Columnista
La locura, otra visión
Tal vez la verdadera locura no sea salirse del molde, sino vivir sin cuestionarlo.
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23 de feb de 2026, 01:50 a. m.
Actualizado el 23 de feb de 2026, 01:50 a. m.
Hace años leí el libro ‘Historia de la locura en la época clásica’, escrito por Michel Foucault, una obra que retrata el pulso y los nervios de una civilización intensa, marcada por las vicisitudes y una cruda realidad de los hechos humanos a lo largo de la historia. Los llamados ‘locos’ de entonces llevaban una existencia errante: las ciudades los expulsaban de sus recintos, se les prohibía el acceso a la iglesia y, en ocasiones, eran azotados públicamente. Se les relacionaba con la luna, de ahí el término ‘lunáticos’.
En los siglos XVI, XVII y XVIII, eran encerrados en hospitales y establecimientos dedicados al confinamiento, considerado entonces una forma de curación. A mediados del Siglo XVIII se pregonaba que ese era su lugar natural, por lo que quedaban excluidos de la vida social. Durante la Edad Media prevaleció la idea de que la locura era una manifestación del pecado o un signo de posesión demoníaca, y que debía expulsarse mediante penitencias, castigos físicos y exorcismos.
A finales del Siglo XIX se abandonó el término ‘locura’ por considerarse despectivo y comenzó a usarse la expresión ‘enfermo mental’ y, más recientemente, ‘trastorno mental’. En los años sesenta del Siglo XX surgió el movimiento de la antipsiquiatría, que cuestionaba los tratamientos utilizados para la llamada locura, en un contexto de crecimiento acelerado del uso de medicamentos psicofármacos como antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos. Se señaló entonces el riesgo de una excesiva medicación y de tratamientos empíricos sin suficiente base científica.
En la época moderna, los trastornos mentales se consideran enfermedades, lo que ha contribuido a disminuir el menosprecio y el estigma hacia quienes los padecen. En contraposición a antiguas creencias, algunos investigadores difundieron la idea de que estas personas podían ser especialmente inteligentes y creativas, y que muchos encontraron refugio en el arte y la literatura. Sin embargo, con el tiempo se concluyó que el trastorno mental no convierte a nadie en más creativo; de ser así, estaríamos rodeados de figuras como Van Gogh o de los llamados poetas malditos. Aun así, la locura, en todas sus formas, ha sido y sigue siendo una fuente inagotable de inspiración artística.
Actualmente existen estudios contradictorios y la mayoría no establece una asociación directa entre trastorno mental y creatividad. Lo que sí puede afirmarse es que el arte, en sí mismo, es una forma de terapia que permite canalizar emociones y conflictos, provengan de un cerebro sano o de uno enfermo. Esta reflexión surge también de mi contacto con personas con trastornos mentales, quienes en más de una ocasión me han dicho que quizá el loco soy yo y no ellos, porque la sociedad no siempre los comprende.
En la sociedad contemporánea, a veces llamamos ‘locos’ a quienes se atreven a pensar distinto. Sin embargo, muchas de las ideas que hoy admiramos nacieron de personas incomprendidas en su tiempo. Tal vez la verdadera locura no sea salirse del molde, sino vivir sin cuestionarlo. Una sociedad sana no es la que silencia a sus ‘locos’, sino la que aprende a escucharlos.
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