Columnista
Chao, Pacho querido
Cali perdió en dos semanas a dos enormes: Aura Lucía Mera y Pacho Piedrahíta. Dos vacíos gigantes que tenemos los caleños...
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12 de abr de 2026, 01:14 a. m.
Actualizado el 12 de abr de 2026, 01:14 a. m.
“Algo está pasando, Vane”, me dijo José Agredo, el camarógrafo que estaba conmigo en el parque natural Jean Lafitte, en el estado de Louisiana, Estados Unidos, muy cerca de Nueva Orleans; es un pantano fabuloso, de gran riqueza natural, al que Francisco Piedrahíta había llegado persiguiendo el wood duck, que -luego me explicó- es el patico de madera de las pinturas country y él, loco por las fotos y los pájaros como siempre, lo quería fotografiar. Pero se perdió en esa jungla y llevaba ya cinco días desaparecido.
El camarógrafo y yo estábamos agotados. El ambiente era húmedo e hirviente; sudoroso, pero, sobre todo, incierto.
Esa mañana nos habían dicho que cinco días bastaban para suponer lo peor, y que, a pesar de los perros de búsqueda, del equipo humano y de la determinación para encontrarlo, la espesura imponía sus límites, y se hacía casi imposible sobrevivir en tales circunstancias. Nos habían dicho que ese día era definitivo.
Yo salía del baño, de echarme agua en la cara para apaciguar el calor. Dormíamos en un hotelito cercano, pero realmente estábamos metidos en el parque todo el tiempo y nos pasábamos la noche especulando, hablando, esperando noticias de Pacho e imaginando la angustia de su familia. Su hijo Esteban ha sido especialmente cercano a mi familia, a mi hermano Alejandro y a mí. Y crecimos todos con ese dolor de la muerte de su hermano Gabriel en el vuelo 965 de American Airlines, en 1995, que tanto entristeció a mi Cali del alma. Nos hemos acompañado en las alegrías y los dolores.
Por eso, en cuanto supe que Pacho estaba perdido, viajé a Nueva Orleans para hacer lo que sé hacer: contar a través de la prensa lo que ocurre, con la esperanza de ayudar.
Efectivamente, algo estaba pasando ese mediodía. Los rescatistas corrían de un lado al otro: Pacho había aparecido. Luego me contó en el hospital en el que se recuperó, que sobrevivió tomándose sus propios orines y comiendo las hojas de unas planticas que tenía alrededor. Era un valiente. Un determinado. Un explorador. Un estudioso. Un hombre genial, comprometido con la educación e incontenible en sus convicciones y deseos de ver un pájaro más; un lugar más.
Desde esa supervivencia, nos seguimos viendo esporádicamente en mis visitas a Cali y le consultaba mucho cuando necesitaba una voz sensata que me explicara algo que no entendía. Por todo eso me dolió tanto su partida.
La gente se muere cuando toca, no cuando uno lo espera. Eso lo aprendí con el fallecimiento de mi padre y desde entonces me quedó el corazón roto, como deben tenerlo Esteban -mi querido Esteban-, Claudia, la esposa bella e incondicional de Francisco Piedrahíta, y todos los que tuvieron la posibilidad de quererlo y conocerlo. Cali perdió en dos semanas a dos enormes: Aura Lucía Mera y Pacho Piedrahíta. Dos vacíos gigantes que tenemos los caleños: la responsabilidad de honrar y perdurar a través de sus legados para seguir construyendo la ciudad que soñamos.
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