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Núremberg: el juicio del siglo

La relación entre los dos personajes está marcada por la ingeniosidad y la manipulación mutua.

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Alberto Valencia Gutiérrez | Foto: El País

22 de abr de 2026, 02:33 a. m.

Actualizado el 22 de abr de 2026, 02:33 a. m.

Esta película, inspirada en el libro ‘El nazi y el psiquiatra’ del periodista Jack El-Hai (no disponible en librerías), cuenta la historia del teniente coronel Douglas Kelly, psiquiatra del Ejército de Estados Unidos, que tenía a su cargo evaluar el estado mental de veintidós miembros de la cúpula del nazismo, acusados de crímenes de guerra. El juicio se desarrolla en Núremberg, una ciudad que había sido santuario del movimiento nazi pero, a la vez, objeto de bombardeos indiscriminados por parte de los aliados desde 1940.

El psiquiatra establece relaciones con sus ‘pacientes’ pero, sobre todo, con Hermman Göring el segundo al mando después de Hitler, creador de la Gestapo, firmante en 1941 de la orden que dio inicio a la ‘solución final’ que llevó a la muerte a más de seis millones de judíos. El líder nazi es mostrado como un hombre extremadamente inteligente que, aun sabiéndose perdido, juega sus cartas para no morir ahorcado y tener la posibilidad de ser él mismo quien se quite la vida, en un acto final de ‘dignidad’.

La relación entre los dos personajes está marcada por la ingeniosidad y la manipulación mutua. El psiquiatra responde a las expectativas de sus jefes, pero al mismo tiempo establece cierto grado de empatía con el sindicado. Göring, por su parte, lo utiliza de mensajero con su familia y de proveedor del cianuro que necesita. Pero, sobre todo, entre ellos se establece un ‘drama íntimo’, elemento central de la película.

La búsqueda inicial del psiquiatra es identificar un rasgo psicológico específico para diferenciar la terrible ‘generación nazi’ del resto de la humanidad, de acuerdo con la opinión corriente. Pero rápidamente descubre que la situación era más compleja de lo que había previsto. El gran problema del juicio de Núremberg no era sólo la inexistencia de un marco jurídico internacional que permitiera este tipo de procesos, sino también la autoridad moral que podían tener los países aliados para llevarlo a cabo.

Los horrores del nazismo estaban fuera de duda. Pero, aún amparados por una posición de legítima defensa, los aliados no habían tenido empacho en bombardear de manera indiscriminada poblaciones enteras de Alemania, sin consideración alguna con la población civil para demostrar su poderío (cuatro mil toneladas de bombas sobre Dresde en 1945, por ejemplo); o en lanzar dos bombas atómicas contra Japón (250,000 muertos en Hiroshima y Nagasaki) que no tenían mucha justificación en un momento en que este país estaba derrotado.

Las conversaciones lo conducen a entender que el nazismo no era un caso aislado y excepcional, sino una actitud más generalizada de lo que imaginaba. La crueldad podía surgir en cualquier lugar y no era un atributo específico de unos en particular. El ‘mal’ hacía parte de nuestra condición humana y se encontraba más difundido de lo que creía. “Los malos no eran tan malos y los buenos no eran tan buenos”, diría Freud, aunque la doble moral que nos rige nos lleve a describir el mundo en blanco o negro y a desconocer los matices.

La película nos plantea una serie de preguntas sobre el ‘presente de guerras’ que estamos viviendo. El juicio de Núremberg es considerado como el origen del Derecho penal internacional moderno, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los Convenios de Ginebra de 1949, es decir, de un supuesto ‘nuevo orden’ mundial. Pero el verdadero asunto es que los problemas a los que ese ‘nuevo orden’ quería poner fin no se han logrado resolver.

Al final de la película aparece un epígrafe que corona su desarrollo: “para saber de lo que es capaz el ser humano”, tanto cuando agrede como cuando responde a la agresión, “sólo hay que mirar hacia atrás, a lo que ya hizo”. Y eso es lo que estamos viviendo en Ucrania, Israel, Gaza, Irán. La perfecta repetición de una situación que creíamos superada.

El nazismo no es simplemente un fenómeno del pasado, encarnado de manera puntual en unos personajes conocidos, que estuvieron a punto de destruir la civilización, sino una actitud generalizada que habita al mismo tiempo en muchos lugares, incluso en los que no lo reconocen. El teniente coronel Douglas Kelly, ante la imposibilidad de soportar lo que había aprendido, terminó su vida en la depresión y el alcoholismo; y emulando a su adversario en el acto simbólico de escoger el cianuro para quitarse la vida en 1958.

Profesor Departamento de Ciencias Sociales Universidad del Valle e investigador del Cidse desde 16 de mayo de 1977. Doctor en Sociología de la EHESS de París. Fue Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Económicas y director de los programas de pregrado, maestría y doctorado en Sociología. Escribe para El País desde 1998.

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