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Construir bien es cuidar la vida… 90 segundos que ponen a prueba 50 años de oficio

El miedo se apoderó de mí, pero también una sensación aguda de responsabilidad.

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Nagui Sabet, arquitecto egresado con título de doctor de la Università degli Studi di Roma (Italia, 1976) y con formación avanzada en Harvard University (1983).
Nagui Sabet, arquitecto egresado con título de doctor de la Università degli Studi di Roma (Italia, 1976) y con formación avanzada en Harvard University (1983). | Foto: Cortesía / Suministrada a El País.

20 de ago de 2026, 01:04 a. m.

Actualizado el 20 de ago de 2026, 01:05 a. m.

Por Nagui Sabet, arquitecto egresado con título de doctor de la Università degli Studi di Roma (Italia, 1976) y con formación avanzada en Harvard University (1983).

Hay momentos que no se olvidan porque no solo se viven con los ojos, sino con todo el cuerpo. El temblor del diez de agosto de 2026 en Cali fue para mí uno de esos instantes. Durante noventa segundos de eternidad, la tierra nos recordó nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Nos puso a prueba y todo aquello que construimos con conocimiento, dedicación y esperanza.

Ese lunes me encontraba haciendo ejercicio en el gimnasio de mi unidad residencial en Ciudad Jardín, al sur de Cali. Era una mañana normal como cualquier otra hasta que el suelo empezó a estremecerse. Vi cómo dos edificios frente a mí se balanceaban como péndulos. Las ventanas vibraban, el ambiente parecía suspendido y el tiempo perdió su medida. El miedo se apoderó de mí, pero también una sensación aguda de responsabilidad.

Pensé en todas aquellas familias, vecinos y amigos, los que habitan en mi unidad, y quienes depositaron su confianza en aquellos que en algún momento hicieron bien su trabajo de construir con total y absoluta responsabilidad los edificios de nuestra unidad. Algunos en otros lugares de Colombia no corrieron con esa misma suerte.

Como arquitecto, esa imagen me tocó de una manera especial. No veía solamente edificios moviéndose; veía años de oficio, decisiones técnicas, reuniones con ingenieros, normas revisadas, planos corregidos y responsabilidades asumidas. Veía, sobre todo, vidas humanas. Porque detrás de cada muro, escalera, columna y cimentación hay personas que merecen seguridad, respeto y dignidad.

Cuando terminó el movimiento y comprobé que los cinco edificios del conjunto resistieron un sismo de magnitud 7,4, sentí un alivio inmenso. En ellos viven 98 familias. Como diseñador del proyecto, no sentí un orgullo superficial, sino una gratitud íntima y silenciosa. Gratitud porque cada decisión tomada con rigor, cada consulta técnica, cada exigencia normativa y cada profesional escogido con seriedad habían tenido sentido. Ese día confirmé que la buena arquitectura e ingeniería no se miden solo por la belleza o el costo de una obra, sino por su capacidad de proteger la vida cuando más se necesita.

Durante casi 50 años he estado al frente de mi taller de arquitectura y siempre he abierto sus puertas a pasantes y recién egresados. Lo he hecho con la ilusión de enseñarles no solo a diseñar, sino a pensar con ética. Muchos han comprendido con el tiempo que esta profesión no consiste únicamente en crear espacios atractivos, sino en asumir una enorme responsabilidad social. Cada proyecto es una promesa de cuidado; cada plano debe llevar técnica, pero también conciencia humana.

Lo ocurrido en Cali duele. Duelen las pérdidas, las viviendas afectadas y las familias marcadas por el miedo y la incertidumbre. Pero también creo en la fuerza de esta ciudad, en su gente y en su capacidad de levantarse. Reconstruir no significa solo reparar estructuras; significa recuperar confianza, fortalecer la conciencia ciudadana y recordar que la seguridad empieza mucho antes de poner el primer ladrillo. Por eso insisto en escoger profesionales idóneos, respetar las normas municipales, cumplir con la sismoresistencia y aplicar correctamente los códigos de evacuación. La vida debe estar siempre por encima del costo del diseño o de la construcción.

Después de ver edificios moverse ante mis ojos, esa convicción dejó de ser solo profesional para convertirse también en una verdad profundamente personal. Construir ciudad no es solo levantar edificios. Es formar profesionales éticos, ciudadanos responsables y familias conscientes de que el respeto por las normas, por los demás y por el entorno empieza en casa. La verdadera solidez de una sociedad no está únicamente en el concreto ni en el acero; está en los valores que transmitimos, en la responsabilidad que asumimos y en la manera como cuidamos la vida de quienes comparten con nosotros esta ciudad.

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