CUENTO
Lea 'Sin resistencia', cuento ganador del concurso 'Letras Confinadas'
Gaceta comparte las historias ganadoras del Concurso ‘Letras Confinadas’, acompañadas por las fotografías de ciudad tomadas por Jorge Orozco.
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27 de abr de 2020, 05:02 p. m.
Actualizado el 28 de abr de 2023, 11:47 a. m.
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¿Quién puede contar lo que sucede dentro de los hogares durante una cuarentena? La Secretaría de Cultura de Cali consideró que los mejores narradores son los mismos ciudadanos. Por eso, decidió abrir el concurso ‘Letras Confinadas’, entre el 8 y el 17 de abril, tiempo durante el cual se recibieron 663 textos, en los géneros de cuento y crónica.
El objetivo principal de este concurso, mucho más importante que el premio en efectivo, era incentivar la creatividad de los caleños en un momento crítico, cuando la imaginación resulta una forma saludable de asimilar el confinamiento obligado por la pandemia del Covid-19.
Un jurado conformado por escritores y gestores culturales de la ciudad: Mayber Arturo García, Diego Armando Rodríguez, Juan Camilo Sierra y Juan Pablo Ortiz, evaluaron los escritos y eligieron cuatro ganadores, cuyos nombres se anunciaron el 23 de abril en redes sociales.
En la categoría Infantil y Juvenil, para personas entre los 9 y 17 años, resultaron ganadoras, en el primer puesto Isabela Sandoval (15 años) por su cuento ‘Sin resistencia’. En segundo lugar, Daniela Zuluaga Rosas (17 años), por su testimonio ‘Poéticamente, sobreviviendo’.
Entre los concursantes mayores de 18 años, los ganadores fueron: Jenni Valencia Alzate (36 años), por su texto ‘Adentro y afuera: crónica subjetiva de un natalicio en cuarentena’. Y con el cuento ‘Pequeño mar’, Emilio Lara Maje obtuvo el segundo lugar.
Sin resistencia
Un hombre lucha con su deseo de salir, las calles lo tientan, pero sabe que su vida depende de permanecer en su cueva. Relato escrito por una caleña de 15 años, ganadora de la categoría Infantil y Juvenil de ‘Letras Confinadas’.
Por Isabela Sandoval
“Escribir es resistir”. Leí un par de veces la frase en uno de sus libros, gracias a él empecé a hacerlo, escribía cuando estaba a punto de no despertarme para enfrentar un nuevo día, cuando sabía que a la mañana siguiente iría a dormir sin alimentar las mariposas de mi estómago; escribía, escribía sabiendo que el papel era el único que creía en las atrocidades de la vida, sobre cómo hasta un “buenos días” se aferraba a mi garganta, desgarrándola por miedo a salir.
Me encuentro navegando sobre empaques vacíos con una balsa que se asemeja a un viejo sofá, mis únicas compañeras son las moscas que vuelan por el lugar, esta mañana una de ellas traía consigo una nota dándome aliento, pidiéndome que escribiera como un náufrago y arrojara al mar de desechos las letras resultantes de mis penas, ¿penas? Fue lo primero que llamó mi atención, ¿de cuáles penas me estará hablando? Escribiré, sí, lo haré, pero no será de mis mejores escritos, porque esta vez no estoy resistiendo a nada.
Desde donde estoy a veces escucho los lamentos de los otros hombres, aquellos hombres que están en sus casas, no tienen que preocuparse por construir una armadura a base de palabras; el abogado dejará de borrar verdades para reescribir mentiras, la víctima abandonará su discurso de clemencia al asesino, dejaremos de huir de los abrazos que nos dejan una sensación pegajosa, el agente de tránsito evitará escribir miles de multas a los borrachos que ignoren la señal roja, nos salvaremos de los apretones de manos que nos hacen desear simplemente no tener manos y omitiremos las respuestas a las declaraciones de amor no deseadas; no tenemos que resistir nada, al fin y al cabo estamos en nuestros hogares, podemos ignorar a esa persona que nos saca de quicio todos los días, a ese jefe irrespetuoso que posa su mano más debajo de lo que debe o a esa mujer indiferente que alguna vez llamamos “vida”, no tenemos que resistir a nada, solo sentarnos frente a un televisor y hacer zapping mientras comemos papas fritas a más no poder, tranquilo, si no tienes para las papas fritas puedes empezar a comerte tus dedos, relájate, al fin y al cabo no sirve de nada pensar si podrás encontrar en la calle algo que comer, estamos bajo estrictas reglas, no salir.
No debemos preocuparnos, no entiendo la frustración de las personas por encontrarse en sus hogares. Cuando trabajaban suspiraban todo el día deseando regresar a sus camas, ahora están ahí sobre un colchón de plumas. ¿Por qué quieren cambiar eso por un camino de asfalto ardiente? En sus casas evitan la polución, la contaminación auditiva, visual, evitan esos olores que sueltan aquellos perros que antes pedían un poco de comida en la calle, a veces me pregunto, ¿quién les dará de comer? Pero cancelo inmediatamente esos pensamientos, estoy bajo una estricta norma, no salir, no dejar ni a mis pensamientos caminar por el sendero que recuerdo donde solía extender mis ventas. Debemos obedecer, por eso les digo, no importa si morimos de hambre encerrados en un lugar que no nos puede dar lo suficiente para respirar, una cueva en la que poco a poco se consume el oxígeno, estamos encerrados, esa es la norma, no debemos salir, ni resistir, ni esperar, no debemos hacer nada, solo quedarnos quietos, cambiando los canales, fingiendo ignorar la sombra de aquellos que pasan por la salida de la cueva porque deben hacerlo, alguien tiene que reconstruir el mundo, fingir que esas lágrimas que nos caen por nuestras mejillas, no son lágrimas, es sudor, en la cueva suele hacer mucho calor.
No hay nada que resistir, la vida es mejor aquí, no tengo que soportar ver unos labios prohibidos, carnosos, jugosos, mucho mejor que las papas fritas; no tengo que aguantar el polen molesto despertando mi alergia, no tengo que soportar las caricias tan cálidas que queman, no tengo que soportar las risas de los niños ni las chispas brillantes que sueltan.
No tengo que resistir nada, solo tengo que estar aquí, sentado frente a un televisor y hacer zapping, no puedo dejar escapar mi pensamiento de esta cueva, no puedo cuestionarme sobre por qué cada vez vuelven menos sombras, no puedo, si llego a incumplir una de las normas será un día más en esta cueva; no puedo, no puedo recordar la brisa revoloteando mi cabello, la dulce melodía del piano que tocaba mi maestro, el tambor oculto entre cada uno de los pechos de mis compañeros, no puedo, y no debo, si quiero volver a recorrer el camino con mi carro de ventas, si quiero volver alimentar a los perros no debo, por eso es mejor encerrarme en esta cueva.
Resistir, no debo resistir nada y aun así verme aquí, escribiendo, tratando de anotar mentiras que leeré luego. Las cosas funcionan de una manera simple, anoto en estas páginas mis recuerdos de las mariposas, de las gotas de oro que el cielo escurre, de los colores vibrantes del arcoíris, escribo, aunque no para resistir a penas inexistentes, si no para tratar de sacar de mi mente el deseo de rebeldía que es innato dentro de cada hombre, uso las letras y el papel como una cárcel de todos los pensamientos que me arrastran a la calle, que inundan mi olfato con el olor inconfundible de aceite rehusado, mis oídos con las voces de mis vecinas las vendedoras de chontaduro, mi boca de ese amargo pero a ratos tan entrañable sabor de los gases de los carros, necesito encerrar todo esto en algún lugar y que mejor lugar que en las letras, donde puedo escribir mentiras, leerlas y creerlas para así poder decir, ¿resistir?, ¿resistir a qué? Estoy bien en esta cueva solo debo aguardar a que no muera de hambre, porque la soledad no lo hará, ella no mata, sólo mata la ilusión, la ilusión de volver a esos brazos que nos hacen dos, por eso mismo, no pienso en nada, solo en esta cueva igual a cuando estamos olvidando a una buena amante, hablando barbaridades de nuestro antiguo amor creyendo que en una de nuestras afirmaciones dejarla fue lo mejor.
Ahora solo me queda un televisor, un control remoto y empaques vacíos de papas fritas caducadas, con un debate en mi cabeza, comer primero mi mano izquierda o derecha, creo que será la izquierda, soy diestro, cambio mejor los canales con la otra, no estoy resistiendo a nada, o eso es lo que creo hacer, solo sigo unas normas con la simple esperanza de ver de nuevo el sol nacer.

Periodista y escritor, entre sus publicaciones destaca el volumen de ensayos ‘Libro de las digresiones’. Reportero con experiencia en temas de cultura, ciencia y salud. Segundo lugar en los Premios Jorge Isaacs 2022, categoría de Ensayo.
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