El pasado 14 de marzo falleció en Starnberg, Baviera, el filósofo alemán Jürgen Habermas. Tenía 96 años, escribió más de 50 libros de filosofía y sociología e infinidad de artículos de opinión sobre muy diversos temas. De él se puede decir que, además de haberse posicionado como uno de los pensadores alemanes más influyentes en los últimos 50 años, realizó en primera persona y de manera destacada lo que algunos han descrito como pensar en público, una actividad cada vez más ausente en la cultura de medios que nos invade, en la que se aparece mucho y se piensa poco.

Eso de pensar en público, dicho sea de paso, no nació con Habermas sino en el Ágora de las antiguas ciudades-estado griegas, esos espacios públicos que se fueron convirtiendo en escenarios del intercambio económico y de discusiones filosóficas y políticas. Discusiones políticas significaba por aquel entonces deliberación pública sobre el bien común de la polis, la ciudad. Vaya sorpresa: ¡hubo un tiempo en el que la política se ocupaba, no de políticos, sino del bien común!

Habermas fue un filósofo de izquierda. Como muchos estudiosos de su obra lo han señalado, fue de izquierda, pero a su manera. Su interés por profundizar en el pensamiento de Marx lo llevó a tomar distancia de la inflexible ortodoxia de los comunistas de profesión, sus presuntos herederos. En 1967 utilizó el polémico término Linksfaschismus (fascismo de izquierda) para referirse a esa izquierda radical del movimiento estudiantil alemán que tendía a imitar los métodos violentos que Europa había conocido como práctica normalizada en el fascismo italiano y el nazismo.

En lugar de adherir a la dogmática marxista, formó parte de la llamada Escuela de Frankfort, creada por sus maestros M. Horkheimer y T.W. Adorno y que desarrolló planteamientos novedosos alrededor de lo que terminó llamándose Teoría Crítica de la Sociedad, que impactó la sociología, la psicología, la estética y la filosofía política y de la comunicación, incluso la teología, como ocurrió con el teólogo protestante Paul Tillich.

La idea era que cualquier teoría que mereciera el calificativo de “crítica” estaba llamada a serlo respecto de cualquier sistema o forma de vida que no incluyera la defensa y promoción efectiva de los intereses emancipatorios del ser humano y de la sociedad.

Siguiendo a Kant, defendió la idea de que las sociedades solo progresan si en ellas la libertad crece en lugar de disminuir, y el comunismo al estilo soviético, instaurado en los países de Europa del este tras la guerra, no solo había olvidado la libertad y los intereses emancipatorios, sino que los había traicionado al minimizar libertades políticas, económicas, religiosas, culturales y estéticas. Ninguna dictadura, así sea la del proletariado, de la tecnocracia o del capitalismo salvaje, arrastra consigo el progreso histórico y la historia humana.

A Habermas le interesaron durante su larga vida todos los temas que afectan y transforman la vida social, eso que Hannah Arendt llamó la condición humana: la producción económica, la actividad política, la comunicación, la creación cultural y artística, la religión y la secularización, la paz y multilateralismo, el papel de Europa en la, la bioética, la responsabilidad de Alemania por haber comenzado dos guerras mundiales y los cambios contundentes en la cultura por la aparición y el desarrollo de las nuevas tecnologías informáticas. Fue un hombre que sabía hacerse preguntas difíciles con sinceridad y rigor intelectual.

Destaco aquí, y de manera muy breve, su aporte en el campo de la filosofía de la comunicación. Habermas nunca se creyó el cuento de que lo decisivo en la comunicación humana era la tecnología, de lo cual los mercaderes tecnológicos nos quieren convencer. Decir eso, precisamente en una época de formidables y atractivos desarrollos tecnológicos, puede parecer no solo contraevidente, suena incluso conservador o retardatario, y la verdad es que no lo es. Habermas no detestaba la tecnología, pero sabía ponerla en su lugar.

Publicó en 1962 su obra Historia y crítica de la opinión pública, y 60 años después, en 2022, repensó ese libro a la luz del impacto social y cultural de las nuevas tecnologías informáticas, y publicó Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y de la política deliberativa. La idea central es que las nuevas tecnologías y los efectos que estas de hecho tienen en la opinión pública ponen en evidencia, más que nunca, la necesidad de introducir la actitud crítica y la argumentación como motor de las conversaciones deliberativas necesarias para legitimar la democracia. Esta no se sostiene solo por el hecho de que formalmente haya elecciones.

¿Qué tipo de conversaciones tienen los ciudadanos sobre política, y con base en qué niveles de información? Preguntas como esta nos hacen caer en la cuenta de que democracia sin ciudadanos bien informados y libremente organizados puede no ser más que una farsa o una comedia.

Gracias a sus reflexiones sobre la democracia deliberativa Habermas puede ser considerado el gran teórico de la innovación de la democracia para el siglo XXI. En su propuesta, los mejores argumentos son los que deben constituirse en eje articulador de las conversaciones políticas entre ciudadanos, y también de las decisiones políticas de los gobernantes. Para algunos, dada la situación de la democracia en el mundo actual, se trata de una propuesta utópica, otros pensamos que, más que una utopía, de lo que se trata es de poner en marcha la razón práctica compartida por todos sin excepción, esa que es capaz de escuchar con atención, de conversar y deliberar con sinceridad, y de decidir con responsabilidad.