultad de identificar sus errores y corregirlos. El presidente, sus legisladores y jueces son electos para un período predeterminado. Todas las autoridades pueden ser juzgadas. Esta última norma suele ser de casi imposible cumplimiento, pero existe.
Una de las definiciones de la democracia más citada es la Winston Churchill que la califica: “Como el sistema de gobierno menos perverso”.