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En medio de la confusión, el polvo y la tristeza, confieso que me ha emocionado más no sorprendido la reacción de los colombianos.

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Francisco José Lloreda Mera
Francisco José Lloreda Mera. Columnista | Foto: El País

23 de ago de 2026, 12:11 a. m.

Actualizado el 23 de ago de 2026, 12:11 a. m.

Tomará tiempo para que sanen y cierren las heridas del terremoto del 10 de enero de 2026. Heridas cuyas cicatrices permanecerán incólumes al paso de los días y las noches. Aguardan años de dificultad y duelo para cientos de colombianos que lo perdieron todo, que no lograron siquiera recuperar el cuerpo de un familiar o lo encontraron muerto. Días de incertidumbre, angustia y paciencia mientras la vida retoma maltrecha su curso.

En medio de la confusión, el polvo y la tristeza, confieso que me ha emocionado más no sorprendido la reacción de los colombianos. Una fuerza solidaria pocas veces vista se tomó al país desatando un tsunami de voluntarios, donaciones y ayuda, que me hizo recordar la movilización ciudadana en los terremotos de Tumaco (1979), Popayán (1983), El Eje Cafetero (1999) y otros de menor escala, pero igual de dolorosos para muchos.

Siguen llegando alimentos, equipos, medicinas, agua y frazadas a los centros de acopio, sin contar la ayuda del exterior. Una ciudadanía afligida volcada a la calle, ayudando a remover escombros, atenta a la más mínima señal de vida, sacando niños y ancianos de entre el cemento y los hierros retorcidos. Miles de ciudadanos, sin distinción de clase, religión, raza e ideología, al lado de los rescatistas. Y cientos de miles, aportando dinero.

Me conmovió en especial ver a Shakira en el Chocó, donde su fundación, Pies Descalzos, lleva 22 años trabajando por la educación, comprometiéndose a reconstruir escuelas y colegios. Luego se conocería la realización de conciertos en Medellín, Bogotá y Miami. Los artistas colombianos en primera fila, como siempre, junto al sector fundacional y el sector privado. Qué decir de miles de ciudadanos anónimos que continúan ayudando.

Justo reconocer la labor de los alcaldes de las ciudades más golpeadas, independiente de la afinidad política o personal. Alejandro Eder, en Cali, por ejemplo, no ha parado. No han valido la campaña de desprestigio en su contra de parte de la izquierda y las piedras para detenerlo. Similar con otros gobernantes, que con las uñas han estado al frente de la tragedia o la de alcaldes como el de Bogotá que no ha escatimado esfuerzo en ayudar.

Igual el Gobierno nacional. A dos días de posesionarse y antes de ir incluso al Palacio de San Carlos, el presidente De la Espriella se desplazó a las zonas más afectadas, también el vicepresidente Restrepo y algunos de los ministros. Expidió ya el decreto marco de la emergencia económica, se reunió con sectores claves para materializar las ayudas y la reconstrucción, y anunció la creación de un fondo. Al tiempo de ir tras los criminales.

Esa es la esencia del colombiano. La inmensa mayoría es gente buena y trabajadora. Los malos son pocos, aunque causen mucho daño. Y es en situaciones difíciles cuando sale a relucir lo mejor del ser humano y en este caso, la solidaridad ha desbordado todas las expectativas. Tan valiosa ha sido la ayuda de quienes han salido a moler en la calle como la de quienes han aportado una libra de arroz o donado un centavo o un millón de pesos.

Esa es la verdadera Colombia, la que siente suyo el dolor ajeno, la que tiende la mano al vecino sin que se la haya pedido y mira con esperanza el futuro pese a la adversidad. No la del odio tóxico y la violencia inducida de los últimos cuatro años. Como estaríamos de mal, de enfrentados, que tuvo que ocurrir un terremoto para recordarnos quienes realmente somos los colombianos. Es el momento de la unidad respetando las diferencias.

Abogado y doctor en política de la Universidad de Oxford. Se desempeñó como Ministro de Educación, Embajador en La Haya, Alto Consejero Presidencial para la Seguridad Ciudadana, y Director de El País de Cali. Fue presidente de la Asociación Colombiana del Petróleo y Gas. Actualmente es rector de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano.

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