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El ballet y la invención de la belleza escénica

El cuerpo del bailarín se convierte en una prolongación visible de la partitura, haciendo perceptible aquello que en la música permanece invisible.

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Rodrigo Obonaga Pineda.
Rodrigo Obonaga Pineda. | Foto: El País.

20 de may de 2026, 02:26 a. m.

Actualizado el 20 de may de 2026, 02:26 a. m.

Pocas manifestaciones artísticas han alcanzado la sofisticación estética y la permanencia histórica del ballet. A través de más de cinco siglos, esta disciplina ha encarnado una de las aspiraciones más profundas de la cultura occidental: convertir el movimiento humano en poesía visible. El ballet no es únicamente danza; es una síntesis de música, teatro y emoción dramática, una arquitectura del cuerpo concebida para transformar la escena en un territorio de belleza ideal.

Sus orígenes se remontan a las cortes italianas del Renacimiento, donde las celebraciones aristocráticas incorporaban espectáculos que combinaban danza, canto y representaciones alegóricas. Aquellas ceremonias llegaron a Francia gracias a Catalina de Médici, pero sería durante el reinado de Luis XIV cuando el ballet alcanzaría su verdadera institucionalización. El Rey Sol, apasionado bailarín y protector de las artes, fundó en 1661 la Academia Real de Danza, estableciendo las bases técnicas del ballet clásico. En este proceso desempeñó un papel decisivo Jean-Baptiste Lully, compositor de la corte y figura fundamental en la integración de música, danza y espectáculo teatral. Desde entonces, la terminología universal de esta disciplina permanece en francés, reflejo de su consolidación en la corte de Versalles.

Durante el siglo XVIII, el ballet comenzó a independizarse de la ópera y adquirió autonomía dramática. Coreógrafos y teóricos defendieron la idea de que el movimiento podía expresar emociones sin necesidad de palabras. Esta evolución desembocó en el gran fenómeno artístico del siglo XIX: el ballet romántico. En una Europa fascinada por el misterio y lo sobrenatural, las bailarinas se transformaron en figuras etéreas, suspendidas sobre las puntas de sus pies y envueltas en delicados vestidos blancos que sugerían una existencia casi espiritual.

La Sílfide, estrenada en 1832 con coreografía de Filippo Taglioni, inauguró esta sensibilidad romántica. Más tarde, Auguste Bournonville realizó en 1836 una nueva versión con música de Herman Severin Løvenskiold, considerada hoy la única que ha sobrevivido íntegramente. Pero fue Giselle, presentada en París en 1841, la obra que alcanzó la síntesis perfecta entre virtuosismo técnico y profundidad emocional. En esta etapa, el cuerpo del bailarín dejó de ser solo técnica para convertirse en vehículo de expresión interior.

Aunque Italia y Francia fueron las cunas del ballet, su esplendor clásico se consolidó en Rusia durante el Siglo XIX. San Petersburgo se convirtió en el gran centro de la danza gracias al coreógrafo Marius Petipa, quien desarrolló un lenguaje escénico de extraordinaria precisión y monumentalidad. En colaboración con Piotr Ilich Chaikovski, creó algunas de las obras más importantes del repertorio universal.

El lago de los cisnes se convirtió en el símbolo por excelencia del ballet clásico. A esta obra se suman La bella durmiente y El cascanueces, ambas con música de Chaikovski, donde la danza y la música alcanzan una armonía excepcional. También destaca Coppélia, ballet de 1870 con música de Léo Delibes, que introdujo una atmósfera más luminosa y teatral, marcada por el humor y la fantasía. Dentro de este repertorio sobresale igualmente Don Quijote, con música de Ludwig Minkus y coreografía de Petipa, inspirado en la obra de Miguel de Cervantes. Estas creaciones consolidaron la idea del ballet como un espectáculo total donde música, danza y escenografía forman una unidad inseparable.

En el ballet, la música no acompaña simplemente el movimiento: lo vive. El cuerpo del bailarín se convierte en una prolongación visible de la partitura, haciendo perceptible aquello que en la música permanece invisible. Cada salto o giro traduce el tiempo sonoro en forma corporal. Desde el lirismo de Chaikovski hasta las rupturas rítmicas de Ígor Stravinski, la historia del ballet revela una búsqueda constante de armonía entre sonido y movimiento.

El Siglo XX transformó profundamente el lenguaje de la danza. Serguéi Diáguilev y sus Ballets Rusos revolucionaron la escena europea al integrar música, pintura y coreografía en una concepción moderna del arte escénico. En este contexto colaboraron figuras como Pablo Picasso y Vaslav Nijinsky. Entre estas innovaciones destaca La consagración de la primavera, estrenada en 1913 con música de Stravinski, cuya intensidad rítmica provocó uno de los mayores escándalos artísticos de la historia y rompió con la armonía clásica tradicional.

En el desarrollo posterior del Siglo XX, coreógrafos como George Balanchine, Maurice Béjart y Pina Bausch ampliaron el horizonte del ballet hacia nuevas formas de abstracción y exploración emocional. Paralelamente, intérpretes como Anna Pavlova y Rudolf Nuréyev elevaron el ballet a una dimensión global.

Hoy el ballet continúa siendo una de las expresiones más altas del arte escénico. Las grandes compañías preservan el repertorio clásico mientras la creación contemporánea explora nuevas posibilidades del movimiento. Más allá de sus transformaciones históricas, el ballet conserva su esencia: la búsqueda de una belleza que une disciplina y emoción, música y silencio, cuerpo y espíritu.

El ballet continúa fascinando incluso en una época dominada por la velocidad y la fragmentación visual. Frente al ruido contemporáneo, la danza clásica conserva la capacidad de transformar el movimiento en contemplación y el gesto en una experiencia espiritual de la belleza. En la precisión de cada figura y en la armonía entre música y cuerpo persiste una de las aspiraciones más profundas del arte: hacer visible, aunque sea por un instante, una forma superior de sensibilidad humana.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.

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