Vulgar y poco creativa, la estrategia política de algunos candidatos se ha sustentado en una ecuación ordinaria: hacer ruido y obtener votos. Aunque aparentemente sean diferentes relatos, todos cuentan una misma historia. Dos ejemplos. Ambientando el vídeo con música épica, propia de una historia de caballeros, Daniel Quintero, candidato a la presidencia, fue en agosto del 2025 hasta la frontera con Perú a izar una bandera de Colombia. Su pretensión, según lo declara él mismo, fue la defensa del territorio colombiano y de su soberanía, bajo la supuesta usurpación peruana de una isla perteneciente a nuestro país. La escena, la música, las tomas despejan cualquier duda sobre quién es el héroe de esta historia y el potencial salvador de nuestra nación: él. Días después y utilizando las víctimas del genocidio en Gaza, el mismo candidato interrumpe un evento público, un congreso en Cartagena, para concentrar los lentes de las cámaras sobre sí.

Otro ejemplo: David Toledo, candidato a la Cámara, propició un escándalo idéntico este año, al interrumpir un debate en una universidad para, con pancarta en mano y con las cámaras frente a sí, hacer lo suyo: insultar, llamar la atención, hacerse notar. Aunque en sus posturas sean abismalmente diferentes, en sus métodos, David Toledo y Daniel Quintero coinciden armónicamente. Ciertamente, sus acciones no son una genuina manifestación de descontento y sí una estrategia para diseñar un escándalo, para atrapar la atención y para valerse del ruido.

Es cada vez más frecuente que las campañas electorales, aquellas carreras para ganar potenciales votantes, se conviertan en una maratón de alaridos. Testigo de las nuevas formas y de los nuevos métodos, creo que algunos candidatos se han decantado por los caminos más banales y, en sentido estricto, menos políticos para conquistar votantes. Hoy constatamos que algunas de las campañas no fueron sino un frenesí de ruido y de escándalo. Una acumulación de bufones. Bien gestionados, se espera que estos escándalos algún día los haga protagonista de una historia que los catapulte al poder.

El ejercicio democrático de llegar a un cargo, mediante la acumulación de votos, no se ha librado de la tendencia moderna de acudir al espectáculo como medio para proyectarse a estos puestos, tan apetecidos y deseados. Lo han hecho algunos influencers para ganar seguidores. Lo hacen algunos candidatos para ganar votos.

Conforme aumenta el espectáculo, se reducen los debates. Este tipo de candidatos han convertido el ejercicio inteligente de estructurar argumentos políticos en una lucha banal por los votos. Para ellos, el norte que determina su candidatura no es lo correcto, lo útil y lo adecuado, sino lo popular, lo banal y lo vulgar. Sus propuestas son clichés ordinarios e ideas superfluas para un país de problemas profundos. Es imposible argumentar a los gritos. Es improbable proponer con los insultos. En elecciones donde la protagonista es la parafernalia, empiezan a perder peso la prudencia, las ideas, los argumentos. Han reemplazado los discursos por los alaridos, la prudencia por la bufonería, la política por el espectáculo.