Columnistas
Corrupción, destrucción y reconstrucción
¿Por qué se dieron permisos en zonas que según antiguos estudios, no eran aptas para edificaciones?
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23 de ago de 2026, 12:15 a. m.
Actualizado el 23 de ago de 2026, 12:15 a. m.
Las explicaciones a los efectos del terremoto del 10 de agosto son variadas, más bien, es una sumatoria de factores. El irrespeto con el cauce de los ríos que buscaron bajo el asfalto su ruta original; la calidad de los suelos en varias zonas de la ciudad; la informalidad en muchas construcciones; la antigüedad de cantidad de edificaciones levantadas antes de las normas antisísmicas y que no se acondicionaron a la nueva legislación; en fin, múltiples razones por las cuales un terremoto de 7,4 grados encontró el camino expedito para causar un daño histórico con más de 100 muertos, casi 60 desaparecidos, medio centenar de edificios desplomados pero lo más complejo, lo que sigue, la imposibilidad de habitar miles de viviendas y unidades por la vulnerabilidad demostrada por causa del sismo.
Es inevitable hacer preguntas sobre las responsabilidades de las administraciones municipales desde hace varias décadas. ¿Por qué se dieron permisos en zonas que según antiguos estudios, no eran aptas para edificaciones? O construcciones donde los estándares requeridos son evidentemente diferentes a los usados: las columnas derruidas con un bajo número de varillas y de dimensiones mínimas son testigos de la irresponsabilidad y de la codicia. ¿Cuántos permisos se dieron para construir lo inadecuado? ¿Cuántos hospitales, centros de salud y escuelas se hicieron con características que beneficiaron al contratista, al interventor y obviamente al funcionario que entregó el contrato? Las consecuencias las desnudó el terremoto.
Se conocía de grupos políticos que se la jugaban hasta las últimas consecuencias por apropiarse de Planeación Municipal, de Control Físico y de las curadurías. No era para participar en el cabal desarrollo de la ciudad. Usualmente las coimas no se cobran por lo que debe hacerse sino por obtener permiso para hacer lo prohibido, por ejemplo, más pisos de los permitidos. ¿Hasta cuándo esa alianza perversa para enriquecerse indebidamente estará por encima de la vida y de la sostenibilidad?
No dudo en que la respuesta es ‘de inmediato’. Si la corrupción fue uno de los elementos que participaron en la destrucción, no puede participar en la reconstrucción. El dolor que se percibe en la ciudad es muy alto, la incertidumbre y la desesperanza están en el ambiente. Los recursos que están llegando de los empresarios, la redirección de recursos para obras que seguramente planteará el alcalde, los apoyos internacionales y la sumatoria de colaboraciones de personas de todos los estratos, merecen un manejo transparente y eficiente.
Todo aquel que en la etapa que se inicia, haga algo inadecuado para enriquecerse deberá ser repudiado socialmente. Esto no admite ideologías ni estratos. Los corruptos que se aprovechen del proceso de recuperación y reconstrucción de la ciudad deben ser despreciados en todos los escenarios. Es sabido que los pillos saben cómo actuar para que la justicia no los coja o se demore en hacerlo, pero la riqueza mal habida es notoria, los billetes torcidos tienen parlante. Nada es tan secreto como se cree: mensajeros, contadores, secretarias, banqueros, personal de sus oficinas, terminan comentando las indelicadezas de sus contratantes.
La sociedad ha sido hasta ahora permisiva, sabe que son hampones, pero les saludan con venias y hasta los adulan. Se habla de ellos o de ellas con desagrado, pero la hipocresía social hace que el hampón no lo perciba y hasta siente que se le admira su buen vivir. Eso debe terminar. El dolor que nos ha generado este terremoto, sus consecuencias y el reto que tenemos como sociedad, para levantarnos y ser mejores, nos obliga a revisar el código de valores. Ese desafío será extraordinario: un nuevo liderazgo que reconstruya la ciudad con eficiencia y honestidad.







