Columnistas
Escritura y lectura
Hay que saber para qué, qué leer, escrito por quién, cuál es su bibliografía, y cómo leerlo.
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16 de jul de 2026, 12:23 a. m.
Actualizado el 16 de jul de 2026, 12:23 a. m.
Aproximadamente en el 3500 aEC. los sumerios inventaron la escritura en Mesopotamia (actual Irak) la que pasó a ser un pilar fundamental de la humanidad, al permitir registrar el conocimiento y las ideas, y dejar de depender de la oralidad y la memoria, inaugurando la historia y sentando las bases para el desarrollo de la ciencia, las leyes y la civilización misma. Y, ya con la imprenta moderna, inventada por el alemán Johannes Gutenberg alrededor de 1440 en Maguncia (actual Mainz en Alemania) ha sido indispensable para todos los grandes inventos posteriores, y los desarrollos científicos, económicos, sociales, políticos y culturales. Por eso es tan importante leer libros, pero hay que saber para qué, qué leer, escrito por quién, cuál es su bibliografía, y cómo leerlo.
Por ejemplo, ya en la tercera década del siglo XXI, y debido a amenazas globales, como el cambio climático, las guerras y el mal uso de la inteligencia artificial, AI, el título del libro de Jonathan Haidt ‘La hipótesis de la felicidad’, 2006, llama la atención, pero es su subtítulo ‘La búsqueda de verdades modernas en la sabiduría antigua’ lo que lo hace interesante; además su autor es un reconocido psicólogo social y profesor de una importante universidad norteamericana. En su prólogo, escrito por Mago More (conferenciante, presentador, empresario, escritor y humorista español) este dice que el libro de Haidt: “No inventa una nueva teoría sobre la felicidad; rescata las mejores de los últimos tres mil años y las somete a la lupa de la ciencia moderna” (p.10).
En la conclusión (las que hay que leer, salvo en las novelas, luego de las introducciones, y sólo después el texto completo) Jonathan Haidt afirma que: “la naturaleza humana y las condiciones que hacen posible la satisfacción necesitamos tanto de las enseñanzas de las religiones antiguas como de los descubrimientos de la ciencia moderna […] aprender la una de las otras y […] dejar de lado las diferencias irreconciliables.” (p. 320). Y concluye afirmando que: “Si perseguimos una sabiduría equilibrada, antigua y moderna, oriental y occidental, incluso progresista y conservadora, estaremos en posición de tomar decisiones vitales que nos conduzcan a la satisfacción de tomar decisiones vitales que nos conduzcan a la satisfacción, la felicidad y el sentido.” (p. 321).
Sin embargo, como ya lo había advertido Jonathan Haidt un poco antes (p. 320) en la conclusión de su libro, es fundamental entender todo lo que implica que “cada cultura es experta en cierto aspecto de la existencia humana, pero ninguna puede serlo de todos”. Por consiguiente es todo un despropósito pensar que todo país es solo una sola cultura, en la medida en que esta se entienda que, tal como la define la UNESCO, es el conjunto de conocimientos, creencias, arte, leyes, costumbres y hábitos que adquiere el ser humano como miembro de una sociedad; y que abarca todo lo que compartimos, desde el territorio y nuestra identidad y lenguaje hasta las formas de vida y tradiciones y costumbres que se transmiten sucesivamente de generación en generación.
En Colombia, por ejemplo, es su diversidad cultural, en tanto conocimientos, creencias, arte, leyes, costumbres y hábitos, lo que lleva a la discriminación económica, social y étnica; justamente la que alimenta su polarización política. ¿Qué hacer, quién ser y cómo vivir? se pregunta Jonathan Haidt, y como él lo afirma: “Hoy en día, pocas de las posibles fuentes de la sabiduría son disparates, y muchas son indiscutiblemente ciertas” y concluye citando a Shakespeare: “No hay nada bueno o malo; es el pensamiento el que lo convierte en lo uno lo otro”. Y para concluir la escritura de esta columna sobre la lectura de un recomendable libro, y como ya lo dijo Cervantes: “No hay libro tan malo que no tenga algo bueno” (El Quijote, P.I, C. III) ni columna, hay que agregar.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.
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