¿El fin de la Monarquía?

Septiembre 10, 2022 - 11:50 p. m. 2022-09-10 Por: Francisco José Lloreda Mera

El triste fallecimiento de la Reina Isabel II de Inglaterra, luego de 70 años de reinado, es momento propicio para dialogar sobre las monarquías como organización del Estado. A juzgar por el reconocimiento mundial a su legado pareciera que al menos en el Reino Unido perdurará, también en Europa y en otras regiones donde se encuentra arraigada. Pero dependerá de la dignidad que le impriman, pues los súbditos también se cansan.

Entre muchas clasificaciones, hay monarquías teocráticas, absolutas, constitucionales y parlamentarias. En la primera el poder recae en una sola persona quien se considera de origen divino, independiente del nombre: Dalái, Emir o Papa. Entre los Estados que con variaciones en su gobierno encajan en la categoría están el Tíbet hasta la expulsión del Dalái Lama en 1959, el Emirato Islámico de Afganistán desde 2021, y el Estado Vaticano.

En las absolutas también el poder recae en una persona, imponga o no una religión. Son vitalicias o hereditarias y no hay división del poder. Quedan pocas: Arabia Saudí, Brunei, Catar, Omán y Suazilandia. Pero han sido la regla en la historia, ejemplos: Tutankamón en Egipto, Julio César en Roma, Alejandro Magno en Macedonia, Luís XIV en Francia, los Reyes Católicos en España, Nicolás II en Rusia, incluso Moctezuma en el Imperio Azteca.

Es decir, las monarquías son la forma más antigua y persistente de gobierno. En aquella época se creía que los monarcas eran descendientes directos de los dioses; tenían poder divino para gobernar. Si bien en distintos Estados aún se considera así, a partir del Siglo XVIII algunas monarquías han evolucionado, trasladando total o parcialmente el poder al pueblo. Es el caso de las constitucionales y parlamentarias, como la del Reino Unido.

La monarquía en el país anglosajón se remonta al Siglo X al consolidarse los reinos de Escocia e Inglaterra. Desde entonces, distintas dinastías han reinado: de la Casa de los Esturados de Escocia a la de los Tudores de Inglaterra -recuérdese a Enrique VIII- hasta la Windsor, que reina desde 1837, cuando la Reina Victoria, la tatarabuela de Isabel II, gestó el poderoso Imperio Británico y abrió las puertas a la monarquía constitucional.

Isabel II, como se sabe, no estaba en la línea de sucesión. La abdicación por amor de su tío, Eduardo VIII y, la muerte prematura de su padre, Jorge V, la hizo reina a los 25 años. Vio pasar 14 primeros ministros desde Churchill hasta Truss, la II Guerra Mundial, la llegada del hombre a la luna, la independencia de la India, la caída de la Unión Soviética, el auge de China como potencia, la revolución digital, y la peor pandemia desde 1918.

Pese a no ser santa de la devoción de algunos por su relación con la princesa Diana y con el nuevo Rey, Carlos III, se ganó el respeto de los británicos y a nivel internacional. El suyo no fue un reinado protocolario en el sistema de gobierno parlamentario. Ejerció a cabalidad sus funciones como Jefe de Estado y Comandante de las Fuerzas Armadas, y le dio estabilidad al Reino Unido. Confianza en su presente y futuro, sin un escándalo.

Es ahí donde surge la duda de si en realidad la monarquía está llamada a desaparecer. Hoy hay 43 en el mundo, de todo tipo, la mayoría constitucionales o parlamentarias con mayor o menor acento religioso y reverencial. El legado de Isabel II apenas empieza a dimensionarse y con este da un nuevo aire a algunas monarquías, al menos en Europa. Ojalá los escándalos personales y de corrupción en las familias reales no minen su credibilidad y confianza. Los tiempos cambian, también la paciencia de los gobernados.

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