Columnista

Oda a las películas largas (y a los libros y periódicos)

El problema no es la duración, sino la saturación de contenidos que exigen atención sin ofrecer profundidad.

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Santiago Cruz Hoyos

1 de mar de 2026, 12:56 a. m.

Actualizado el 1 de mar de 2026, 12:56 a. m.

En tiempos de reels de 30 segundos, posts de un párrafo y el discurso aprendido de editores que repiten como loros que “las historias largas no venden”, una película ya considerada clásica va a contracorriente. Dura exactamente 4 horas y 36 minutos. Y, sin embargo, las salas estuvieron repletas.

Se trata de Kill Bill, la obra maestra de Quentin Tarantino protagonizada por Uma Thurman, que Cine Colombia estuvo presentando con una promesa: “tras más de dos décadas de espera, el Volumen 1 y el Volumen 2 en una única película, presentada tal y como Tarantino la concibió desde el principio, con una nueva secuencia de anime nunca antes vista”.

La secuencia de anime se presentó después de casi diez minutos de créditos finales de la obra principal y, en la sala, sin embargo, nadie se fue. Como si se reafirmara que, en los tiempos de lo corto y lo viral, hay un público en busca de todo lo contrario: la profundidad, la contemplación, el deseo de degustar una gran historia, de perderse en su universo y, también, de alguna forma, ser parte de él: en la sala había espectadoras disfrazadas de Uma Thurman; entraron con espadas.

La historia está tan bien contada que sus casi cinco horas no se sienten y, al contrario de lo que se cree y se repite —en el sentido de que una película larga espanta a los espectadores—, a Cine Colombia le resultó un muy buen negocio. La mayoría entró con combos agrandados de la confitería. En el interludio, una pausa de 15 minutos, fueron por más perros y más crispetas.

En el mundo editorial también hay apuestas a contracorriente. Penguin Random House y su colección Debate acaba de lanzar ‘He decidido declararme marxista’, más de 1500 páginas reunidas en dos volúmenes con las crónicas del periodista Jon Lee Anderson, la mayoría publicadas en The New Yorker, que, al contrario de lo que se insiste —“la gente no tiene tiempo para leer”—, se están agotando en las librerías. Como si el público estuviera insinuando algo.

En el periodismo también sucede. Hace unos días leí un reportaje sobre el gran presente de revistas que sobrevivieron al celular, muchas de ellas aún con ediciones impresas, y, aunque de temáticas distintas, comparten cosas en común: el tiempo que se toman para sus artículos, la calidad de los mismos y la profundidad que persiguen. Por eso, son sus lectores quienes las sostienen. Una de ellas es la Revista 5W, donde firmas como Martín Caparrós publican extensos reportajes.

En el plano local, algo similar ocurre con este diario. Un lector me preguntó, emocionado, si era cierto que el periódico Q’hubo volvía al ruedo, y en papel. Cuando se lo confirmé, dijo: “Esa es una gran noticia para Cali y el Valle del Cauca. Como lector, me hace retornar la esperanza de que los periódicos que nos cuentan nuestra realidad van a permanecer”.

Tal vez no se trate de una nostalgia por el pasado ni de una resistencia romántica a lo digital. Quizá lo que estos fenómenos revelan es algo más simple: cuando una historia es buena, el tiempo deja de percibirse como un costo y se vuelve una inversión emocional. El problema no es la duración, sino la saturación de contenidos que exigen atención sin ofrecer profundidad. Frente a eso, lo largo deja de ser un obstáculo y se convierte en una promesa.

Percibo entonces que algo está ocurriendo en estos tiempos de X, Instagram y TikTok, donde el contenido se consume en segundos: el público busca, necesita, algo distinto, historias que se narren con mimo.

Al parecer, Cine Colombia lo está entendiendo. En cartelera acaba de volver a anunciar películas largas, muy largas, como la trilogía de El Señor de los Anillos, que, sumadas todas, son casi 11 horas de otra historia fascinante. Las boletas ya se están vendiendo. Y agotando.

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