Columnista

Periferias en las periferias

Tan grandes pueden ser las oportunidades de formación en Colombia para quienes pueden pagarlas, como pequeñas, para quienes no.

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Andrés Restrepo Gil
Andrés Restrepo Gil | Foto: El País.

13 de abr de 2026, 12:48 a. m.

Actualizado el 13 de abr de 2026, 12:48 a. m.

Moldeando hasta los últimos detalles de una vida, todo cuanto constituye nuestra existencia está formado por esa realidad, tosca y manifiesta, de la desigualdad: la calidad de los alimentos que una persona come, la inocuidad del agua que bebe, los servicios de salud a los que tiene acceso, el barrio en el que vive, la casa en la que duerme, la escuela en la que estudia. Dependiendo de las posibilidades, somos ubicados en una u otra escala, en uno u otro nivel, en uno u otro estrato.

Realidad palpable y manifiesta: hoy sabemos que la vida en Colombia se define, en un primer momento y en una gran medida, por el lugar en el que uno nace. Crecer en una región o en otra de nuestro país cercará las posibilidades a las que se podrá acceder, los senderos por los que se podrá caminar y el futuro al que se está destinado. En caso de que las condiciones allí donde se nace sean adversas, las personas serán víctimas de eso que se ha denominado, con una precisión milimétrica, trampas regionales de pobreza. Hay personas en Colombia, un país con una desigualdad medular, que padecen exclusiones que se superponen, trampas que se acumulan, brechas que se solapan.

Pensemos, por ejemplo, en el universo educativo. La educación a la que se puede acceder es abismalmente diferente según las posibilidades. Tan grandes pueden ser las oportunidades de formación en Colombia para quienes pueden pagarlas, como pequeñas, para quienes no. Mientras encontramos lugares donde las alternativas educativas se multiplican y proliferan, hay regiones en las que las exclusiones se entrelazan y se traslapan. Sabemos que lo que aprenden los niños en una escuela de regiones periféricas como la Orinoquía, la Amazonía o el Caribe es diferente a lo que aprende un niño en una región central, como la Andina. Unos, en el centro, destinados a aprender más. Otros, en la periferia, condenados a aprender menos. La desigualdad encarna injustas distribuciones: convierte el aprendizaje, el saber y los capitales culturales en las ventajas de las que unos serán beneficiarios y los privilegios de los que otros serán desposeídos.

A esta desigual repartición de lo que un colombiano puede aprender, según la región en la que crezca, se le suman otras inequitativas distribuciones. Esta realidad desigual ubica a unas personas lejos del centro, en una nueva marginalidad. Desde hace años tenemos certeza sobre el desfase, visceral y patente, entre zonas urbanas y zonas rurales: a un lado, hay índices altos de alfabetización, mayores tasas de asistencia a la escuela, más años de estudio. En contraste, hay en la ruralidad menos años de escolarización, menor cantidad de niños en las escuelas y grados más altos de analfabetismo. Estas personas no solo sufren la exclusión de las periferias regionales, sino también la exclusión de la marginalidad rural. En lo que a la educación corresponde, hay dentro de los márgenes otros márgenes y dentro de las periferias otras periferias.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Columnistas

Gonzalo Gallo

Columnista

Oasis