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La solidaridad caleña

Cali es mucho más grande que sus peleas de redes, más grande que los likes, más grande que quienes quieren convertir hasta el dolor en oportunidad para dividirnos.

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Gabriel Velasco Ocampo
Gabriel Velasco Ocampo | Foto: El País

20 de ago de 2026, 12:59 a. m.

Actualizado el 20 de ago de 2026, 12:59 a. m.

El 7 de agosto de 1956, Cali despertó en medio de una de las peores tragedias de su historia. Una carga de dinamita transportada en camiones explotó en la madrugada y arrasó parte de la ciudad. Barrios enteros fueron golpeados, miles de personas murieron o resultaron heridas y muchas familias perdieron todo. Pero entre los escombros apareció también algo que, casi setenta años después, seguimos reconociendo: cuando las cosas se ponen duras, sale la solidaridad caleña.

Aquella mañana, mientras todavía se intentaba entender la dimensión de la tragedia, médicos, sacerdotes, religiosas, scouts, socorristas y ciudadanos comunes comenzaron a auxiliar a las víctimas. La ayuda llegó después desde otras regiones y otros países: Venezuela contribuyó con vivienda para damnificados y Canadá envió casas prefabricadas. En medio de la destrucción, Cali encontró una forma de levantarse: ayudándose.

La historia parece repetirse.

El terremoto del pasado 10 de agosto volvió a poner a prueba a nuestra ciudad y al suroccidente colombiano. El dolor ha sido inmenso: familias que perdieron seres queridos, viviendas destruidas, personas que quedaron sin nada y comunidades enteras tratando de recuperar algo de normalidad. Pero casi al mismo tiempo que la tragedia, empezó a aparecer esa otra Cali.

La vimos en la Plazoleta Jairo Varela, convertida en centro de acopio en cuestión de horas. En filas de gente llegando con mercados, agua, pañales, ropa y lo que tuvieran para dar. En voluntarios cargando cajas, clasificando ayudas, organizando turnos para que todo llegara a quien de verdad lo necesitaba.

Pero quizás lo más emocionante no está en las cifras, sino en las historias pequeñas. En quien cocinó para desconocidos. En quien removió escombros con sus propias manos. En profesionales que ofrecieron su conocimiento sin cobrar un peso. En psicólogos, acompañando a víctimas y rescatistas. En familias que abrieron las puertas de su casa. En empresarios que pusieron recursos sin que nadie se los pidiera dos veces. En miles de personas que simplemente preguntaron: “¿en qué puedo ayudar?”.

Vivimos tiempos en los que pareciera que todo tiene que convertirse en pelea. Las redes sociales amplifican las diferencias, los egos, el oportunismo y la necesidad de aparecer. A veces terminamos creyendo que esa es la ciudad en la que vivimos.

Pero no.

Esta emergencia nos está mostrando otra cosa: que Cali es mucho más grande que sus peleas de redes, más grande que los likes, más grande que quienes quieren convertir hasta el dolor en oportunidad para dividirnos. Frente a una familia que perdió su casa, a nadie se le ocurre preguntar por quién votó. Cuando alguien tiene hambre, no importa cuál sea su ideología. Y cuando una persona está debajo de unos escombros, lo único urgente es sacarla con vida.

Esa es, quizás, una de las enseñanzas que deberíamos conservar cuando pase la emergencia: no esperar una tragedia para encontrarnos. Entender que somos mucho más fuertes cuando trabajamos juntos, y que cuidar la ciudad también significa cuidar a quienes viven en ella.

En 1956, entre la dinamita y los escombros, apareció esa Cali. Hoy vuelve a aparecer.

Han cambiado las generaciones, han cambiado las tragedias, ha cambiado la ciudad. Pero algo permanece intacto: cuando las cosas se ponen duras, sale la solidaridad caleña.

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