Empezó como una forma de resistencia intelectual: durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en los años 50, los pocos espacios culturales de Cali se habían reducido a focos de propaganda política y un grupo de mujeres y hombres -Maritza Uribe de Urdinola, Clara Inés Suárez, Alfonso Bonilla Aragón- habían empezado a reunirse en una casa del barrio San Antonio para discutir de cultura, de política, de la sociedad de su tiempo, y pronto empezaron a llamarse ‘La Tertulia’.

Era una especie de conspiración que no fue advertida por los organismos de seguridad del régimen represivo de Rojas Pinilla, que había cometido una masacre en la Universidad Nacional de Bogotá y perseguía a liberales e izquierdistas y librepensadores de la época.

Aquello ocurría en la Calle 5 con Carrera 4, en donde las reuniones políticas y artísticas empezaron a dar paso a las exposiciones de artistas como Alejandro Obregón, mientras el país entero hacía el tránsito a eso que se llamaría el Frente Nacional y en el campo, a algunas horas de esta ciudad, las guerrillas comunistas empezaban a tener nombre.
Luego ocurrió lo que se sabe.

En 1968 se inauguró un edificio inspirado en el Palazzo della Civiltá Italiana, contiguo a lo que había sido una especie de balneario popular llamado ‘El charco del burro’ y luego, en 1971, fue inaugurada la sala subterránea y la Cinemateca. Era 1971, los Juegos Panamericanos, una ciudad desgarrada entre las pretensiones modernizantes de su clase alta y las convulsiones de los obreros y los estudiantes que exigían mejores condiciones de trabajo y mayor inversión en las universidades.
Todo eso lo atestiguó el que para entonces ya se había convertido en el Museo La Tertulia.

Al revisar su historia no se puede concluir otra cosa que la naturaleza subversiva del Museo: nació -vaya fortuna- a contracorriente, oponiéndose a un régimen dictatorial responsable de varias masacres, persecuciones y desapariciones entre 1953 y 1957.
Quizá no habría podido ser de otra manera: “El arte es lo que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza”, escribió alguna vez el filósofo francés Gilles Deleuze.

La Tertulia, entonces, surgió como una forma de resistencia, y desde entonces lo ha sido. Ahora mismo, el Museo se enfrenta al rechazo de muchos de las personas que viven en sus alrededores y sus directivas han tenido que afrontar tres tutelas que buscaban reducir sus actividades artísticas. Quizá ese sea el sino del Museo: la rebeldía, estar en contra, oponerse siempre a los amantes de la represión, a los fascismos provincianos de nuestra ciudad, de nuestro país.

Ana Lucía Llano, quien dirige La Tertulia desde abril de 2014, cuenta cómo ha sido la labor de rebeldía artística del Museo durante los últimos tres años en los que, además, se convirtió de nuevo en el principal referente cultural y artístico de Cali.

¿Cómo encuentra el museo cuando asume como directora?
Encuentro un museo lleno de oportunidades, fortalecido en su infraestructura y con una junta directiva comprometida. Un lugar cargado de potencialidades en el que tenía dos retos fundamentales: por un lado, generar una propuesta curatorial y de exhibición artística de primer nivel, que permitiera acercar más a los caleños con el arte y, también, tener una muestra mucho mayor de artistas y de producción artística mundial. Y, por otro lado, estaba el reto de hacer sostenible económicamente al Museo. Ambos retos los hemos venido cumpliendo.

¿Cómo está el museo en términos económicos?
Aquí, hay que decirlo, se trabaja con las uñas. El Museo genera unos recursos propios gracias al alquiler del restaurante, a las taquillas de la cinemateca y a diferentes eventos que tenemos. Por otro lado, están los recursos que vienen del Ministerio de Cultura, de la Alcaldía y del apoyo de la empresa privada, lo que implica un trabajo para generar sinergias muy fuerte con aliados empresariales. Ahora mismo el Museo requiere alrededor de $2500 millones anuales para su funcionamiento, de los cuales 25 % los estamos generando con recursos propios, 45 % con alianzas empresariales y el resto con recursos del estado. Esas cifras son muy importantes, porque hay que tener en cuenta que hace cuatro años el Museo solo generaba el 7 % del total de su presupuesto. Eso se ha podido lograr gracias al crecimiento del número de personas que visitan La Tertulia, que ha pasado de 53.000 en 2012 a casi 110.000 en 2016. Este año creo que ya superamos esa cifra.

Entonces, La Tertulia tiene estabilidad económica...
Sí, la tiene, sin embargo, se requieren más recursos. Es muy molesto hacer comparaciones con otras ciudades, pero tengo que decir que en otras partes el apoyo a los museos es una convicción de las administraciones locales que saben la importancia de tener un centro cultural de esta magnitud. Eso no se da aquí en Cali. Nosotros estamos muy agradecidos con la Alcaldía que, por ejemplo, apoyó toda la programación de fin de año del Museo, sin embargo, hay que decir que los recursos deberían ser mayores pero no solo por parte del Estado, sino también por parte de la empresa privada. Yo creo que a muchos empresarios les hace falta conocer la importancia que ha tenido y que tiene La Tertulia para el desarrollo cultural y social de Cali. Muchos no creen que apoyar este Museo sea importante, pero la verdad es que nosotros estamos desarrollando muchos proyectos de desarrollo social y cultural con gran impacto en la ciudad.

Cuénteme de esos proyectos...
Ahora mismo en una alianza con Bancolombia, tenemos el programa 'Museo más Escuela', con el cual estamos movilizando gente hacia las comunas de la ciudad para dictar talleres y conferencias a profesores ya estudiantes de Instituciones educativas, que permitan un mayor acercamiento con el arte. La idea es convertir el museo en una herramienta del aula de estudio. Este año, en ese proyecto, trabajamos con 10 Instituciones educativas de la zona urbana y 14 de la zona rural, y gracias a esa labor, La Tertulia está nominada a un premio de Ibermuseos...

Se cree que los museos son lugares que frecuentan solo ciertas élites culturales. ¿Se plantea La Tertulia poder cambiar ese concepto?
Nosotros queremos que el Museo sea visitado por todos los caleños y estamos trabajando en ese sentido a través de las redes sociales y de diversas estrategias de comunicación que permitan visibilizar más lo que se está haciendo aquí. Hemos creado salas didácticas que ponen a dialogar a la comunidad con el arte y hemos venido trabajando porque todas las clases sociales de esta ciudad disfruten del Museo, y creo que a eso se debe el aumento del público y la notoriedad que ha ganado La Tertulia en los últimos años.

Eso, sin embargo, les ha causado ciertos problemas con los vecinos de la zona...
Bueno, la verdad es que sí ha sido muy extraño para nosotros la reacción que muchos vecinos han tenido. Es increíble, por ejemplo, que el Museo haya tenido que pasar por tres procesos de tutelas. Los tres los hemos ganado, pero de todos modos, resulta incomprensible que eso pase. Hemos recibido varias cartas de los vecinos quejándose del ruido de los conciertos, de “la clase de gente que viene al Museo”, etc., etc. Yo creo que en ciertas cosas tienen razón, como el tema del ruido. Pero ese es un asunto que se puede resolver mediante el diálogo. Sin embargo, en lo que tiene que ver con la gente que viene al Museo, yo tengo que decir que nosotros estamos felices de que aquí venga el señor que vende aguacates, el del chontaduro, que venga la gente que durante muchos años creía que La Tertulia no era un lugar para ellos. A mí me parece increíble que los vecinos se reúnan para atacar al Museo, cuando los problemas de La Tertulia deberían ser un deber de todos.

Siendo consecuente con esto que acaba de decir, usted ha trabajado porque el jardín del Museo sea un espacio público...
Sí. Tenemos un proyecto de conservación del bosque urbano en las afueras de La Tertulia, que está siendo realizado con observación de la CVC. La idea es justamente respetar el bosque urbano, pero convertirlo también en un lugar público al que todos puedan acceder. Lo más fácil habría sido construir un muro o una cerca, pero eso no nos interesa, queremos conservar esa naturaleza como espacio público bien cuidado.

Acaban de renovar la Cinemateca, un lugar emblemático del cine en esta ciudad...
Sí, se invirtieron $586 millones conseguidos todos por gestión propia. La renovación consistió en un nuevo proyector, sistema de audio, sistema de seguridad, sillas, entre otras cosas. Todavía nos faltan $300 millones para mejorar el sistema de aire acondicionado, los baños, los camerinos y la entrada. Esperamos que en 2018 podamos hacer eso.

Es evidente que la oferta artística del Museo se ha incrementado en los últimos años. ¿Cómo se ha logrado?
En primer lugar hemos hecho inversiones en las seis salas de exposición que tiene La Tertulia en su sede principal. Esa inversión ha sido para mejorar el sistema de seguridad de cámaras, para comprar pólizas de seguro para las 1500 obras de arte que tenemos y también para mejorar el accesos a personas con discapacidades físicas. Por otro lado, y esto es muy importante, se ha podido conformar un gran equipo de trabajo que ha permitido renovar la oferta cultural del Museo. Contamos con un equipo básico de Curaduría, Conservación, Educación, Cultura y Comunicación, que son personas jóvenes, pero todos con un perfil profesional muy alto y especializado en su campo, y que trabajan con mucha pasión. Y bueno, creo que hemos podido lograr unas sinergias importantes con otras instituciones. Todo lo que está ocurriendo en La Tertulia es el resultado de una articulación de proyectos y de instituciones que trabajan en pro del arte y la cultura en la ciudad.