En Colombia la política ya no parece una competencia entre proyectos de país, sino una disputa entre mundos distintos. De un lado, denuncias sobre supuestos planes de ingeniería electoral y propaganda digital para favorecer candidaturas. Del otro, campañas que se presentan como redentoras mientras avanzan con su propia maquinaria ideológica, narrativa, territorial y armada. Los de Paloma y su plan Júpiter. Los de Cepeda y su plan Marte.

La referencia no es astronómica, sino política. Las denuncias sobre el llamado ‘plan Júpiter’, divulgadas por RTVC, canal estatal, describen una forma clásica de política tecnificada: construir percepciones, ordenar mensajes, golpear rivales y empaquetar candidaturas. Nada especialmente novedoso en la política contemporánea. Tampoco lo es que un sector de la población tenga miedo, indignación e incertidumbre ante la actual agenda del Gobierno y su candidato.

De hecho, el programa de RTVC escarba artículos de 2008-2016 e intenta injertarlos sobre la coyuntura actual, como si el simple paso del tiempo no alterara contextos, actores ni circunstancias. Y reconoce que se trataría del mismo plan que le dio ‘el triunfo a la primera campaña de Álvaro Uribe Vélez’. La contradicción es evidente: si era estrategia política legítima ayer, ¿por qué se convierte hoy en escándalo?

Basta recordar la polémica campaña presidencial pasada alrededor de Sebastián Guanumen, entonces estratega político de Gustavo Petro y designado embajador en Chile, cuando afirmaba que “la línea ética se va a correr un poco”. En Colombia es tradicional condenar las maniobras políticas del adversario mientras se relativizan las propias. No es hipocresía, es simplemente estrategia. Sería ingenuo creer que la otra orilla llega desarmada.

Además del plan Júpiter, existe el plan Marte, el de Cepeda: polarización constante, explotación del resentimiento social, retórica de buenos contra malos, legitimación de alianzas incómodas y aprovechamiento del conflicto como combustible electoral. Los de Marte prefieren la agitación al debate, promueven una narrativa insurgente y mantienen ambiguas relaciones con quienes están alzados en armas, no por ideología, sino porque están dedicados al negocio del narcotráfico y usan el terrorismo para adueñarse del territorio físico y electoral.

El error del ciudadano consiste en creer que los de Marte encarnan la pureza y el pacto por la vida, mientras que los otros representan la perversidad absoluta. En política, casi nunca hay ángeles contra demonios, ni oligarcas contra obreros, ni terratenientes contra campesinos, sino facciones que compiten por el poder con relatos e intereses opuestos.

En la nota, el colectivo de politólogos Batalla Cultural y la Revista Raya denuncian que, dentro del plan Júpiter, empresas vallecaucanas y gremios nacionales presuntamente estarían manipulando a sus empleados con fines electorales. Pero RTVC, el Ministro de Trabajo y la nota periodística omiten que el verdadero constreñimiento electoral del suroccidente colombiano no está en los parques industriales, sino en los grupos armados que se han expandido sobre amplias zonas de la región. Tipificar el legítimo debate empresarial selectivamente como coerción y obviar el poder electoral del narcoterrorismo no es defensa de la democracia y del voto libre: es mirar el problema por el extremo más conveniente y sesgado.

Lo que no es ficción es la manipulación. Convendría preguntarles a los periodistas autores de la nota en RTVC si conocen el ecosistema transnacional de consultoría política, activismo digital y financiamiento electoral que ‘lava narrativas’ a favor de ciertas candidaturas. El verdadero periodismo investiga todo, no solo lo que confirma prejuicios. Y el fraude electoral no empieza en las urnas: empieza intentando intimidar a los contradictores antes de votar.