La loca de la cuadra

La loca de la cuadra

Julio 09, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Me he sentado en ruana y pantuflas con una botella de Buchanan's en la montaña mágica, mi reciente casa campestre en las afueras de Villa de Leyva, a revisar las 40 cajas de papeles de mis archivos, donde constan también escritos de mis amigos por sesenta años, la mayoría de los cuales huelen a gladiolo. Debo tratar de ponerlos en orden para entregarlos a la biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, interesada en su adquisición. Estoy gozando de lo lindo con este repaso.

Encuentro en las cartas cruzadas de mi generación, sobre todo en las de la primera época, verdaderos frutos de ingenio y de esa poesía que buscábamos entronizar, donde prevalecería el episodio callejero, urbano, casero, centrado en lo banal para terminar en lo sorpresivo. Nada de episodios apoteósicos ni de lenguaje grandilocuente. Eso era para cuando la época de la Independencia.

En una epístola al poeta venezolano Ludovico Silva, tempranamente abatido por la parca, encuentro este episodio que no me resisto a compartir con los lectores, sobre todo caleños, que va a sentirlo como un cortometraje de Caliwood.

“Los vecinos del barrio obrero tienen una loca verdadera en familia. La llaman Lila. No pasa de 25, viste batas holgadas, no habla con nadie, ni con los marihuaneros de la calle de abajo cuando le espetan piropos, su gesto oscila de risueño a malencarado según la hora, aunque anda casi siempre con el pelo sobre la cara. Durante el día sube y baja la cuadra como paseando un perro que sólo ella ve y acaricia. De tarde en tarde, o sería mejor decir de mañana en mañana, nos despiertan sus alaridos conjurando al demonio que en cuerpo y alma quiere llevársela. Déjame quieta satanás que no me voy a ir contigo aunque de rodillas me lo supliques. No me jodas no me pellizques no me toques el culo, quédate en los profundos infiernos que yo voy por otro camino. Santa María, madre de Dios, líbrame de este pirobo. Y así.

Oímos cómo se rasga los vestidos y se hala el pelo. Testigos de todo esto, padre y yo nos miramos sin hacer comentario. Es una poseída, termina por decirme, por más que se rebeldice. Yo pudiera salvarla, llegué a pensar, convencido de mis poderes, pero después cómo me la quito de encima. Hoy muy temprano el alboroto era bochornoso. Hasta los buses grises de san fernando tenían que frenar ante ella arañando el piso.

Vecinos impiadosos con teléfono llamaron a la policía que llegó montada en radiopatrulla. La loca se les escapó de las garras y estuvo corriendo por la calle, cosa de media hora (es muy joven y escurridiza), hasta que fue atrapada con la bata en girones por los tres policiales y al tarro, a la celular, al fondo del foso, a la gruta, al encierro. Por la ventanilla de la puerta trasera que golpeaba con el nudillo del pulgar la loca reía y hacía visajes. Y su risa fue un contagio para toda la cuadra. Tengo que ayudarla, pensé, invocando mis poderes mentales. Cuando la justicia trató de hacer arrancar el carro y no pudo por algún desperfecto mecánico. El oficial hizo bajar a los agentes quienes empujaron la radiopatrulla sin lograr que encendiera, y la loca gritando de la risa y yo también como todos los de la casa, incluyendo a la abuela que despertaba. Hasta que el oficial pensó que con la loca adentro el vehículo no arrancaría e hizo bajarla. Entonces ella echando el hombro empujó, empujó y empujó sola, y en medio de los aplausos del vecindario la radiopatrulla encendió, se subieron los policías antes de que volviera a apagarse y arrancó velozmente mientras la loca se disparaba en contravía a toda carrera, no sin antes hacerme un guiño, entre los aplausos de los chicos del barrio, y el mío propio. Pero ¿qué era lo que pensaba decirte? Esto: que el mundo es el mundo no importa quienes lo habiten ni haya palabras que lo definan, que el hombro de una poseída puede más que una grúa, y que no se sabe en el barrio quién es más loco”.

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