Columnistas
En defensa de la lentitud
Frente a esta situación, pocas voces se levantan para contradecir el desatino.
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3 de may de 2026, 12:45 a. m.
Actualizado el 3 de may de 2026, 12:45 a. m.
“Antes mi prioridad era madrugar y ser muy eficiente. Ahora mi prioridad es descansar el mayor número de horas nocturnas y hacer muy despacio las primeras actividades de la mañana. Me preparo una fruta y un café y me siento frente al computador a escribir, lo que para mí equivale a una meditación. En la medida de lo posible no acepto compromisos temprano. Solamente después del sosiego inicial matutino, hago un poco de ejercicio y cerca del mediodía inicio algunas actividades profesionales…”
Esto escribía en defensa de la lentitud a la que tenemos derecho los mayores de edad y como parte de uno de los capítulos de mi próximo libro sobre el envejecimiento saludable. En esas estaba, cuando llega a mi celular una estadística de la Organización Mundial de la Salud: “Uno de cada dos personas en el mundo hace comentarios críticos o tiene actitudes discriminatorias contra las personas de edad”. Uno de los cargos es “su lentitud”.
El edadismo o sea la discriminación por la edad ocurre especialmente con relación a las personas mayores, que son desaprobadas por ser “lentas, sordas, cegatonas, tercas, miedosas, repetitivas, aburridoras, no entienden las cosas y hay que repetirles todo varias veces”.
Esta intolerancia con las limitaciones de los mayores no es un invento. Es real, se constituye en una verdadera plaga y se ha normalizado pues a medio mundo le parece que las críticas a este grupo son perfectamente justificadas y normales. Las hacen todos los días, en todas las circunstancias, y son pocos los ancianos que se libran de ese trato.
Uno de los problemas de la discriminación es que no siempre es evidente. Es disimulada y se adorna con justificaciones: “Es por tu bien, mi viejo. Es mejor que te quedes en casa, porque sacarte es un riesgo, te puede pasar algo, un resfrío, una caída, una mala decisión…”, etcétera. La arbitrariedad se lleva a cabo a través de pequeños detalles, ‘puyas’ o actitudes y más comúnmente en forma de comentarios egoístas de algunos parientes que cuidan más su propia comodidad, que las necesidades del anciano.
Frente a esta situación, pocas voces se levantan para contradecir el desatino. Los más jóvenes convenientemente se olvidan que en su momento la carga pesada, fueron ellos. Y que los “viejos insoportables” del presente, fueron por muchos años apoyo incondicional permanente y guía generosa, cuando ellos eran pequeños.
Lo que corresponde es tener un poco de imaginación para encontrar los aspectos positivos que con seguridad se encuentran escondidos detrás del cansancio y las limitaciones, y disfrutar de la compañía de personas que han culminado un largo camino. Entender que después de haber superado todas las etapas del ciclo vital, llegó el momento en el cual esta persona tiene todo el derecho a ser amada, respetada y apoyada con la misma generosidad que, el/ella, entregaron décadas atrás.
Y comprender que además de la compañía sin críticas, ni exigencias, debemos darle la bienvenida a sus momentos de aislamiento en soledad silenciosa y permitirle disfrutar de este último tramo, a la velocidad que la persona quiera y pueda.

Carlos E. Climent es médico de la Universidad del Valle y psiquiatra de la Universidad de Harvard. Durante30 años trabajó en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad del Valle, y durante 20 se desempeñó como miembro del Panel de Expertos en Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud.
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