Morir bien

Morir bien

Diciembre 03, 2018 - 11:00 p.m. Por: Carlos E. Climent

La columna del Padre Alfonso Llano Escobar (El tiempo, septiembre 6/2018) a raíz de su cumpleaños 93 con el título ¡Señor, que acabe bien! recuerda (a manera de despedida) la importancia de cuidarse mucho de una equivocación en el último y trascendental tramo de la vida. Apartes de la misma:

"Ya diviso tierra firme. Falta el último trayecto (cielo). El más delicado sin duda alguna, el más difícil y el más expuesto a tentaciones de toda clase. Quiero llegar a la meta. Por eso le pido diariamente al Señor que me dé la gracia de arribar a buen puerto. Un naufragio aquí sería fatal…El final revela la calidad de la persona: si es de oro, plata, cobre u hojalata. Jesús reveló en la última etapa de su vida, la calidad divina de su persona la pasión y muerte en cruz…me llevo en el alma una enorme satisfacción de haber logrado la misión de sembrar conciencia y despertar del sonambulismo a tantas generaciones que dormitaban aún en lo agitado de este mundo terreno…"

La muerte es la última etapa de la vida. Un período, a veces breve, a veces prolongado, pero que no da muchas oportunidades para corregir errores. Es por ello que hay que atender la sabia recomendación de no menospreciar los riesgos de las desviaciones en esa etapa, porque podrían llevar a malas decisiones que conducen a caminos que la persona nunca hubiera querido recorrer como culminación de su vida.

El tomar el camino equivocado está determinado con frecuencia por las fallas del juicio que ocurren muchas veces por los rasgos patológicos y conflictivos de la personalidad y que en conjunto van llevando a la persona a dejarse abrumar por un trajinar compulsivo o a desgastarse en batallas intrascendentes. Con lo cual llega al final de la vida con asuntos pendientes que siguen haciéndole mucho daño y que explican lo poco preparada que está para enfrentarse a la muerte.

Los asuntos pendientes son entre muchos otros: las ambiciones que siguen desbordadas, las heridas sin sanar, los secretos sin confesar, los resentimientos, los odios y los deseos de venganza y las deudas sin pagar. Al respecto de estas últimas, las inmateriales son de mucha mayor trascendencia ya que de ellas nadie se libra, pues el juicio final se encarga inexorablemente de cobrarlas. La preparación para la muerte no se hace por decreto ni por la lectura de documento alguno.

En la experiencia clínica, aquellos que llegan mejor preparados a la vejez y por lo tanto pueden mirar de frente la perspectiva de su propia muerte, son los que lo hacen a través de un proceso de maduración que lleva a la persona a: *Interesarse más en asuntos espirituales que en ambiciones materiales. *Superar viejas rencillas y aceptar su responsabilidad en los resentimientos a los que ha estado aferrada tercamente por mucho tiempo. *Enfrentar la adversidad con humor y ser capaz de burlarse de sí misma. *Comprender que la vida es imperfecta y que vejez no es sinónimo de deterioro. *Experimentar más placer en dar que en recibir, que es la esencia misma de la generosidad.

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