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Democracia, populismo y autoritarismo

El debate electoral ha tomado la forma de un aplastamiento del adversario, con algunos matices de acuerdo con la opción escogida.

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Alberto Valencia Gutiérrez | Foto: El País

20 de may de 2026, 02:25 a. m.

Actualizado el 20 de may de 2026, 02:25 a. m.

Colombia pasa por tener unas de las democracias más antiguas y sólidas del continente latinoamericano, porque no tuvimos dictaduras militares ni gobiernos populistas, en la época de su auge, como los que conocimos en los países del Sur. En contrapartida, posee una relativa estabilidad institucional, solo alterada por la presencia de elevadas tasas de violencia, la cual, así suene extraño, ha sido funcional al mantenimiento del orden, hasta el punto de que algunos líderes no están interesados en ponerle fin porque garantiza su vigencia política.

La democracia como régimen político requiere de (1) la presencia de un Estado fuerte que monopolice efectivamente el uso legítimo y simbólico de la fuerza; y de (2) la existencia de una ‘comunidad política’, un ‘nosotros’, que defina un sentido de pertenencia y de nación. Ambos aspectos han sido precarios en nuestra historia institucional. Ante estas carencias, la paradójica estabilidad institucional se la debemos, en contrapartida, a la vigencia histórica de los partidos Liberal y Conservador durante 150 años (1849-1998).

Todos los esfuerzos por poner fin a los partidos políticos fracasaron durante varias décadas. Gaitán quiso reemplazar la división partidista por una oposición entre oligarquías (liberales y conservadoras) y pueblo (liberal y conservador). Rojas Pinilla quiso introducir la idea del binomio Pueblo (liberal y conservador) y Fuerzas Armadas. La Violencia de los años 1950 fue un duro revés para el prestigio de estas colectividades como consecuencia de los crímenes atroces que se cometieron en su nombre. Sin embargo, la ‘partida de defunción’ para el bipartidismo solo llegó con la Constitución de 1991, que transformó las formas de hacer política. Aun así, los partidos, como alternativas exclusivas y excluyentes, sobrevivieron hasta las elecciones de 1998, cuando triunfó por primera vez una coalición.

La lenta desaparición del bipartidismo y el auge inusitado de la violencia a finales de los años 1990 abrieron la vía para la irrupción de dos realidades relativamente nuevas en la vida colombiana: el ‘giro autoritario’ de Álvaro Uribe en 2002 y el populismo de derecha y de izquierda del uribismo y del petrismo, durante las décadas que van corridas del Siglo XXI. El autoritarismo y el populismo, de los que nos habíamos salvado en el siglo anterior, se instalaron por la vía de gobiernos civiles, elegidos democráticamente. El populismo, perversión de la democracia, comparte con ella la reivindicación del pueblo, pero con la condición de inventarle enemigos internos y externos: las Farc, las oligarquías, el ‘castrochavismo’.

Y en esta breve sinopsis de la historia nacional llegamos a 2026, a la víspera de unos comicios en los cuales las opciones autoritarias y populistas aparecen como las alternativas electorales más viables. Los sectores de centro han quedado relegados a un segundo plano. El debate electoral ha tomado la forma de un aplastamiento del adversario, con algunos matices de acuerdo con la opción escogida. El peor de los mundos.

La principal tarea del momento, por el contrario, sería construir un país incluyente y una ‘comunidad política’ en la que todos quepamos. ¿Tendremos que esperar cuatro años más? ¡God save Colombia! Pero el Dios de los colombianos parece ausente y lejano.

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Posdata. Esta columna es el resumen del artículo ‘Del bipartidismo al autoritarismo y el populismo en la Colombia de hoy’, que aparece en la edición n.º 118 de Foro (Revista de la Fundación Foro Nacional por Colombia), que el lector puede descargar gratuitamente por Internet con solo escribir esta denominación (pp. 16-24).

Profesor Departamento de Ciencias Sociales Universidad del Valle e investigador del Cidse desde 16 de mayo de 1977. Doctor en Sociología de la EHESS de París. Fue Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas y director de los programas de pregrado, maestría y doctorado en Sociología. Escribe para El País desde 1998.

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