¿Entre gustos no hay disgustos cuando se habla de cine?
El creciente fenómeno cinematográfico del gusto por las producciones de narrativas básicas y modelos repetidos, arroja cifras millonarias a sus productores y deja cada vez más frustrado al público del otro tipo de cine.
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10 de may de 2015, 12:00 a. m.
Actualizado el 20 de abr de 2023, 02:01 a. m.
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El creciente fenómeno cinematográfico del gusto por las producciones de narrativas básicas y modelos repetidos, arroja cifras millonarias a sus productores y deja cada vez más frustrado al público del otro tipo de cine.
Que la saga de Rápido y Furioso haya llegado a la séptima versión y que siga rompiendo los records que tuvieron sus antecesoras es más preocupante que sorprendente.
El fenómeno se repite no solo en este país, sino en cuanto lugar la presenten. La gente acude por oleadas a ver otra de las aventuras de la pandilla que hace carreritas en diferentes lugares del mundo. Esta vez podríamos pensar en el valor agregado que puede tener esta versión, que se convirtió en la última protagonizada por Paul Walker y que murió hace más de un año, justo mientras rodaba esta película.
La promesa entonces de ver por última vez al actor y de incluso poder ver su imagen animada en las últimas secuencias, acrecentó la expectativa de una película que desde antes de su llegada a la cartelera, ya estaba vendida en la gran mayoría de sus funciones.
Por este o por el motivo que hayan tenido sus seguidores, esta saga que tuvo sus orígenes en el 2001 y que, por obvias razones, se ha ido transformando, nos lleva a una reflexión obligada a los que amamos el cine y que con frustración observamos cómo nuestras alternativas de sala se ven anuladas ante la invasión de la bendita producción. No exagero al decir que en los complejos de cine de esta ciudad, la cartelera es poco equitativa y es normal encontrarse que de 14 salas, en 10 proyecten lo mismo.
Entonces, ¿será acaso que el público prefiere el perro siete salsas que nos da la sensación de llenura y que solo ofrece bikinis, las fiestas y las carreras inverosímiles, a enfrentarse a un plato de trama compleja?
Muy a mi pesar debo decir que tal vez sí. Y lo que es aún peor, esto no es un mero gusto local porque una cosa es cierta: Esta producción ha sabido llegarles a muchos sin distinguir nacionalidades, estratos ni edades. ¿Pero, qué tiene esta producción que sabe vender el mismo pastel con diferente cubierta, una y otra vez?
La respuesta podría reducirse a una frase sencilla que capta la atención de quien la mira: Acción pura sobre cuatro ruedas apta para todo el público. Una fórmula efectiva para los productores y para el público que le gusta atascarse con las salsas rosada-piña-mostaza-tomate-mayonesa-queso, o traducido al lenguaje de las películas como estas: Persecuciones, chicas, los efectos, la velocidad, el ruido y el reggaetón. Y el ingrediente más importante, las violentas peleas sin sangre de por medio.
Este modelo bastante efectivo, impuesto por el director Christopher Nolan (Batman begins 2005), que con la ausencia de sangre encontró la mejor manera de hacer secuencias violentas y no censuradas. Así las cosas, durante sus siete entregas, Rápido y furioso ha sabido vender lo mismo con diferente empaque. Por eso, lo que empezó siendo una historia de una pandilla de delincuentes motorizados durante sus tres primeras entregas, cambió con el paso de los años. Poco a poco han empezado a convertirse en una especie de infiltrados, un brazo alternativo y oscuro de la ley.
Sin embargo en su última entrega (Rápidos y furiosos 7) la saga ha empezado a volcarse hacia el género policíaco. Ahora los chicos, ya mayores, lucen más como detectives que como simples jóvenes alocados que corren solo porque sí. Surgen entonces las viejas alianzas de amistad, los pactos y el deseo de defenderse los unos a los otros como la gran pandilla que siempre han sido.
En esta búsqueda y en el afán de superar siempre a las producciones anteriores, sus hacedores han empezado a perder el límite de la realidad llevando su fábula hacia lo inverosímil. Tal como pasó en su quinta entrega donde los chicos arrastran por las calles de Río una pesada caja fuerte, ahora protagonizan una persecución absurda en la que huyen de un dron (Un artefacto aéreo no tripulado) que quiere asesinarlos. ¡Y ni qué decir de aquella secuencia en que los protagonistas logran atravesar tres rascacielos por los pisos superiores montados en un carro!
Esto, que por supuesto pretende ser emocionante y mantener a sus espectadores al borde de la silla, empieza a rayar en la exageración y prende las alarmas incluso en sus más fieles seguidores, aquellos puristas que siguen prefiriendo las anécdotas de motores ronroneantes a las de acciones absurdamente fantasiosas. Pero, acaso ¿qué más se podía esperar de una película que ya lo ha explorado todo al punto que ya ni siquiera tiene como explorar su título? Parece un chiste, pero no lo es. Échele un ojo a los nombres de la saga. Rápido y furioso (1), Más rápido y más furioso (2), Rápido y furioso: Reto Tokio (3), Rápido y furioso: Aún más rápido (4), Rápido y furiosos: sin control (5), Rápidos y furiosos 6 y Rápidos y furiosos 7.
Ante tanta inverosimilitud podemos empezar a preveer el rumbo que tomará un tono similar a Misión Imposible en donde el equipo resolverá casos, desmantelará bandas y cobrara venganzas siguiendo pistas y haciendo uso de la tecnología. Eso sí, seguro seguirá resolviendo todo en carros y a toda velocidad. Un poquito más de comida chatarra.
*@kayarojas
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