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Las musas y los compositores occidentales

Elementos como la voz, el ritmo, los instrumentos y la armonía no solo transmiten emociones, sino que moldean la forma en que percibimos el tiempo y el sentido de las cosas.

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Rodrigo Obonaga Pineda.
Rodrigo Obonaga Pineda. | Foto: El País.

22 de abr de 2026, 02:36 a. m.

Actualizado el 22 de abr de 2026, 02:36 a. m.

Antes de que la música fuera escrita, antes incluso de pensarse como un arte autónomo, los antiguos imaginaron que su origen no pertenecía del todo al ser humano. Lo situaron en un ámbito más alto y antiguo: el de las musas, hijas de Zeus y de Mnemósine, la memoria. Esta filiación no es un simple relato; es la expresión de una idea profunda en la que la música se vincula con el recuerdo mítico del hombre.

En la cultura griega, la música ocupaba un lugar central dentro de la formación del individuo. El concepto de ethos sostenía que los modos, los ritmos y las estructuras musicales podían influir en el carácter y contribuir al equilibrio de la vida colectiva. Tal como planteaban Platón y Aristóteles, la música no era solo entretenimiento, sino parte esencial de la educación. Aunque esta concepción no se mantiene de manera literal en la tradición posterior, su principio está en la capacidad de la música para organizar la experiencia, permanece transformado a lo largo de la historia occidental.

Este principio se manifiesta con claridad en el nacimiento de la ópera. En L’Orfeo, Claudio Monteverdi desarrolla la monodia acompañada y el bajo continuo, estableciendo una relación directa entre palabra y música. El mito de Orfeo, en su estructura musical, articula el tránsito entre el mundo de los vivos y el de los muertos, organizando el relato mediante el sonido y otorgándole coherencia expresiva. Esta búsqueda de claridad se intensifica en Orfeo y Eurídice, donde Christoph Willibald Gluck propone una reforma operística basada en la simplicidad expresiva y la continuidad dramática.

Con el Prélude à l’après-midi d’un faune (Preludio a la siesta de un fauno), Claude Debussy transforma profundamente la relación entre música y mito. Con esta obra, Debussy cambia el enfoque del mito en la música: ya no importa contar una historia, sino evocar una sensación. El eje de la pieza se traslada al color de los instrumentos y a un ritmo flexible que evita lo previsible. El fauno se convierte en una sombra sonora que aparece y desaparece, marcando el fin de la narrativa musical tradicional y el inicio de la modernidad.

Con Daphnis et Chloé, Ravel perfecciona esta idea mediante una escritura orquestal exacta y un coro que se integra perfectamente en la trama. El resultado es una Grecia ideal, construida no desde la historia, sino desde la modernidad estética. Es una obra donde la naturaleza, el movimiento y la música dejan de ser elementos separados para formar un todo armónico.

La obra de Richard Strauss introduce una dimensión distinta. En Elektra, la orquestación expansiva y el lenguaje armónico extremo convierten el mito en una exploración de la tensión psicológica, llevando la expresión a un límite poco habitual. En Ariadne auf Naxos, el contraste entre lo trágico y lo ligero muestra la capacidad del mito para adaptarse a distintos registros expresivos y estéticos.

Con Igor Stravinsky se produce una síntesis consciente del pasado, una recuperación deliberada de formas antiguas sometidas a una inteligencia moderna. En Apollon musagète, la claridad formal, la economía de medios y el equilibrio responden a un ideal neoclásico que restituye principios de orden y proporción. En Oedipus Rex, en cambio, el uso del latín, la disposición coral y la rigidez estructural configuran una forma sonora de carácter ritual, donde el mito deja de ser una historia fluida para volverse algo fijo.

Una perspectiva distinta se encuentra en la opereta Orfeo en los infiernos, donde Jacques Offenbach emplea la sátira para reinterpretar el mundo mítico. Este tratamiento evidencia que la tradición no se conserva de manera fija, sino que se transforma constantemente de acuerdo con cada contexto histórico y cultural.

A través de estas obras, vemos una idea clara: la música sirve para poner orden a lo que sentimos. Elementos como la voz, el ritmo, los instrumentos y la armonía no solo transmiten emociones, sino que moldean la forma en que percibimos el tiempo y el sentido de las cosas.

Desde esta perspectiva, la referencia a las musas debe entenderse en un sentido simbólico y no como una influencia histórica directa. Se trata de una forma de interpretar la continuidad de ciertos principios: equilibrio, proporción y claridad en la tradición musical. Bajo esta lectura, puede establecerse una relación con la obra de Bach, Handel, Haydn, Mozart y Beethoven, donde la organización formal alcanza un alto grado de desarrollo y equilibrio.

En ese mismo plano simbólico, Euterpe puede asociarse con la sonoridad de la flauta en Claude Debussy y Maurice Ravel; Terpsícore, con el impulso rítmico en Stravinsky; Calíope, con la amplitud formal en Beethoven y la arquitectura sonora en Bach; Polimnia, con la dimensión espiritual presente en Handel; y Erato, con la línea melódica de la tradición vocal. Del mismo modo, las cuerdas herederas de la lira de Apolo conservan ese ideal de claridad que atraviesa toda la historia musical.

Cuando estas músicas suenan, no se escuchan únicamente sonidos: se percibe una forma que organiza la experiencia y le otorga sentido. Las Musas, entendidas como símbolo de la creación, no pertenecen solo al pasado. Permanecen como una manera de nombrar ese instante en que la música adquiere coherencia y profundidad.

Y es en ese instante, cuando la belleza se manifiesta con claridad, donde comprendemos sin necesidad de palabras que su voz continúa viva.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.

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