Columnista
Seamos complacencia de Dios
La verdadera transfiguración es aquella que surge a partir de la aceptación humilde y generosa de la vida de Cristo en cada uno de los que nos llamamos discípulos suyos.
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1 de mar de 2026, 01:01 a. m.
Actualizado el 1 de mar de 2026, 01:01 a. m.
Por: Presbítero Diego Fernando Guzmán Ruiz
Es humanamente emocionante para un padre ver cómo su hijo puede, en su proceso de crecimiento, ir alcanzando logros de todo tipo, que hagan del padre el ser más orgulloso del mundo. Un logro deportivo, una meta académica y profesional alcanzada, una crisis superada son, entre otras cosas, motivos de alegría para un padre con relación a su hijo.
En el texto que nos ocupa hoy, Mateo nos muestra al Padre celestial, presentando en sociedad a su Hijo. “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escúchenlo”. La voz de Dios se pronuncia para dar un mandato: escuchar. En su mensaje de Cuaresma, el Santo Padre León XIV nos invita a disponernos para la escucha. “Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que ‘la condición de los pobres’ representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia”.
La escucha, entonces, como actitud discipular, es fundamental para generar en cada hijo de Dios la transfiguración del corazón, la mentalidad y la vida. Un verdadero cambio interior parte de la posibilidad de escuchar desde lo profundo del alma al ‘Hijo Amado’, pues su mensaje es la voz encarnada del Padre, que, fundada en el amor, se siembra en los corazones humanos para transformarlos, para moldearlos según su voluntad. Una voluntad que se hace visible en la cercanía a los pobres.
En este segundo domingo de Cuaresma, la Palabra nos invita a escuchar, a abrir el oído, para permitir que nuestras realidades humanas se conviertan en el rostro renovado de Dios que ilumina la vida de un mundo cargado por las dificultades de una sociedad cada vez más injusta e inhumana. La verdadera transfiguración es aquella que surge a partir de la aceptación humilde y generosa de la vida de Cristo en cada uno de los que nos llamamos discípulos suyos.
Dejemos que Jesús, el Hijo Amado, transfigure el mundo con nuestro concurso amoroso y lleno de esperanza. Seamos complacencia divina, para que el mundo crea y llegue a todos la salvación. Amén.
Mensaje escrito por el Arzobispo de Cali y sus obispos auxiliares para los lectores de El País.
6024455000






