Columnistas

Oda al cine

Quisiera poder explicarles a las nuevas generaciones la magia y la fascinación que el cine tuvo para los de mi generación...

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Antonio Joaquín García.
Antonio Joaquín García. | Foto: El País.

12 de ene de 2026, 01:38 a. m.

Actualizado el 12 de ene de 2026, 01:38 a. m.

Desde que tengo memoria, mi relación con el cine ha sido una sola: un amor incondicional, heredado de mi padre, quien junto a mi tío Joaquín Pablo —mi padrino, a quien debo mi nombre y que siempre fue nuestro protector, tanto en lo económico como en lo afectivo—, fundaron en Cereté el teatro Iris a finales de los años cuarenta. Las proyecciones eran los viernes y los sábados en la noche.

El teatro era al aire libre y, además, una muestra de gente visionaria: hacer un teatro en un pueblo que no tenía energía eléctrica era una vaina verdaderamente macondiana.

Posteriormente, cuando me trasladé a Cartagena para estudiar el bachillerato, mi padre me consiguió un pase para ir gratis al cine en el Teatro Cartagena y en el Teatro Rialto. A lo largo de los años he convivido con el llamado séptimo arte. En Popayán asistí al mítico Teatro Popayán con mi noviecita y, aprovechando la oscuridad, nos dábamos unos besos tiernos que no podíamos permitirnos por la vigilancia cercana de la suegra, quien incluso en la sala de la casa no se despegaba ni para ir al baño. El cine era, pues, además de entretenimiento, alcahueta del sublime amor.

La semana pasada, cuando estuve en la Ciudad de México, recordé que siempre visitaba los estudios Churubusco Azteca, el corazón de la época de oro del cine mexicano. He pasado largas horas en sus instalaciones, recorriendo momentos memorables de la historia del cine de ese país.

Para mí, el cine es un lugar mágico donde todo es posible; un maravilloso refugio para escapar de una realidad que no siempre ofrece algo mejor. Es el espacio donde los sueños y las fantasías más descabelladas se vuelven realidad. Quisiera poder explicarles a las nuevas generaciones la magia y la fascinación que el cine tuvo para los de mi generación y, prácticamente, para todas las generaciones que crecimos en buena parte del siglo XX.

¿Cómo explicarles la adoración casi religiosa que sentimos por las estrellas de la pantalla cinematográfica, que entonces eran etéreas e inalcanzables? Dioses y diosas de un mundo mágico, fábrica de sueños, instrumento de manipulación de masas y de penetración cultural que ha logrado sobrevivir a todas las amenazas que ha enfrentado. A pesar de todo, el cine todavía permanece entre nosotros, aunque ha cambiado; creo que nunca volverá a ser lo que fue.

Sin embargo, el cine es —lo considero— un arte y una industria populosa que hoy ha sido reemplazada en gran parte por el cine en casa y las plataformas digitales actuales, que casi siempre nos acompañan en la soledad. Hoy nos hace falta la compañía, la cercanía, esas veces en que íbamos con la “gallada” y, al salir, comentábamos la película; incluso, si era del Enmascarado de Plata, “El Santo”, hasta nos poníamos a luchar haciendo el amague.

En esos teatros estaba el inefable voceador, con su voz musical y su pregón: “¡Chito, gaseosa, gaseosa, maní, dulces y crispetas!”. Alguna vez alguien dijo que el tamaño de una ciudad podía medirse por el tamaño de sus cines y teatros. Éramos muy atentos cuando se presentaban los “cortos” o tráilers de las próximas películas.

El rito de asistir cada ocho días al cine llegó y se quedó para siempre en nuestras mentes y en nuestros corazones.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Columnistas

Muni Jensen

Columnistas

Tres escenarios

Columnistas

Un difícil 2026