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Meter bien el dedo

Se rumora que existirá la trampa, que en algunas regiones del país, esas apartadas sin Dios ni ley o con la sola ley de la selva y el miedo, sus habitantes se verán obligados o ‘persuadidos’ de cómo votar y por quién

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Aura Lucía Mera
Aura Lucía Mera | Foto: El País.

3 de mar de 2026, 01:49 a. m.

Actualizado el 3 de mar de 2026, 01:49 a. m.

Hasta 2007 para votar se metía el dedo en tinta roja y quedaba el dedo manchado unos días; era como el carnaval del dedo rojo. Algunos, como siempre, metían la pata, pero se sabía quién había votado y quien no. Existía una especie de vergüenza el tener los dedos intactos el día de las elecciones y los posteriores.

Ahora son asépticas la huella dactilar en la mesa de votación y el bolígrafo. Hay tarjetones sin fotos de los candidatos y, si se carece de memoria numérica (este es mi caso), pues toca llevar los números escogidos escritos en la palma de la mano, el antebrazo o en cualquier parte para no poner la cruz donde no es; un verdadero calvario. Además, cuando se llega a la mesa señalada, miradas sospechosas, como si fuéramos delincuentes o con una bomba en el bolsillo.

Si la famosa cruz se sale del marco, un poquito, pues el voto es nulo. Si el bolígrafo no pinta bien y uno repinta, pues también es nulo. Yo salgo del escenario siempre como las mujeres de Almodóvar: al borde de un ataque de nervios.

Ya el domingo llega el día señalado. La consulta es fácil. La tengo clara y voy por Claudia López. Se me enredan los senadores y representantes, la mayoría, pertenecen a la casta de los ‘mangantes’ del Estado y les interesa el sueldo y los serruchos. Esas caras sonrientes en las vallas, llenas de promesas, mienten. Son como el queso que se le pone al ratón para que después se lo coma el gato, el tigre, el lagarto o el enemigo oculto, pero acechante.

Ya estoy memorizando los números de mis escogidos pero, por si acaso, también los escribiré en la palma de la mano. Se rumora que existirá la trampa, que en algunas regiones del país, esas apartadas sin Dios ni ley o con la sola ley de la selva y el miedo, sus habitantes se verán obligados o ‘persuadidos’ de cómo votar y por quién, y el que desobedezca mejor que mi diosito lo coja confesadito.

Eso de “bien confesadito” me recuerda la última enfermera que tuvo mi mamá; una beata pálida, que en vez de estar pendiente de ella, se la pasaba todo el día rezando el rosario con una camándula café. “Señora: es para que su mamá se vaya bien despachadita”. Sobra decir que cuando a mi mamá se le infectó una llaga, la despachadita fue la pálida con rosario incluido, quien por milagro se salvó de que no la tirara por el balcón.

Retomo el tema. No nos arrepintamos después. Como van las cosas serán finalistas el tigre de ultraderecha y el león de la izquierda. Ambos peligrosos para este país polarizado y enfermo emocionalmente. Sugiero, meter el dedo o señalar con la cruz a los más normalitos, los más objetivos, los que no se dejarán meter el dedo al ojo, los que sí quieren trabajar por el Valle. Amén.

¡Hasta el próximo martes, cuando todo esté consumado!

Periodista. Directora de Colcultura y autora de dos libros. Escribe para El País desde 1964 no sólo como columnista, también es colaboradora esporádica con reportajes, crónicas.

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