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La radio que no escuchamos

De todos los medios tradicionales, la radio es el que menos audiencia ha perdido en la era digital.

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Eduardo Hernández Incháustegui.
Eduardo Hernández Incháustegui. | Foto: Cortesía para El País.

22 de mar de 2026, 12:25 a. m.

Actualizado el 22 de mar de 2026, 12:25 a. m.

La conversación no duró más de veinte minutos, pero me dejó pensando durante varios días. Un veterano de la radio colombiana, con décadas en el oficio y una memoria prodigiosa de lo que este medio ha sido y sigue siendo en el país, me explicó algo que, en retrospectiva, parecía obvio, pero que yo nunca había visto con tanta claridad: en Colombia, la radio no es un medio en decadencia. Es un medio centralizado. Y esa diferencia importa más de lo que parece.

Llegué a esta industria desde fuera, con los prejuicios que carga cualquier observador formado en el ecosistema digital. Asumía, como muchos, que la radio era un capítulo cerrándose lentamente. Los números me corrigieron.

Colombia es una anomalía en el continente. Según Asomedios, alrededor del 20% de la inversión publicitaria del país se destina a la radio. En el resto de América Latina, ese promedio no supera el 5%. Con más de 700 emisoras comerciales activas, este medio no está retrocediendo: está reconfigurándose. El Estudio Continuo de Audiencia Radial confirma que los niveles de penetración se mantienen estables y, en ciertos segmentos, crecen. De todos los medios tradicionales, la radio es el que menos audiencia ha perdido en la era digital.

Pero detrás de esos datos hay una realidad más compleja. Las grandes cadenas nacionales operan con una lógica centralizada: el control editorial y de programación está en Bogotá, y las regiones reciben señal de manera selectiva y, generalmente, limitada. Lo que sucede en Cali, en el Valle del Cauca, en el Pacífico, encuentra poco espacio en las parrillas que se construyen a 450 kilómetros de distancia. Los temas que tocan de cerca la vida cotidiana de esta ciudad y su región navegan con escaso airtime en el dial nacional.

Esto crea un vacío. No uno técnico, sino uno democrático. La radio sigue siendo el medio que llega donde el internet no llega, el que acompaña las madrugadas de los transportadores, las mañanas de los tenderos, las tardes de quienes trabajan con las manos. Ignorar esa brecha es ignorar a una parte sustancial de las audiencias que merecen cobertura propia, no el reflejo atenuado de una agenda construida en otro lugar.

El fenómeno tiene otra dimensión: los municipios. Cuando las cadenas nacionales les dan paso a las regiones, esos minutos rara vez alcanzan para las historias de los pueblos. La radio comunitaria y local existe, pero con recursos limitados y alcance fragmentado. El resultado es que vastas zonas del suroccidente colombiano escuchan mucho ruido y muy pocas respuestas a sus preguntas concretas.

La pregunta que me queda es directa: si la radio en Colombia todavía convoca millones de oyentes y concentra una fracción desproporcionada de la inversión publicitaria, ¿por qué seguimos tratándola como un medio de segunda categoría en las conversaciones sobre el futuro del periodismo regional? ¿Quién llena el vacío que deja una señal que llega pero no habla del territorio que recibe?

Desde El País llevamos tiempo mirando este espacio con atención creciente. No como espectadores, sino como actores que entienden que la cobertura regional debe ir donde está la gente, en los formatos que la gente usa. La radio en Colombia no es nostalgia. Es infraestructura democrática. Y eso merece seguimiento serio.

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