Columnistas
Se necesita ‘regeneración’ y también ‘reencuentro’
Una regeneración de la vida nacional sin reencuentro genuino entre los colombianos, no nos pondrá a salvo de otra catástrofe.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


24 de ago de 2026, 12:07 a. m.
Actualizado el 24 de ago de 2026, 12:07 a. m.
En buena hora el Presidente De la Espriella se comprometió a hacer realidad varios propósitos añorados por la mayoría de colombianos. Me refiero a trasladar hacia los departamentos recursos y funciones, hoy monopolizados por el Estado central, además de restaurar la moralidad pública, ejercer una administración transparente cuanto eficiente y permitir el libre desenvolvimiento de la actividad económica. Todo en un marco de seguridad ciudadana integral.
Las expresiones del mandatario marcan profunda distancia frente a lo practicado por el Pacto Histórico, cuyos líderes dejaron naufragar sus promesas de campaña en la incompetencia, extravagancia, corrupción y el desprecio hacia la institucionalidad republicana. Unos procederes envueltos en relatos de inquina, pugnacidad, disociación y la cesión de control territorial a mafias y terroristas.
Al resumir su planteamiento Abelardo anunció el inicio de una nueva etapa de la llamada Regeneración Nacional impulsada por el Presidente Rafael Núñez a finales del siglo XIX. El movimiento así denominado, cuyo lema fue “regeneración o catástrofe”, atrajo a liberales y conservadores hastiados de los excesos y calamidades producidos por la Constitución de Río Negro expedida en 1863, y parida conceptualmente por el liberalismo radical.
A la sombra de esta Carta nacieron los Estados Unidos de Colombia contando con nueve entidades territoriales independientes en asuntos económicos, militares y políticos. Las libertades individuales se extremaron hasta el punto de no exigir requisitos ni formación académica para desempeñar profesiones y cargos públicos. Entre tanto el país avanzó hacia la anarquía: el gobierno central se convirtió en convidado de piedra sin rentas o iniciativa. Desaparecieron la seguridad económica y el respeto a la vida. El fetichismo legislativo llevó a que las entidades territoriales autónomas emitieran cuarenta y dos constituciones llenas de buenas intenciones pero patéticamente ineficaces.
La historia tiene la mala costumbre de repetirse, por eso no extrañan las similitudes del gobierno del Olimpo Radical con la situación de desorden, entrega territorial, pérdida de valores civiles y democráticos, desconocimiento del orden legal exhibidos por el gobierno recientemente concluido. Por eso la propuesta de Abelardo sobre una regeneración de los espíritus, la restitución de los valores humanos y colectivos, y la transformación de la gestión pública, es oportuna.
La Regeneración de Núñez hizo posible que se expidiera la Constitución de 1886, instrumento orientado a reorganizar el Estado de manera unitaria, reconstruir los valores éticos y ciudadanos, garantizar la seguridad pública, generar estabilidad y propiciar la armonía. Pero el instrumento se quedó corto en cuestión de libertades individuales y pronto dejó conocer su tinte centralista y autoritario con dos nefastas consecuencias: ralentizar el progreso de las regiones y generar un ejercicio del poder autoritario e implacable que eventualmente significó la hegemonía del partido gobernante. Estas circunstancias condujeron en 1899 a la guerra de los mil días, una confrontación fratricida cuyos niveles de crueldad superaron todo lo imaginable y propició la separación de Panamá.
El error del reformador y sus aliados fue no entender que la Constitución de 1886 en manera alguna podía ser carta blanca para implantar la dominación partidista. Al contrario constituía la última oportunidad, según demostraron los acontecimientos posteriores, de propiciar la pacificación de los espíritus, afianzar la unidad nacional en la diversidad, crear caminos de concordia y progreso.
Al presidente De la Espriella quien en buena hora se ha propuesto la regeneración de Colombia, se le debe decir respetuosamente que las transformaciones perseguidas y su legado personal solo perdurarán en tanto propicie y logre ese reencuentro fraterno que desean los colombianos. No se trata de convergencia sobre ideas políticas respecto de las cuales siempre existirán divergencias. Es la consagración de un consenso básico alrededor valores comunes y propósitos compartidos: la vida como bien supremo, la honestidad y transparencia en la gestión pública y la actividad privada; la empatía, reconocimiento y respeto por el ‘otro’ y sus opiniones; la fraternidad entre los ciudadanos; el esfuerzo individual como base del progreso.
Hacer realidad ese consenso esencial requiere de un gran esfuerzo de decantación y pedagogía con participación de la sociedad civil en sus distintas vertientes y expresiones. Ello sin omitir las denominaciones religiosas, incluyendo a la iglesia Católica, cuya experiencia y peso político serían determinantes para llevar a buen puerto la iniciativa.
El mensaje es sencillo: una Regeneración de la vida nacional sin reencuentro genuino entre los colombianos, no nos pondrá a salvo de otra catástrofe.







