Colombia
Carta a Yulitza Toloza: tanto le pidieron ser menos, que la terminaron borrando
La directora de proyectos del Observatorio para la Equidad de las Mujeres de la Universidad Icesi y la Fundación WWB Colombia, experta en violencia de género, lo advierte: ninguna mujer llega sola a una clínica estética.
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14 de jun de 2026, 08:14 p. m.
Actualizado el 14 de jun de 2026, 08:14 p. m.
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Por Natalia Escobar - Especial para El País
No sé qué pensó Yulitza esa mañana. No sé si salió de su casa con miedo, con ilusión, con afán o con esa mezcla rara de esperanza y vergüenza con la que muchas mujeres hemos pensado alguna vez en cambiar algo de nuestro cuerpo.
No sé si alguien le prometió que sería fácil, rápido, casi sin riesgo. No sé si le dijeron que era apenas un procedimiento, una cosa sencilla, una tecnología moderna. No lo sé. Y por eso no quiero inventarle una voz. Pero sí sé algo: ninguna mujer llega sola a una clínica estética.
Llega con una historia. Llega con comentarios acumulados. Con burlas, con consejos, con comparaciones, con dietas, con videos, con publicidades, con médicos en redes sociales, con influencers que muestran antes y después, con familiares que opinan sobre el peso, con pantallas que repiten todos los días que siempre hay algo por corregir.
Y esto lo digo porque yo también lo he vivido. Porque a mí también me salen publicidades. Porque yo también abro el celular y me encuentro con mujeres que dicen mostrar cuerpos “reales”, pero esos cuerpos reales tienen una luz perfecta, un ángulo perfecto, un abdomen plano, una piel sin marcas, unas piernas torneadas, unos brazos tan delgados que a veces pareciera que fueran a desaparecer. Una ya no sabe si está viendo una vida, una cámara de iPhone, un filtro, una cirugía, una aplicación, un medicamento, una rutina imposible o todo eso junto. Y una se cansa.

Se cansa de la publicidad, del comentario, del consejo no pedido, de la comparación. Se cansa de que el cuerpo propio sea siempre un tema. Debes bajar de peso. Debes cuidarte más. Estás muy flaca. Estás muy grande. Estás muy cansada. Te ves mejor así. Te verías mejor si... Eres demasiado. O eres muy poco. Parece que nunca hubiera una forma tranquila de estar en el cuerpo.
Tal vez Yulitza, como tantas mujeres, prendía la televisión y veía cuerpos delgados, rostros tensos, abdómenes planos, pieles sin edad. Tal vez salía a trabajar y en el camino veía centros estéticos, avisos de procedimientos, promociones, anuncios que prometen cambios rápidos. Tal vez abría redes sociales y encontraba consejos para bajar barriga, testimonios de mujeres que decían haber cambiado su vida, médicos que hablan con seguridad, frases de amor propio mezcladas con descuentos.
Cinco formas de adelgazar. Tres secretos para verte más joven. El procedimiento que no duele. La tecnología que moldea tu cuerpo. La nueva fórmula para verte “mejor”, que casi siempre significa verte más pequeña.
Y una quiere creer. Quiere creer porque está cansada. Porque el mundo insiste demasiado. Porque no es fácil vivir en un cuerpo que otros comentan todo el tiempo. Porque a veces una no busca ser perfecta, sino descansar un poco de la mirada ajena.

Ahí aparece una palabra como lipoláser. Lipoláser suena limpio. Suena médico. Suena moderno. Suena preciso. Suena casi inofensivo. No suena a riesgo, ni a sangre, ni a negligencia, ni a quirófano clandestino, ni a dolor. Suena a luz. Suena a tecnología. Suena a algo que pasa por encima del cuerpo y lo arregla sin hacer tanto daño. Como si la palabra ‘láser’ pudiera borrar la precariedad, la falta de información, la ausencia de controles o la irresponsabilidad de quienes venden procedimientos como si vendieran belleza en cuotas.
A muchas mujeres no les venden una cirugía. Les venden una oportunidad.
Les dicen que será rápido. Que será sencillo. Que no es para tanto. Que en unos días podrán volver a su vida, pero con otro cuerpo. Un cuerpo más aceptable. Más deseable. Más parecido al de las mujeres que aparecen en las pantallas. Más cercano a ese ideal imposible que hoy circula entre Ozempic, lipoláser, masajes reductores, proteínas, dietas, fajas, filtros, entrenamientos extremos y promesas de transformación inmediata.
Pero no todo es amor propio cuando el mundo entero te ha enseñado a mirarte mal; no todo es decisión libre cuando la decisión nace en medio de la vergüenza, ni todo es vanidad cuando una mujer ha escuchado durante años que su cuerpo está mal. Escribo esto con rabia y con tristeza, porque no quiero hacer con Yulitza lo mismo que tantas veces hacemos con las mujeres: convertir su cuerpo en objeto de conversación o usar su historia como ejemplo fácil. Pero tampoco quiero que el miedo a hablar se vuelva silencio, porque si no nombramos lo que la rodeó, la culpa vuelve a caer sobre ella.
Y ya empezó a caer. Que por qué fue. Que quién la manda. Que cómo no se informó. Que eso pasa por vanidosa. Que eso pasa por querer verse como otra. Que eso pasa por no aceptarse.

Pero durante años le dijeron exactamente eso: que debía verse como otra.
Le dijeron que era demasiado. Demasiada barriga. Demasiada carne. Demasiada edad. Demasiada piel. Demasiado cuerpo. Demasiada presencia. Le pidieron que fuera menos. Menos grande. Menos vieja. Menos flácida. Menos marcada. Menos real.
Yulitza intentó hacer con su cuerpo lo que tantas veces se les pide a las mujeres: reducirlo, corregirlo, volverlo más aceptable para los ojos de otros. Pero la exigencia de ser menos nunca termina en el abdomen ni en la cintura. Se mete en la vida entera.
Una empieza queriendo cambiar una parte del cuerpo y termina cargando con una pregunta más profunda: ¿cuánto de mí tengo que borrar para que me dejen tranquila?
Tal vez ahí está lo más cruel: primero nos empujan a cambiar el cuerpo y después nos juzgan por haberlo intentado. Primero nos venden inseguridad y después nos acusan de haber comprado la promesa equivocada.

A Yulitza la mató un relato y la mató también la avaricia de quienes aprendieron a hacer negocio con el odio que muchas mujeres sienten por su propio cuerpo. La mató esa industria que convierte la inseguridad en mercado, la vergüenza en procedimiento, el cansancio en promoción y el deseo de descanso en una trampa. La mató un país que deja crecer clínicas clandestinas mientras repite que la culpa es de las mujeres por caer en ellas.
No se trata de decir que una mujer no pueda operarse, adelgazar, maquillarse, entrenar o usar un medicamento. Sería absurdo. También sería otra forma de control. El problema es otro: ¿qué tan libre es una decisión cuando una ha escuchado toda la vida que su cuerpo está mal?
¿Qué tan libre es decidir cuando el cuerpo propio se volvió una deuda?
La violencia estética no siempre grita. A veces aparece como consejo. Como preocupación. Como chiste. Como publicidad. Como filtro. Como tendencia. Como “antes y después”. Como “te verías mejor si…”. Como “solo es un procedimiento”. Como “hazlo por ti”.
Por eso hay que hablar de Yulitza. No para juzgarla. No para convertirla en advertencia moral. No para decirles a otras mujeres que simplemente debieron saber más. Hay que hablar de ella para mirar las responsabilidades que suelen esconderse detrás de la palabra “estética”: la negligencia, la clandestinidad, la falta de control, la publicidad engañosa, la precariedad y el mercado de la inseguridad.
Tanto nos han pedido desaparecer el cuerpo de las mujeres, reducirlo, moldearlo, borrarle la edad, quitarle la grasa, esconderle la piel, domesticarle el hambre, que a veces parece que el mandato se cumpliera de la forma más brutal.
Yulitza no tendría que haber sido menos.
Tendría que estar viva.
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