El cristo que quiero

No me identifico con los clavos y la sangre. Ese no es mi Cristo.

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29 de mar de 2021, 11:40 p. m.

Actualizado el 18 de may de 2023, 03:01 p. m.

No me gustan los cristos crucificados. No me gustan los cristos guardados en los conventos ni las iglesias. En los museos admiro el arte, como en el Cristo de Velázquez en El Prado donde me puedo pasar horas contemplándolo. Cuando pienso en Jesús siempre lo imagino con su túnica, alegre caminando por la arena o sentado en alguna roca conversando con sus amigos, compartiendo su mensaje de amor o reflexionando solitario, dándole la mano a alguien, charlando con María Magdalena, riéndose con su madre o fustigando iracundo los mercaderes profanadores. Siempre vivo. No me identifico con los clavos y la sangre. Ese no es mi Cristo.

Busco para esta columna un Jesús como el mío, y lo encuentro. No sé si es casualidad o algo más profundo. Me emociono y por eso lo transcribo. Lo encontré en un poema de Gabriela Mistral, esa poeta que partió en dos la poesía latinoamericana y que muchos nos hemos quedado con sus rimas infantiles sin escarbar a fondo su obra.

Le cedo la palabra...

- “Yo necesito una imagen de Jesús el Galileo
Que refleje su fracaso intentado un mundo nuevo.

Que conmueva las conciencias y cambie los pensamientos.

Yo no lo quiero encerrado en iglesias ni conventos
Ni en casa de una familia para presidir sus rezos
No es para llevarla en andas cargada por costaleros.

Yo quiero una imagen viva de un Jesús hombre sufriendo
Que ilumine a quien le mire, el corazón y el cerebro.

Que den ganas de bajarlo de su Cruz y del Tormento.

Ni que con ojos de artista, sólo contemple un objeto
Ante el que clame admirado: ¡Qué torturado más bello!

- “Vaya a buscarlo en las calles, entre las gentes sin techo,
En hospicios y hospitales, donde haya gente muriendo.

En los centros de acogida, en que abandonan los viejos,
En el pueblo marginado, entre los niños hambrientos,
En mujeres maltratadas, en personas sin empleo.

Pero la imagen de Cristo no la busque en los museos,
No la busque en las estatuas, en los altares ni templos.
Ni siga en las procesiones los Pasos del Nazareno.

No lo busque en la madera, de bronce, de piedra o yeso.

Mejor busque entre los pobres
¡Su Imagen de carne y hueso!”

Estoy emocionada. Jamás lo había leído. Ni sabía que existía. Fue como si una mano misteriosa me llevara hasta él. Este es mi Cristo, ese Jesús que es mi amigo, ese revolucionario del amor y de la igualdad. Ese que se enfrentó a los corruptos, a los soberbios, a los que trafican con el dolor y acumulan poder y riqueza, a los que hacen trizas la paz donde los muertos del pueblo no cuentan, se convierten en cifras.

Ese Jesús de Nazareth que fue amigo de las mujeres y las hizo respetar.
Ese Jesús que no tiene nada que ver con el machismo de su Iglesia ni el boato de sus prelados, ni la pederastia, ni los líderes que se santiguan y queman libros y condenan y juzgan.

Ese Nazareno es el mío. No el sangrante en una cruz, derrotado y muerto. No el del culto a la muerte ni al castigo, si no el que ayuda, comprende y nos guía de su mano. ¡Un Mesías de esperanza. No de dolor! Un Maestro que nos enseñó a “Hacer camino al andar”.

Periodista. Directora de Colcultura y autora de dos libros. Escribe para El País desde 1964 no sólo como columnista, también es colaboradora esporádica con reportajes, crónicas.

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