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El mejor Icfes de Bogotá es un ciudadano habitante de calle
“Mi sueño es darles a mi mamá, a mi hijo y a toda mi familia la satisfacción de ver que este viacrucis que vivieron no fue en vano. Demostrar que sí se puede salir adelante”, Jonathan Vergara.
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23 de may de 2026, 11:57 p. m.
Actualizado el 23 de may de 2026, 11:57 p. m.
Desde un mirador del edificio La Flauta, en el antiguo Bronx del centro de Bogotá, Jonathan Julián Vergara señala hacia la calle. Justo donde hoy está el Centro de Talento Creativo, una edificación en la que se capacitan estudiantes del Sena, relata, quedaba la temible L. Así se conocía la zona ubicada junto a la Plaza de Los Mártires, en el barrio Voto Nacional, que llegó a convertirse en el principal expendio de drogas de la ciudad. Nadie podía entrar allí sin autorización de los ‘Sayayines’, hombres armados que custodiaban el negocio del microtráfico.
—Yo estuve perdido en esas calles durante semanas —dice Jonathan, quien en esta mañana de miércoles es nuestro guía por los distintos servicios de atención para habitantes de calle.
En Bogotá, diferentes entidades, entre ellas el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Ministerio de la Igualdad y la Alcaldía, pusieron en marcha una estrategia llamada Construyendo Dignidad, que busca dignificar a quienes viven en la calle. Los nombran con una expresión que lo cambia todo: ‘ciudadanos habitantes de calle’.
—Yo fui uno de ellos —dice Jonathan. Hoy es el mejor Icfes de Bogotá en la modalidad flexible, dirigida a estudiantes que acceden a alternativas educativas distintas a los colegios tradicionales. En su caso, hizo parte del proyecto Cipreia, una especie de colegio para ciudadanos habitantes de calle. Dentro de un rato lo visitaremos.
Por ahora cuenta su historia. Nació en Bogotá hace 35 años, y el acento lo confirma. Desde muy niño, a los 8 o 10 años, conoció las drogas en el barrio El Amparo, junto a Corabastos, en Kennedy.
—La gente es trabajadora, pero el problema eran las ollas de consumo y todo ese entorno. Yo terminé cayendo en eso por las amistades. Probé sustancias sin saber en lo que me estaba metiendo.
Jonathan vivía con su mamá y cuatro hermanas. Pasaba largas horas solo mientras ella salía a vender tarjetas de presentación, almanaques y factureros. De su padre no sabe nada. Ni siquiera le dio el apellido.
A los 11 años inició su primer proceso de rehabilitación. Durante un tiempo estudió y retomó la vida familiar, pero en noveno grado recayó por la influencia de los amigos.
Dejó el colegio y trabajó como cotero en Corabastos. También recicló. Poco a poco comenzó a vivir en la calle. En total permaneció allí seis años. Hasta que un 31 de diciembre, sentado solo en un parque y soportando el frío de la noche, sintió nostalgia al ver a las familias reunidas para celebrar la llegada del nuevo año. Pensó en su hijo, Julián David, y decidió buscar ayuda en los programas del Distrito.
Allí lo invitaron a terminar el colegio y a prepararse para presentar las pruebas Icfes. El próximo primero de agosto ingresará a la Universidad Javeriana para estudiar Ecología. La universidad le otorgó una beca del 90 % gracias a sus resultados académicos; la Alcaldía cubrirá el porcentaje restante. Mientras tanto, continúa guiando a los periodistas por los servicios destinados a los ciudadanos habitantes de calle.
Solo en el Bronx existe una casa donde pueden bañarse y desayunar. Esta mañana el menú es tamal. Más adelante, en el mismo sector, funciona el colegio. Y cerca del aeropuerto se encuentra el hospedaje social. Son dos edificios que envidiaría cualquier universidad del país. Allí hay habitaciones con camarotes para quienes han avanzado en su proceso de salir de la calle. Durante el día estudian o trabajan como guardas de seguridad, auxiliares o cocineros.
Las obras fueron concebidas durante la administración de Enrique Peñalosa, continuadas por Claudia López y fortalecidas ahora por Carlos Fernando Galán. Cuando una ciudad tiene gobernantes que no se dedican a pelear entre sí ni a desmontar lo que hizo el anterior, se me ocurre, los resultados se notan.
—Mi sueño es darles a mi mamá, a mi hijo y a toda mi familia la satisfacción de ver que este viacrucis que vivieron no fue en vano. Demostrar que sí se puede salir adelante. Me veo graduándome y entregándoles el diploma —dice Jonathan mientras caminamos por el Bronx.
En Bogotá hay alrededor de diez mil habitantes de calle. La Alcaldía invierte cerca de 80 mil millones de pesos al año en su atención. Pero la pregunta es otra: ¿cuánto invierte Colombia para evitar que un ciudadano termine viviendo en la calle? ¿Qué prioridad tienen la salud mental, la prevención del alcoholismo y las drogas o la atención de la violencia intrafamiliar? Algo no se está haciendo bien en una sociedad donde quienes habitan la calle se cuentan por miles.
Por fortuna hay esperanza. La historia de Jonathan confirma que es posible salir de allí.
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