Los Estados Unidos de América son una nación admirable. Ningún otro país ha logrado semejante combinación de poderío económico, superioridad tecnológica y vitalidad cultural. Su producto interno bruto empequeñece a cualquier otra economía del planeta. Y no es solamente cuestión de dinero: detrás de esos números hay una maquinaria de innovación que no tiene igual en la historia humana.

Justo ahora, cuatro astronautas regresan de su sobrevuelo a la Luna, habiendo roto el récord de distancia del vuelo tripulado más lejano de la Tierra. Los astronautas presenciaron un eclipse solar desde el espacio profundo. Es la primera vez en más de medio siglo que seres humanos se aventuran a las cercanías de nuestro satélite natural.

En materia educativa, la supremacía es igualmente contundente. Universidades como Harvard, MIT, Stanford, Princeton y Columbia encabezan año tras año las clasificaciones mundiales. Ningún otro país concentra tantos centros de excelencia académica en tan variadas disciplinas, desde la medicina hasta la ingeniería, pasando por las humanidades y las artes.

El dominio norteamericano del mundo del espectáculo es absoluto. Hollywood, Broadway, la industria musical y las plataformas de contenido digital han convertido la cultura estadounidense en un fenómeno universal. No hay rincón del planeta donde no se consuman sus películas, sus series y su música.

Pero lo más admirable de los Estados Unidos es la calidez de su gente. Quien haya tenido el privilegio de recorrer sus ciudades y sus pueblos sabe que el ciudadano común estadounidense es hospitalario, servicial y de trato franco. Hay en el norteamericano promedio una disposición genuina hacia el prójimo que contrasta con la imagen dura que a veces proyectan sus gobernantes.

Visto este panorama, la pregunta se impone con fuerza: ¿Cómo puede ser que una nación tan grande y envidiable esté siendo administrada por un líder tan errático como el señor Donald Trump? Resulta paradójico que la nación más poderosa, innovadora y generosa de la Tierra esté siendo conducida por un mandatario cuyas ambiguas decisiones desconciertan al mundo entero.

El patrón de conducta se ha vuelto predecible y, justamente por eso, alarmante. Trump amenaza con aranceles devastadores, los mercados se desploman y a los pocos días se retracta diciendo que la gente estaba poniéndose un poco nerviosa. El fenómeno ha sido tan recurrente que muchas personas aseguran hoy que Trump siempre se acobarda y echa para atrás.

Los resultados están a la vista. La tasa arancelaria efectiva se disparó a niveles que no se veían en un siglo, la inflación repuntó y la confianza del consumidor se desplomó. Según encuestas recientes, apenas el 35 % de los norteamericanos aprueba su gestión. Dato revelador: entre los propios republicanos menores de 45 años, la aprobación de su manejo económico ha caído más de veinte puntos en pocos meses.

Lo verdaderamente inquietante es que ya no solamente sus detractores dudan de su capacidad. Sectores significativos de su propio partido cuestionan el rumbo que está tomando el país. La proporción de republicanos que aprueba con entusiasmo su gestión ha bajado de manera sostenida y casi tres de cada diez reconocen que sus políticas han deteriorado las condiciones económicas generales. Cuando los propios correligionarios empiezan a perder la fe, algo profundo se ha quebrado.