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El que acompaña, asiste y ayuda

Las obras de la inteligencia: pensamiento, verdad, ciencia, creatividad, cultura, son manifestaciones del Espíritu Santo.

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Todo lo que defiende, cuida y protege la vida: paternidad, maternidad, belleza, personalización, resurrección, es obra del Espíritu Santo. | Foto: Bernardo Peña

10 de may de 2026, 01:41 a. m.

Actualizado el 10 de may de 2026, 01:41 a. m.

Por: Pbro. Germán Martínez R., vicario episcopal para la educación

Domingo 10 de mayo, domingo sexto de pascua, Día de la Madre. En la proclamación de la palabra, en el evangelio de este día resuena un término griego, referido al Espíritu Santo: Parakletos: el que acompaña, asiste, ayuda, sostiene, aboga, aconseja, intercede, el que ilumina el proceso interno de la fe. El poder o la fuerza que actúa en los seres humanos se llama espíritu. Por eso decimos que el que sabe hacer obras de arte tiene ‘espíritu artístico’; el que sabe jugar, tiene ‘espíritu deportivo’; el que sabe investigar, tiene ‘espíritu científico’, etc.

El Espíritu Santo es Dios mismo, que actúa poderosamente por amor. El Espíritu Santo es el amor de Dios, que obra cosas grandes. Las obras de la inteligencia: pensamiento, verdad, ciencia, creatividad, cultura, son manifestaciones del Espíritu Santo.

Las expresiones del amor: noviazgo, amistad, matrimonio, compasión, misericordia, bondad, piedad, solidaridad, perdón, unidad, son obra del Espíritu Santo. Las formas de liberación del mal: Dominio de sí, control de sí, castidad, desinterés, desprendimiento, generosidad, servicio son obra del Espíritu Santo. Todo lo que defiende, cuida y protege la vida: paternidad, maternidad, belleza, personalización, resurrección, es obra del Espíritu Santo.

Por el contrario, donde no obra el Espíritu de Dios hay envidia, avaricia, ira, violencia, desorden moral y muerte. Jesús, el Hijo de Dios entre nosotros, tenía en sí el Espíritu Santo y obraba con la fuerza del Espíritu divino. No tenía confusiones ni dudas sobre Dios; estaba seguro de que Dios era su Padre, hacía siempre su voluntad, por eso decía: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a cabo su obra”, (Juan 4,34). No tenía desórdenes morales, por eso interrogaba a sus enemigos: “¿Quién de ustedes puede probar que yo he pecado? Si les digo la verdad, ¿por qué no me creen?”, (Juan 8,46). Tenía clara su misión en el mundo; afirmaba: “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia”, (Juan 10,10). Y encima, por tener la plenitud del Espíritu, lo prometió a quienes creyeran en él: “Yo rogaré al Padre y les dará otro Consolador para que esté siempre con ustedes. Es el Espíritu de la verdad”, (Juan 14,16-17).

A los cincuenta días de su resurrección, Cristo, el Señor, envió el Espíritu Santo a los Apóstoles que estaban en oración junto con María (Hechos 1,14), y ellos se transformaron de débiles en fuertes, de ignorantes en sabios, de tímidos en anunciadores de Cristo. La recepción del poder del Espíritu Santo es el Sacramento de la Confirmación, que convierte a los bautizados en testigos de Dios ante el mundo. No por casualidad nuestras madres nos enseñaron a orar, y se preocuparon siempre porque hiciéramos la Primera Comunión y recibiéramos la Confirmación. No echemos en saco roto la gracia del Espíritu.

Mensaje escrito por el Arzobispo de Cali y sus obispos auxiliares para los lectores de El País.

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