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Brillando con el alma rota

Para cada hermano colombiano que hoy camina entre los escombros tras el devastador sismo, este es un recordatorio de que la historia no termina bajo el polvo de lo que cayó.

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Federico Arellano
Federico Arellano | Foto: El País.

21 de ago de 2026, 02:22 a. m.

Actualizado el 21 de ago de 2026, 02:22 a. m.

Cuando la inspiración, o al menos la motivación para escribir un editorial semanal, se ve desvanecida por las nubes de polvo que dejan los escombros y las ruinas de un desastre de proporciones incalculables —como el del 10 de agosto—, es el momento de solidificar la fe y convertir la esperanza en el objetivo. Hay que tener firmeza de sentimiento y serenidad de espíritu para aportar desde esta tribuna, con una columna empapada de congoja, que sume en momentos de tanta desolación y aturdimiento.

Alguna vez me regalaron un pin (broche), luego de que un buen amigo, en vista de una etapa difícil de mi vida, me invitara a unas sesiones muy edificantes de las cuales aprendí mucho; tanto, que hoy recuerdo ese tiempo y lo tomo como medida de reconstrucción y estímulo para esta nota. Aquel pin, debajo de la leyenda que hoy sirve como rótulo de lo que están leyendo, proponía un precioso versículo de la Biblia. Esta cita, contenida en el Salmo 46, es concluyente, porque nos exhorta a seguir a pesar de la adversidad; incluso «aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón del mar».

Otras parábolas que considero oportunas y aplicables al valeroso acto de brillar con el alma rota están en los Salmos 34 y 42, y en la Segunda epístola a los corintios. Y aunque sobrevengan los cuestionamientos acerca del Poder Superior y su bondad, su capacidad de tutela y su aparente permisividad sobre los hechos naturales desastrosos, Dios es bueno y siempre lo será, así se hagan presentes las paradojas y la pregunta: «¿por qué permitiste que nos pasara esto?». Estos son, incluso, cuestionamientos de personas no solo creyentes, sino de un muy recto proceder que, en teoría, no deberían ser destinatarios de un dolor desmedido como el que ha prodigado el devastador sismo en nuestro país. Yo reformularía la pregunta: «¿por qué no me podía pasar a mí?». ¿Acaso qué tanto de especial tengo como para que no me pasara, o cuál es mi condición de superioridad para estar exento? A mi juicio, el primer cuestionamiento es hablar desde el ego; siempre vendrá mejor —y las consecuencias así lo demuestran— hablar desde la humildad y el principio de realidad de la fragilidad y vulnerabilidad humanas.

Colombia se estremece, pero no se quiebra. Para cada hermano colombiano que hoy camina entre los escombros tras el devastador sismo, este es un recordatorio de que la historia no termina bajo el polvo de lo que cayó. Aunque la tierra rugió con fuerza despiadada y en un instante cambió el destino de miles de vidas en el Chocó, el Eje Cafetero, Cali, Pereira y Manizales, hay una promesa eterna que permanece firme. Hoy, hermano colombiano, óyelo bien: ¡estás brillando con el alma rota!

Haberlo perdido todo en lo material no significa haberlo perdido todo en el espíritu. Las manos solidarias de todo un país se están uniendo para levantar, piedra a piedra, la esperanza que el cataclismo no pudo destruir. El alma está rota hoy por el luto y la pérdida, pero esa misma grieta es el lugar por donde la luz del estoicismo y el amor divino se manifiestan con más fuerza.

No estamos solos en este desierto. Levantemos los ojos al cielo; volveremos a abrazar, a sonreír y a edificar nuestros feudos. La reconstrucción de Colombia empieza en la fe inquebrantable y en los corazones de valía que se niegan a rendirse.

Muchas veces me pregunté: «pero ¿mi papá quién me lo paga?». Jamás habrá dinero, ni bienes, ni reparaciones económicas, simbólicas ni de ninguna clase que «paguen» el dolor de una pérdida en situaciones de tragedia, vengan de donde vengan. Guardadas proporciones, mi tragedia también me ha roto el alma, y no solo fue por el mero hecho del homicidio de mi progenitor, sino por la desgracia familiar que se desató en torno a ello. Pero les puedo decir que, por más difícil que sea la situación —y así suene a cliché—, se puede brillar, sumar y ser mejor persona desde la gratitud, la fe y el amor, aún con el alma rota. Y esto, a título de recompensa, sin estar pretendiéndola, trae consigo la mejor de las retribuciones: esa paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7) y que permite que podamos trabajar, producir, ser mejores y más humanos. Es ahí, justo ahí, cuando, mirando por el retrovisor —no para sufrir, sino para revisar y hacer el análisis—, decimos: «ahora entiendo», y aquella pregunta que nos hacíamos va a quedar resuelta. Aquí todo empieza a cobrar sentido, las piezas comienzan a encajar y esa sensación es un deleite en Dios; el bálsamo que permite suspirar positivamente; no sollozar desde la profundidad del dolor. Es un proceso y crecer duele, pero los pasos hay que darlos.

Creo profundamente en la capacidad de un pueblo que históricamente ha enfrentado retos tremendos de múltiples clases: usurpaciones, desastres naturales, violencia narcoterrorista, violencia política, administraciones depredadoras en desmedro de los asociados, desilusiones estatales e injusticia de quienes deben ser justos; y esto, apenas por citar algunas de las cicatrices que nos ha dejado el honor inmenso de ser patriotas colombianos. Las situaciones calamitosas no nos definen. Hoy nos define el presente solidario y reconstructivo de nuestra raza muisca estoica, que, de la mano de Dios, esta vez también saldrá adelante.

Seguiremos honrando a quienes ya no nos acompañan en nuestro camino, el cual pedalearemos con más fuerza inspirados en su legado amoroso.

Para los creyentes, Dios da una tranquilidad sobrenatural que no depende de los problemas; la cual supera cualquier explicación lógica, filosófica, científica o, simplemente, humana, para proteger el corazón y la mente de la angustia.

No olvidemos que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.

Vamos que vamos, mi amada patria poderosa. Lo mejor está por venir. Por ahora, sigamos brillando con el alma rota.

Mi plegaria, respeto, solidaridad y admiración con las víctimas.

Abrazo cálido. Seguimos trabajando.

@muiscabogado

Abogado bogotano de 48 años. Egresado de la Universidad Sergio Arboleda, especialista en Derecho Comercial y Financiero, DDHH y DIH. Asesor, consultor, litigante en asuntos de derecho público y privado desde hace 24 años. Defensor de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

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